John Katzenbach - Juegos De Ingenio

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En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.

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Probó todos los listones, pero no encontró ningún pomo.

– Maldita sea -siseó-, sé que estás por aquí en algún sitio. -Continuó tirando de cada pieza, en vano-. Por favor -dijo.

Se inclinó más y deslizó las manos por el espacio en que la estructura de madera de la casa se unía al hormigón de los cimientos. Allí, bajo el reborde de la madera, palpó una forma metálica, parecida a un gatillo. La toqueteó por unos instantes, luego cerró los ojos, como si temiese que el aparato explotase cuando lo apretara, pero sabiendo que no tenía elección.

– Ábrete, sésamo -musitó.

El mecanismo de apertura emitió un leve chasquido, y la puerta se soltó.

Titubeó de nuevo, durante el suficiente rato para respirar lo que pensaba que podía ser la última bocanada de aire seguro que saborearía en la vida y luego, con sigilo, empezó a abrir la puerta. Esta soltó un crujido desagradable, como si trozos de madera pequeños se hubiesen astillado. Cuando la hubo levantado unos veinte centímetros echó un vistazo por encima del borde al interior de la casa.

Estaba contemplando un espacio a oscuras. La única luz de la habitación era la procedente de los focos del patio, que se colaba por la rendija que acababa de abrir. Había un pequeño descansillo de madera, y luego un modesto tramo de escaleras que bajaba hasta un suelo lustroso y reflectante, de un brillo casi plástico. Supuso que se trataría de algún material liso y sin poros. Fácil de limpiar. Las paredes de la habitación eran de un blanco radiante.

Susan tiró de la puerta a fin de abrirla un poco más, lo suficiente para poder pasar por ella, y con ello entró más luz adicional, que iluminó los rincones más apartados de la habitación. La voz sonó sólo un instante antes de que ella viese a la figura, acuclillada contra una pared.

– Por favor -oyó Susan-, no me mates.

– ¿Kimberly? -respondió Susan-. ¿Kimberly Lewis?

El rostro que había permanecido oculto se volvió hacia ella, adoptando una expresión de esperanza.

– ¡Sí, sí! ¡Ayúdame, por favor, ayúdame!

Susan advirtió que la joven estaba esposada de pies y manos, y sujeta por medio de una cadena de acero a una anilla encastrada en la pared. Había otras dos anillas sin usar, a la altura de los hombros y separadas entre sí. Kimberly se hallaba desnuda. Cuando se encogió al igual que un perro que teme que le peguen, se le marcaron las costillas, como si estuviese famélica.

Susan entró por la trampilla, bloqueando la débil luz por un instante, y luego se apartó de la puerta, dejando que un poco de claridad alumbrara las escaleras para que pudiera bajar a donde estaba la chica.

– ¿Te encuentras bien? -dijo, y al momento le pareció una pregunta soberanamente estúpida-. Me refiero -se corrigió- a si estás herida.

La adolescente intentó agarrarse a las rodillas de Susan, pero la cadena le impedía moverse más de treinta centímetros o medio metro en cualquier dirección. Tenía las piernas manchadas de sangre seca y heces. Hedía a diarrea y a miedo.

– Sálvame, por favor, sálvame -repitió la joven, presa del pánico.

Susan se mantuvo fuera del alcance de sus manos. «Unas veces -comprendió-, hay que tenderle la mano a la persona que se ahoga. Otras, más vale guardar las distancias porque de lo contrario puede arrastrarte al fondo consigo.»

– ¿Estás herida? -preguntó con severidad.

La adolescente soltó un sollozo y negó con la cabeza.

– Intentaré salvarte -dijo Susan, sorprendida por la frialdad de su propia voz-. ¿Hay alguna luz aquí dentro?

– Sí, pero no. El interruptor está en la otra habitación, fuera -contestó la chica, señalando con la barbilla a una puerta situada al fondo de la sala.

