Cierro el teléfono. La abuela mira por la ventana fingiendo que no ha escuchado la conversación.
– Parece que lo hubiera plantado una semana en Capri. Era sólo una cena -le digo a la abuela-. Hombres.
Al día siguiente de nuestra larga jornada en el hospital, la abuela y yo estamos rendidas. La abuela ha informado a todos sus amigos de que su nueva bisnieta también es su tocaya. Que no se diga que el nombre que se le pone a un bebé no importa porque en mi familia es el honor más alto. Nunca he visto a la abuela tan feliz.
Traigo el correo al taller, lo barajo hasta encontrar un sobre de Italia, que entrego a la abuela.
– Tienes algo de Dominic.
Suelta el patrón en el que trabaja y coge la carta. La abre con cuidado con el filo de sus tijeras de trabajo. Agarro un cepillo y pulo la cabritilla de Inés. Al finalizar la lectura, la abuela me pasa algunas de las fotografías adjuntas a la carta.
– Orsola se ha casado -dice.
En una fotografía de vivos colores aparece Orsola. Es una deslumbrante novia con un sencillo vestido de seda blanca. El escote es cuadrado, y en la orilla de la falda lleva un ribete de rosas, también de seda blanca. El dobladillo del vestido queda un poco separado de sus pies, como el borde de una campana, y porta en las manos un pequeño ramillete de blancas edelweiss.
Junto a Orsola se encuentra su novio, quien la iguala en belleza. El cabello rubio de él está alisado hacia atrás para el gran día. Al lado del novio aparecen sus padres, una pareja muy atractiva. Del otro lado, una mujer que nunca he visto sujeta la mano de Orsola, debe de ser su madre y la ex esposa de Gianluca. Ella lleva el cabello corto y tiene la altura y las facciones delicadas de su hija. Puedo observar que es una persona difícil y que tiene, definitivamente, las huellas del número 11 en el ceño. Gianluca la describió muy bien.
Se me acelera el corazón cuando veo a Gianluca en la fotografía junto a su ex esposa. Quizá me avergüenza haberle besado o quizá sea por ver a su ex esposa, una mujer de su misma edad, que me recuerda nuestra diferencia de edad. Gianluca lleva un chaqué gris señorial. Se ve guapo y refinado, no parece el curtidor de la clase trabajadora que es en realidad. Su sonrisa está llena de alegría por su hija. Dominic, el duque de Arezzo, lleva un chaqué gris, una corbata ancha de rayas blancas y negras y está orgullosamente de pie junto a su hijo.
– Dominic dice que Gianluca pregunta por ti.
– Qué bien -cambio de tema con rapidez-. ¿Cómo está Dominic?
– Me echa de menos -dice-. ¿Sabes?, está enamorado de mí.
La abuela lo dice con la misma despreocupación que pondría al colocar un almuerzo. Suelto el cepillo de trabajo y le pregunto:
– Y tú, ¿estás enamorada de él?
Pone con cuidado la carta a un lado y dice:
– Eso creo.
– No te preocupes, abuela, un año pasa pronto, necesitaremos más cuero y estarás con él de nuevo.
Me mira y dice:
– Creo que no podré esperar un año.
– Puedes visitarle siempre que quieras.
– No creo que una visita sea tiempo suficiente. -Estoy asombrada. Mi abuela tiene ochenta años, ¿de verdad podría arrancar de raíz su vida aquí y vivir en Italia? No me parece posible, y sin duda a ella tampoco. Continúa-. He luchado conmigo misma toda mi vida. Siempre me he sentido dividida entre hacer lo que quiero y lo que debo.
– Abuela, ya tienes ochenta años, creo que te has ganado un salvoconducto. Ya es hora de que hagas lo que quieres.
– No piensas eso, ¿o sí? -Deja de mirarme y luego aña-de-: Pero no es fácil cambiar lo fundamental y básico de ti mismo, incluso cuando crees que podrías. He trabajado en esta tienda durante cincuenta años y supongo que siempre lo haré.
– Pero te has enamorado… -le recuerdo-. Eso cambia las cosas -le digo en voz alta, como si fuera algo que en verdad supiera con certeza.
