La idea de llevar allí las cenizas de Diana se le ocurrió a Susan.
Los dos hermanos habían encontrado a un viejo guía de pesca dispuesto a acompañarlos. Era una mañana despejada, llena de escarcha. Los lagos aún no se habían recubierto de hielo, aunque probablemente faltaban pocos días para que eso ocurriera. Soplaba una leve brisa, rachas esporádicas de un viento glacial que contrarrestaba la intensa luz del sol, recordándoles que el mundo que los rodeaba empezaba a aletargarse. Las cabañas para gente adinerada, construidas un siglo atrás por los Rockefeller y los Roosevelt, estaban cerradas con tablas y en silencio. Se encontraban solos en el lago.
El guía iba en la popa, y Jeffrey en la proa, remando rápidamente contra el frío y la luz, de forma que el color ceniciento de su remo se hundía y desaparecía en el agua gélida. Susan iba en medio de la canoa, bajo una manta de cuadros roja, con una pequeña caja de metal que contenía las cenizas de su madre entre las manos, escuchando el sonido rítmico de la canoa al deslizarse a través del lago.
Cuando llegaron a la margen de la laguna de los Osos, la brisa pareció extinguirse. La canoa hizo crujir la grava de la orilla, y Susan vio que empezaba a formarse hielo al borde del agua. El guía los dejó solos y se fue a despejar de nieve húmeda el centro de un reducido claro para preparar una pequeña hoguera.
– Deberíamos decir algo -comentó Susan.
– ¿ Por qué? -preguntó Jeffrey.
Su hermana asintió con la cabeza y luego, describiendo un arco amplio con el brazo, arrojó las cenizas a la laguna.
Se quedaron de pie, observando la superficie durante unos minutos mientras las cenizas se esparcían, se dispersaban y finalmente se hundían como vaharadas de humo en el agua límpida.
– Y ahora, ¿qué harás? -inquirió Jeffrey.
– Creo que me iré a casa, donde siempre hace un calor del demonio, y en cuanto llegue allí, arrancaré mi lancha y saldré a toda máquina hacia un bajío donde no haya nadie más y me quedaré allí oliendo el aire salado hasta que vea una palometa nadando por ahí buscando algo que comer y pasando bastante de mí. Y entonces le pondré un cangrejo artificial delante de sus estúpidas narices, y se llevará una sorpresa monumental cuando sienta ese anzuelo. Creo que eso es lo que haré.
Esto le arrancó una sonrisa a Jeffrey, que se encogió para protegerse del frío.
– Parece un buen plan -dijo.
– ¿Y tú? -preguntó Susan.
– Volveré al tajo. Trazaré mi calendario de clases. Prepararé los cursos del semestre de primavera. Me enzarzaré en discusiones largas, increíblemente aburridas y a la postre inútiles con otros miembros de mi departamento. Veré llegar a otra tanda de alumnos ingratos, analfabetos y generalmente mimados a la universidad. No parece ni remotamente tan divertido como lo que tú piensas hacer.
Susan se rio.
– Ésa es la diferencia entre tú y yo -dijo-. Supongo. -Alzó la vista al cielo ancho y azul-. No hay nubes -observó-, pero creo que no tardará en ponerse a nevar.
– Esta noche -convino Jeffrey-. Mañana, como muy tarde.
Dieron media vuelta y se alejaron juntos del estanque.
– Supongo que ahora somos huérfanos -murmuró ella.
Había 107 alumnos matriculados en su clase de introducción a la Psicología Básica del siguiente trimestre, Introducción a las Conductas Aberrantes. Matar por Diversión. Curso introductorio. Pronunció sus discursos habituales sobre personas que asesinaban por diversión y pervertidos, y dedicó un poco de tiempo a los asesinos en serie y la ira explosiva. Centró casi toda la clase en el asesino de Dúseldorf, Peter Kürten, de quien su padre había tomado prestado el nombre en el estado cincuenta y uno. Se preguntó por qué su padre había decidido rendir homenaje a ese asesino en particular.