Susan asintió y recorrió con la vista el espacio que alcanzaba a ver. Había un rollo grande de lo que parecía ser lámina de plástico apoyado en una pared. El techo estaba recubierto de una gruesa capa de material de insonorización. A unos tres metros de donde Kimberly se hallaba encadenada, en el centro de la habitación, Susan vio una silla de madera y respaldo duro y un atril de tubos de acero con varias partituras abiertas en él.

Susan atravesó la estancia despacio. Posó con cuidado la mano en la puerta que daba al cuerpo principal de la casa. El pomo no giraba. La puerta estaba cerrada con llave. Vio una cerradura, pero no había manera de abrir desde el interior de la habitación.

«La llave debe de estar al otro lado -pensó-. Este no es un cuarto del que se supone que nadie debe salir.» En ese momento no estaba segura de por qué su padre no había asegurado la trampilla oculta que se abría al mundo exterior. De pronto la asaltó la espeluznante idea de que él quería que ella entrara por allí.

Dejó escapar un jadeo, al borde del pánico.

«Sabe que estoy aquí. Me ha visto correr a través del claro. Y ahora estoy acorralada, justo donde él quería tenerme.»

Giró bruscamente y miró con ansia a la salida, mientras una voz interior la apremiaba a huir, a aprovechar el momento para salir corriendo mientras aún tuviese un asomo de posibilidad.

Pugnó por mantener el control de sus emociones. Sacudió la cabeza, insistiendo para sus adentros: «No, todo está bien. Has corrido y no te han visto. Sigues estando a salvo.»

Susan se volvió hacia Kimberly, y en ese mismo instante comprendió que la huida no era una opción. Por un momento se preguntó si éste era el último juego que su padre había ideado para ella, un juego letal, con una alternativa simple y también letal. Salvarse a sí misma, abandonando a Kimberly a su triste suerte, o quedarse y enfrentarse a lo que entrara por esa puerta que ahora estaba cerrada.

Susan notó que le temblaba el labio inferior a causa de la incertidumbre.

Una vez más, miró a la chica. Kimberly la observaba con una expresión lastimera en los ojos desorbitados.

– No te preocupes -le dijo Susan, sorprendida por su tono de seguridad, que le pareció fuera de lugar-. Todo saldrá bien. -Mientras hablaba entrevió una forma pequeña y negra a unos centímetros de las piernas de la adolescente, justo fuera de su alcance, en el suelo, junto a la pared.

– ¿Qué es eso? -preguntó.

La chica se volvió con dificultad a causa de las esposas que la obligaban a permanecer en la misma posición.

– Un intercomunicador -susurró-. Le gusta escucharme.

Susan abrió mucho los ojos, presa de un miedo repentino.

– ¡No digas nada! -musitó con vehemencia-. ¡No debe enterarse de que estoy aquí!

La joven se disponía a responder, pero Susan se plantó delante de ella de un salto y le tapó la boca con la mano. Se inclinó, combatiendo las náuseas que le producía el olor.

– Mi única baza es el factor sorpresa -murmuró entre dientes.

«Y ni siquiera estoy segura de eso», pensó.

Mantuvo la mano donde estaba hasta que la muchacha asintió en señal de que había comprendido. Entonces apartó la mano y se inclinó de nuevo hacia la oreja de Kimberly.

– ¿Cuántos hay arriba? -susurró.

Kimberly levantó dos dedos.

«Dos más Jeffrey», pensó Susan.

Esperaba que siguiese vivo. Esperaba que su padre no hubiese estado escuchando por el intercomunicador cuando ella entró por la trampilla. Esperaba que él sintiese la necesidad de mostrarle su trofeo a su hermano, pues no se le ocurría otra cosa que hacer que esperar.

De pie junto a la adolescente, se fijó bien en dónde estaba la puerta que comunicaba con el resto de la casa. A continuación, se acercó a las escaleras, contando los pasos hasta la base. Había seis escalones en el tramo de escalera que ascendía hasta el descansillo. Colocó la mano contra la pared y subió hacia la salida.

Esto fue demasiado para la chica despavorida.

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