Carmen Posadas - La cinta roja
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— Bueno, ciudadana, ¿debo entender entonces que tú vas a ayudarme en la tarea de elegir a quién debo librar de la hoja de la guillotina? ¿Tendré acaso que consultar de ahora en adelante contigo para saber quiénes son los que merecen mi clemencia y quiénes no? Si es así, deberíamos vernos más a menudo. ¿Dónde vives?
La pregunta respondía más al campo del cortejo galante que al de la información. De sobra sabía el jefe del infausto Comité de Vigilancia cuál era la dirección de la ciudadana Cabarrús, puesto que, como ya he dicho, junto al cartel con el consabido lema de «libertad, igualdad, fraternidad… o muerte», que cada familia debía clavar en la puerta de su casa, era obligatorio exhibir una lista de sus moradores para agilizar el conteo y también las posibles detenciones. Aun así, con mi mejor sonrisa le facilité el dato que me pedía, rogándole que viniera a verme cuando él deseara. «Para mí será un gran placer recibir en mi casa al salvador de Burdeos», dije, y me odié por ello. Nunca hasta el momento, ni siquiera bajo circunstancias tanto o más difíciles que ésta, había tenido que recurrir a la hipocresía ni al incienso tan descarado de llamar a un asesino salvador de los ciudadanos. Sin embargo, debo reconocer que, una vez que comprobé el sorprendente efecto de ambos en mi nuevo «amigo», comencé a usarlos sin sonrojo. Porque, al fin y al cabo, ¿quién es más ruin?, ¿el que utiliza con exceso la lisonja y el ditirambo o el fatuo que se deja tan burdamente adular?
LA MUERTE SE VISTE DE MUCHOS TRAJES
Para comprender bien los importantes sucesos históricos que se avecinan creo que sería oportuno explicar someramente lo que estaba pasando en otras ciudades de Francia cuando Jean–Lambert Tallien se introdujo en mi vida o, mejor dicho, yo me introduje en la suya. Como ya sabemos, al ver que las provincias se resistían a su autoridad, París había mandado a diversos représentants en mission para someterlas. Hablo de ciudades como Lyon, Nantes, Marsella y tantas otras. A pesar de los expolios, a pesar también de las detenciones y de las muchas condenas a muerte dictadas por Tallien e Ysabeau, Burdeos fue una ciudad afortunada si la comparamos con lo que estaba ocurriendo por esas mismas fechas en otras villas; como Marsella, por ejemplo, ahora rebautizada por sus representantes en misión con el epíteto de «la ciudad sin nombre» por sus pecados. O como Lyon, que tuvo por verdugo máximo a Joseph Fouché. Allí, los sans–culottes se vanagloriaban de que treinta y dos cabezas rodaban cada veinticinco minutos. Sin embargo, como este método de aniquilación resultaba muy lento y los vecinos de las calles adyacentes a donde estaba situada la guillotina se quejaban de que la sangre obturaba los desagües, se decidió recurrir a otro método más expeditivo. En la Plaine des Brotteaux, grupos de hasta sesenta prisioneros fueron atados en fila y cañoneados a corta distancia. A los que sobrevivían a aquella orgía de cuerpos horriblemente mutilados se los remataba a bayoneta para no malgastar munición.
El ahorro de munición era primordial, puesto que debía reservarse para ser utilizada en los distintos frentes que Francia tenía abiertos contra las potencias extranjeras. Por esta razón, los representantes de París empezaron a pergeñar otras formas de ajusticiamiento en masa contra la población civil. En Nantes, por ejemplo, se inventaron las llamadas «deportaciones verticales» o «bautizos revolucionarios». Éstos consistían en apiñar en barcazas a flote en el río Loira a un buen número de prisioneros maniatados y cargados de cadenas para luego agujerear las naves y observar cómo los desventurados se hundían entre gritos de súplica. Previamente a estos «bautizos» se había aligerado a las víctimas de todas sus pertenencias, incluida la ropa que llevaban puesta. Así, el hecho de que se les ahogase desnudos acabó inspirando otro tipo de martirio, llamado esta vez «matrimonios republicanos», que consistía en atar desnudos y frente a frente a jóvenes de distinto sexo para ver cómo se hundían abrazados hasta morir. Las cifras de los que perecieron de este modo varían mucho, pero se estima que fueron no menos de dos mil, y muy posiblemente la cifra alcance los cuatro mil.
