Carmen Posadas - La cinta roja

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— Qué sabrá esa puta sobre educación–intervino la misma ciudadana de antes y con igual cariño hacia mi persona, pero su comentario no tuvo respuesta. Todos los presentes querían saber qué otros «pájaros» mataba Tallien con mi discurso en la fiesta cívica.

— Muy sencillo–continuó el primer interlocutor-. A pesar de lo que se dice por ahí, el discurso no está escrito por la ciudadana Cabarrús, sino por el presidente de la Comisión Militar, el señor Lacombe, al que también se halaga indirectamente con este gesto, ¿comprendéis? Y por fin está el «pájaro» más importante en los tiempos que corren, el de la estética, amigos míos. ¿Se os ocurre acaso una encarnación más grácil y bella de los valores revolucionarios que la ciudadana Cabarrús?

***

Estos y otros comentarios similares eran, según me relató puntualmente Frenelle, los que corrían por los mentideros de Burdeos la víspera de la fiesta nacional del primer décadi , de modo que al conocerlos me preparé a fondo para no defraudar a mis admiradores (y menos aún a mis detractores). Para complacer a los primeros y escandalizar bien a los segundos elegí para la ceremonia un atuendo muy del gusto de la época, con todos los atributos revolucionarios. Se trataba de un traje de amazona de cachemir grueso de color azul. Tenía grandes botones amarillos y el cuello y los puños de terciopelo rojo. Sobre el pelo, que ahora llevaba corto y rizado a lo Tito (lástima me dio sacrificar mi larga melena de antaño, pero la moda romana era lo que hacía furor entonces), tenía pensado lucir un bello gorro frigio escarlata con borde de piel. En aquellos tiempos teatrales, acertar con el atuendo era ya una pequeña victoria y lo cierto es que, en cuanto hice mi entrada en el templo de los dominicos así ataviada, inmediatamente pude comprobar el impacto que causaba, puesto que se produjo ese tenue murmullo sordo que siempre acompaña a la admiración. Cómo adoraba yo esos pequeños instantes de gloria que a veces era capaz de lograr con mi sola presencia. Frenelle opinaba que no era bueno abusar de ellos, que el ser humano es igual a las urracas, decía, primero se siente atraído por el brillo ajeno pero sólo para, a continuación, robarlo o destruirlo.

— Procura no escandalizarlos demasiado–me había advertido mientras me ayudaba a sujetar el bonete sobre mis cortos cabellos-, aunque si quieres que te diga la verdad, este gorro escarlata y esos botones amarillos de tu casaca son feísimos, quelle horreur .

Por suerte no todos eran de la opinión de Frenelle, y mucho me alegró, al entrar en el templo, comprobar en los rostros de los presentes que la primera impresión era positiva. Ahora sólo faltaba que mi «actuación», es decir, la lectura de aquel discurso que Lacombe, presidente de la Comisión Militar y represor de la ciudad de Burdeos, había preparado para mí, fuera lo más convincente posible para tapar la boca de los malpensantes.

Lo primero que debo decir de aquel día es que la antigua iglesia, ahora convertida en un templo pagano, bien podía competir con cualquier basílica parisina en fervor y también en mise en scéne . Los representantes en misión se habían esmerado en su tarea de reacondicionamiento eliminando todos los símbolos religiosos, cruces, cuadros y por supuesto cada una de sus imágenes. En el altar mayor, por ejemplo, podía verse ahora un gran montículo de tierra cuajado de flores, mientras que las capillas laterales estaban dedicadas a las dos estaciones del año que se consideraban más patrióticas, esto es, la primavera y el verano. Hermosas muchachas con túnicas blancas deambulaban entre los invitados haciéndoles entrega, con movimientos lentos y lánguidos, ora espigas de trigo, ora ramos de laurel, mientras que otras, vestidas de rojo y azul, les ayudaban a encontrar sus asientos. Toda aquella cuidada escenografía se completaba además con el efecto visual de multitud de guirnaldas de flores que colgaban de lado a lado, iluminadas por innumerables bujías que brillaban hasta casi emular la luz del día. «Quieran los cielos–pensé dirigiéndome mentalmente no a la diosa Razón, a la que consideraba novata en estas lides, sino al ahora proscrito Dios de los cristianos–que tanta guirnalda junto a tanta bujía no acabe convirtiéndonos a todos en una gran hoguera revolucionaria».