– El amor sólo funciona cuando dos vidas se reúnen sin sacrificio. Nadie debería verse obligado a renunciar a quien es por otro. La gente lo hace, pero eso no es garantía de felicidad, no a largo plazo.
El teléfono suena e interrumpe nuestra conversación.
– Compañía de zapatos Angelini -digo al teléfono.
– Rhedd Lewis quiere hablar con Teodora Angelini -dice la asistente.
Cubro el auricular y digo:
– Abuela, es Rhedd Lewis.
La abuela me quita el teléfono. Parece que tarda veinte años en decir:
– ¿Hola?
Ella escucha con atención y luego dice:
– Rhedd, si no tienes inconveniente, me gustaría que Va-lentine cogiera la llamada. Es su diseño. Un momento, por favor.
La abuela me devuelve el aparato.
– Valentine, he examinado cada uno de los zapatos enviados para los escaparates. Me he sentido impresionada, decepcionada, escandalizada y conmocionada. Había auténtica basura e indiscutible genialidad… -¿Por qué me está diciendo esto? No necesito una crítica además de un rechazo. Señora, vaya al grano. Rhedd continúa-. Pero en ninguna de todas las entregas había tal entusiasmo, tanta energía, una nueva perspectiva y, al mismo tiempo, respeto por el pasado. Te has puesto a la altura de los requerimientos de una forma espléndida; al crear el Bella Rosa, has unido la tradición con el ritmo del momento de forma astuta y sin costuras. De hecho, estoy encantada. Vamos a presentar la compañía de zapatos Angelini en los escaparates navideños de Bergdorf. Enhorabuena.
Cuelgo el teléfono y grito de una manera tan estridente que las palomas de Charles Street alzan el vuelo.
– ¡Ganamos! ¡Ganamos! -La abuela y yo nos abrazamos. June acaba de llegar del almuerzo.
– ¿Qué diablos pasa aquí? -dice.
– ¡Ganamos, June! ¡Haremos los escaparates de Bergdorf!
– Dios mío, creía que alguien había ganado la lotería -dice June.
– ¡Nosotros ganamos!
Me pongo uno de los wrap dress de mi madre, un Diane von Furstenberg estampado con una suerte de salpicaduras de pintura negras y blancas. El cabello largo me cae en cascada sobre la espalda, como la misma Diane lo llevaba cuando estos vestidos se pusieron de moda la primera vez. Quiero verme bien para celebrar con Roman las maravillosas noticias. El todavía no lo sabe y le sorprenderé en el restaurante. Hoy, su noche libre, tiene trabajadores reparando la instalación eléctrica, así que me lo llevaré a una comida de gran celebración en Chinatown. Me pongo el abrigo.
– Abuela, ¿qué has cenado?
– He calentado los manicotti que hiciste.
– ¿Qué tal?
– Igual de buenos que la primera vez.
La abuela ve la televisión sentada en el sillón y descansa los pies.
– ¿Qué harás esta noche? -le pregunto, como siempre.
– Ver las noticias, luego me iré a la cama.
– No me esperes levantada.
– Nunca lo hago -dice, y me guiña un ojo.
El taxi me deja en Mott Street. Antes de marcar el código de seguridad para entrar en el Ca' d'Oro, reviso mi pintalabios en una polvera. Las cortinas, que cubren las ventanas de enfrente, están bajadas. Marco el código de seguridad y entro en el restaurante. Me saludan velas votivas que parpadean en la repisa del mural, al igual que en las mesas. Roman ya debe de estar al tanto de mis noticias. Quizá llamó a la abuela, ella se lo contó y él preparó un banquete para mí. Dios, la vida es buena.
Escucho la voz de Roman en la cocina, así que voy de puntillas para sorprenderle. Aparezco de repente en la entrada de la puerta y miro al interior.
Roman cierne algo sobre una sartén plana sobre el fuego; una mujer, de cabello largo color champaña y que lleva un delantal de cocinero, está sentada en la mesa de cortar, sus piernas se balancean mientras bebe de una copa de vino. Con los dedos del pie golpea ligeramente el trasero de Roman. Él se vuelve y sonríe. Luego me ve. Y luego ella se vuelve y me mira.
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