Kürten había sido un salvaje, fruto a su vez del incesto y el abuso sexual, un pervertido con unos modales que desarmaban a sus víctimas y sin el menor asomo de sentimiento hacia ninguna de ellas salvo, curiosamente, la última, una joven a quien de manera inexplicable había dejado en libertad tras torturarla después de que ella le suplicara por su vida y le prometiese que no le contaría a un alma lo que él le había hecho. El motivo por el que había soltado a esa joven -cuando sin lugar a dudas muchas otras habían implorado de manera similar- seguía siendo un misterio. Como es natural, ella fue directa a la policía, que acto seguido fue a por Kürten y lo detuvo, junto con la familia con la que se había hecho. El no se molestó en intentar huir, ni siquiera en defenderse en el juicio subsiguiente. De hecho, la imagen de Peter Kürten que quedó grabada en la memoria de sus verdugos fue la del asesino claramente excitado al pensar en su propia sangre derramada en el momento en que la guillotina le rebanara el cuello. Kürten subió al patíbulo con una sonrisa en la cara.
Su padre, pensó Jeffrey, había rendido homenaje al mal.
El examen parcial de Psicología Básica consistía en unas preguntas cuya respuesta debían desarrollar los alumnos dentro del límite de una hora. Los estudiantes entraron en fila en el aula, con cara de pocos amigos, como si en el fondo les diera rabia tener que examinarse. Ocuparon todos los asientos mientras él consultaba la hora en su reloj. Pidió que se repartieran las carpetas azules de rigor y observó a los alumnos escribir su nombre en la cubierta.
– Muy bien -dijo-. No quiero oír hablar a nadie. Si necesitan una segunda carpeta, levanten la mano y yo se la llevaré. ¿Alguna pregunta?
Una chica con los pelos de punta que le daban un aspecto de puerco espín alzó la mano.
– ¿Si terminamos antes de tiempo, podemos marcharnos?
– Si quieren -contestó Jeffrey. Supuso que la chica tenía alguna cita, o bien que no se había tomado la molestia de estudiar y no quería pasarse toda la mañana allí sentada sin saber responder a las preguntas del examen. Paseó la vista por la clase y, al no ver más manos alzadas, se acercó a la pizarra y se puso a escribir. Detestaba ese momento en que les daba la espalda a más de cien estudiantes, todos ellos furiosos por tener que presentarse a un examen. Se sentía vulnerable. Al menos ninguna de las alarmas se había disparado esa mañana.
En un rincón del aula, un guardia de seguridad del campus estaba sentado en una silla de metal plegable. Ahora Jeffrey pedía que le enviaran a un policía cada vez que ponía un examen. El agente llevaba una coraza, que debía de darle un calor muy incómodo en aquella sala atestada, y balanceaba una larga porra de grafito negro entre las piernas. Tenía una metralleta colgada del hombro. El hombre parecía aburrido, y mientras Jeffrey escribía en la pizarra, le hizo un gesto con la cabeza como para indicarle que prestara más atención a los estudiantes del aula.
El examen constaba de dos partes. En la primera, los alumnos debían identificar y describir a las personas cuyos nombres él escribiera en la pizarra. Se trataba de varios asesinos que había tratado en clase. Para la segunda parte, debían elegir un tema para desarrollar, entre los dos siguientes:
1) Aunque Charles Manson no entró con los asesinos en la casa donde cometieron sus crímenes, lo declararon culpable de los asesinatos. Explique por qué, y qué influencia ejerció sobre los autores de los crímenes. Escriba en qué diferencia esto a Manson de otros asesinos que hemos estudiado.
2) Explique y compare el ataque de Ted Bundy a la residencia de la hermandad Chi Omega con el asesinato a manos de Richard Speck de las ocho enfermeras de Chicago. ¿Por qué son distintos? ¿Qué semejanzas hay entre los dos crímenes? ¿Qué impacto social tuvieron en sus comunidades respectivas?
Terminó de escribir en la pizarra y volvió a su asiento detrás del escritorio. Mientras los estudiantes se enfrascaban en el examen, él cogió el periódico de esa mañana. Había una noticia en la parte inferior de la primera plana que le pareció desalentadora. Un profesor de lenguas románicas del cercano Smith College había muerto a causa de un disparo la noche anterior mientras caminaba por el campus poco después del atardecer. Al parecer el asesino del profesor había seguido al hombre, había sacado una pistola de pequeño calibre y le había pegado un solo tiro en la base del cráneo antes de desaparecer en las sombras, sin que nadie lo viera ni identificara. La policía estaba interrogando a muchos de los alumnos actuales y ex alumnos del profesor, sobre todo a los que habían suspendido alguno de sus cursos. Era notoriamente exigente en una época en que las notas altas se regalaban con frecuencia a alumnos que no se las habían ganado.
Читать дальше