La ceremonia comenzó con cánticos y una pequeña coreografía a cargo de aquellas muchachas de túnicas blancas. Después vinieron un par de discursos de distintas autoridades y por fin, una hora y media más tarde, llegó mi turno, de modo que me dispuse a oficiar en misa tan pagana. Me habían sentado en el extremo norte de la iglesia, muy lejos del estrado de los oradores, de manera que para llegar hasta allí tenía que hacer, dicho en términos taurinos, un largo «paseíllo». Me puse en pie. Erguí espalda y cuello al tiempo que hundía levemente la barbilla en el pecho y, tal como hacen los toreros, comencé a andar mirando al frente por encima de mis cejas. Lo hice instintivamente, pero me dio confianza. En España sabemos que caminar de este modo indica gallardía cuando uno en realidad está muerto de miedo; en Francia, ni siquiera conocen el truco (pero funciona, lo puedo asegurar).

Para llegar al estrado tenía que pasar por delante de toda la concurrencia y, al espiar de reojo la cara de muchos, no pude por menos que estremecerme al recordar los comentarios de Frenelle: «Puta», «oportunista», «sabe tanto como yo de educación…». ¿Qué más habrían dicho de mí aquellas almas caritativas? Sin duda, la mayoría de ellas estaba esperando que me equivocara en mi discurso y presta para censurar con su silencio (o peor aún, con su risa) mi osadía.

Ya que estamos metidos en símiles taurinos, diré que mi padre, que a pesar de ser francés era gran aficionado a los toros, decía que hay dos tipos de personas: las que se vienen abajo cuando se abre la puerta de chiqueros y aquéllas a quienes les ocurre todo lo, contrario. Ese día descubrí que yo soy de las segundas, porque en cuanto terminé de recorrer el pasillo central y subí los tres peldaños del antiguo altar mayor, todos los temores que pudiera tener se desvanecieron como por ensalmo. Puse a continuación sobre el estrado los papeles con el discurso que Lacombe había escrito para mí, tomé aire y con mi más bello acento español comencé diciendo:

— Sin pretender llevar a cabo con gloria la ardua tarea que hoy me impongo y contando más con la indulgencia de mi auditorio que con mis pobres medios, voy a intentar trazar un esquema rápido de un plan de educación para la juventud…

Estas palabras iniciales no figuraban en el texto que me habían escrito, sino que eran de mi propia cosecha, pero me pareció oportuno pronunciarlas. Una vez más actuaba por instinto y me detuve unos segundos para comprobar su efecto. Afortunadamente, es fácil darse cuenta de cuándo uno cae en gracia, y en esta ocasión así estaba ocurriendo, de modo que, sin perder tiempo, comencé a desgranar las palabras de Lacombe:

— Permitidme que lance al azar algunas ideas que, dichosa si, gracias al sacrificio de mi amor propio, logro hacerme acreedora al sufragio de las almas sensibles de nuestros buenos ciudadanos…

Tras esta frase miré brevemente hacia la tribuna de autoridades; primero a Lacombe, después a Tallien, y pude comprobar que en ambos había una sonrisa complacida, lo que hizo que sonriera a mi vez. Ahora todos escuchaban atentos mis palabras, pero más que nadie mis dos pigmaliones, es decir, mi amante y Lacombe, autor de aquel discurso grandilocuente, porque es cosa sabida que los hombres sienten especial debilidad por las mujeres cuando nos consideran sus criaturas, y yo en ese momento lo era de ambos (o al menos eso pretendía yo que ellos creyeran).

— Muchos autores han aparecido en esta difícil carrera; muchos filósofos célebres se ocupan de formar la virtud de los jóvenes alumnos y con sus lecciones deben esclarecerlos, pero algunos de ellos no han estado a la altura de los acontecimientos…

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