Como antes he señalado, en Burdeos los asesinatos en masa no fueron tan terribles como en otras ciudades. De los dos representantes en misión enviados por París, el que más fama de sanguinario se granjeó en un principio fue Tallien, pero los bordeleses no tardaron en darse cuenta del peligro que escondía su otro socio, el más austero y taimado Claude–Alexandre Ysabeau, antiguo monje capuchino. Puede decirse que uno y otro eran como la noche y el día. El primero, exuberante, voluptuoso y fácilmente sobornable, tenía al menos debilidades humanas, lo que le hacía parecer más accesible y también, por qué no, más atractivo. El otro, en cambio, presumía de emular a Robespierre. Y emular al hombre más poderoso y temido de Francia en ese momento pasaba por fingirse incorruptible, virtuoso y, por supuesto, completamente inmune a los encantos femeninos, o por lo menos a los míos. No soy mujer que suela perder el tiempo intentando seducir a quien no lo desea. Por eso, después de mi primera entrevista con Tallien, cuando ya me marchaba, éste me presentó brevemente a su compañero y después de ensayar con él parecidas lisonjas a las que había usado con el primero no logré arrancarle ni una palabra, desistí cambiando mis sonrisas por desdén. «¿Qué importa–me dije al salir de la Maison Nationale–que aquel feo y resentido Ysabeau vuelva su cara al verme si yo cuento con la admiración del hombre más importante de Burdeos?».
PRIMERAS CITAS
Al día siguiente de nuestra primera entrevista en la Maison Nationale, el ciudadano Tallien visitó a la ciudadana Cabarrús. Lo hizo al caer la tarde, sin escolta y embozado en una larga capa, con la precaución propia de quien, apenas un par de semanas antes, había escrito la siguiente nota patriótica alertando a los hombres a su servicio de los peligros que entrañaban las amistades femeninas:
«Y por la presente se hace saber que los más severos actos de justicia deben caracterizar cada paso de los representantes del pueblo y sus servidores. Para ello deben cerrar sus oídos a toda forma de solicitación por parte de esa porción de la población llamada las mujeres, para quienes la seducción es su primer (y muchas veces único) don natural».
Mucho debía de gustarle al représentant en mission Tallien mi primer (y quién sabe si único) «don natural» para arriesgar tanto con sus visitas. Visitas, por otro lado, que al menos en esta primera etapa de nuestra relación que me dispongo a narrar fueron tan castas como nadie podría suponer. Mis buenos convecinos no contaban, como es lógico, con dotes adivinatorias, y durante ese corto espacio de tiempo, cuando yo salía con mi pequeño Théodore a algún recado o a tomar el aire, en sus mal disimulados codazos y cuchicheos resultaba muy sencillo leer lo que secreteaban: «Mirad–decían-, es la ci–devant , marquesa de Fontenay, que acaba de convertirse en amante de Tallien…». «¿De ese asesino?». «¿Qué pensará de esto su buen tío Dominique?». «¿Cómo es posible que una mujer tan exquisita como ésta tenga tratos con semejante patán?». «¡Oh, amigo mío, es que la Revolución y el Terror hacen extraños compañeros de cama!».
Piensa mal y acertarás, dice un adagio de mi tierra, y sin embargo, como bien sabemos todos cuando nos ha tocado ser calumniados alguna vez, no siempre es cierto. Y en este caso la verdad es que, al menos durante la primera semana de nuestra relación, el sanguinario Jean–Lambert Tallien, representante de París y pieza clave del Comité de Vigilancia, se conformó con visitar mi casa todas las tardes y… mirarme. Sí, así es. En silencio, casi con devoción, solía sentarse junto a la ventana y luego dejaba resbalar sus ojos por la curva de mi cuello, por la de mi cintura, para luego volver a subir la vista hasta mi cara, siempre sin articular palabra. No puedo decir que yo estuviera desacostumbrada a la veneración masculina, al contrario, pero jamás había experimentado una adoración parecida. En ocasiones me tomaba las manos y, con ellas entre las suyas, hablaba de su infancia, del olor a heno recién cortado y de la felicidad de un muchacho que nada tenía excepto sus sueños. Yo estaba tan sorprendida que me limitaba a observarle, y si los gritos callejeros que subían hasta mi ventana con súplicas de clemencia mezcladas con voces de los verdugos no me hubieran devuelto a la realidad, habría llegado a pensar que estábamos en un mundo aparte, que aquél no era el asesino de tantos de mis conciudadanos ni la mano sin escrúpulos que manejaba la guillotina; tampoco el hombre del que dependía la suerte de todos los bordeleses.
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