Curtin se encogió de hombros.
– Tanto da -dijo.
– Oh, no, en absoluto -replicó Jeffrey-, porque ahora las reglas del juego parecen haber cambiado, ¿no es así?
Su padre no contestó de inmediato, y Jeffrey señaló con un gesto la Uzi, amartillada y lista junto a los pies de su hermana. Tendría que pasar por delante de ella para coger el arma. Kimberly Lewis estaba más cerca, y Jeffrey leyó en sus ojos que, aunque asustada, había reparado en la metralleta. El sabía que, si uno de los dos intentaba agarrarla, su padre dispararía.
– Estoy seguro de que conoces bien este tipo de armas -continuó Jeffrey con voz monótona, fría y segura-. Es un arma de lo más tonta, en realidad. Lo hace saltar todo en pedazos. Es una especie de asesino poco selectivo, a diferencia de ti. Ni siquiera hace falta apuntar con ese trasto, sólo cogerlo, empezar a moverlo de un lado a otro y apretar el gatillo. Mata a diestro y siniestro. Lo deja todo hecho un asco. -Esperaba que la adolescente captara sus instrucciones.
– Eso ya lo sé -repuso Curtin con un deje de rabia en la voz-. Pero sigo sin entender qué tiene que…
– Bueno, tienes dos opciones -dijo Jeffrey, interrumpiéndolo y mofándose de las propias palabras de su padre-. Lo primero que debes plantearte es: «¿Puedo matarlos a todos? Porque si no me quedan tres balas, moriré en el acto.» ¿Y quién será el que te mate, padre? Si me disparas, queda Susan, cuya buena puntería ha quedado más que demostrada. Si nos disparas a los dos, será la pequeña Kimberly quien recoja la Uzi del suelo y te borre del mapa. ¿No sería ése un final ignominioso para tu grandeza? Acribillado por una adolescente aterrada. Eso seguramente les haría mucha gracia a los otros asesinos que arden en el infierno cuando te unas a ellos. Pero si casi puedo oírlos reírse en tu cara ahora mismo. En fin, padre, la decisión está en tus manos. ¿Qué será lo más conveniente? ¿A quién matarás? ¿Sabes?, ha habido muchos disparos en muy poco tiempo. Me pregunto si te quedan balas. Quizá te quede una sola. Tal vez deberías gastarla en ti mismo.
Jeffrey, Susan y la chica se quedaron inmóviles, como en un retablo viviente.
– Te estás marcando un farol -señaló Curtin.
– Hay una forma de averiguarlo. El historiador eres tú. ¿Quién tiene parejas de ases y ochos?
Curtin sonrió.
– «La mano del muerto.» Es un punto muerto muy interesante, Jeffrey. Me tienes impresionado.
El asesino bajó la vista al arma que empuñaba, aparentemente con la intención de determinar el contenido del cargador sopesándola como una fruta. Jeffrey acercó de forma casi imperceptible los dedos a la Uzi que estaba en el suelo. Susan también.
Curtin miró a su hijo.
– El asesino del río Green -dijo pausadamente-. ¿Te acuerdas de él? Y también está mi viejo amigo Jack, por supuesto. Veamos, ah, sí, el asesino del Zodíaco, en San Francisco. Y luego está el cazador de cabezas de Houston. Los Angeles nos dio al Asesino de la Zona Sur… ¿Entiendes lo que intento decirte?
Jeffrey aspiró profundamente. Sabía exactamente a qué se refería su padre. Todos esos asesinos habían desaparecido, dejando a la policía desconcertada respecto a su identidad y su paradero.
– Te equivocas -repuso-. Yo te encontraré.
– No lo creo -respondió Curtin.
Luego, con paso firme y seguro, encañonándolos a los tres con la pequeña automática en todo momento, el asesino avanzó por la habitación. Subió por las escaleras hacia la trampilla, se detuvo, sonrió y, sin decir palabra, la abrió de un empujón y salió de un salto, mientras sus dos hijos se abalanzaban a la vez sobre la metralleta. Jeffrey fue más rápido, pero para cuando había recogido el arma y apuntado con ella al lugar donde se encontraba su padre hacía un momento, el asesino había desaparecido, dando un portazo tras de sí.
Susan tosió una vez. Intentó pronunciar la palabra «mamá» antes de desmayarse, pero no fue capaz. Jeffrey, también transido de dolor, notó un mareo que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Había gastado más energías en el farol de lo que pensaba. Sujetándose la herida del costado, avanzó trabajosamente, intentando ponerse de pie, preocupado sobre todo por su hermana, hasta que recordó que su madre también se hallaba por allí. Se arrastró hacia las escaleras, a punto de desvanecerse, como un borracho en la cubierta de un barco que se bambolea mucho. Dudaba que pudiera llegar hasta arriba, pero sabía que debía intentarlo. De pronto los oídos empezaron a pitarle debido a la extenuación, y se le desviaban los ojos. En algún lugar recóndito de su interior, esperaba que todos sobreviviesen a esa noche. Entonces, él también cayó hacia atrás y quedó tendido en el suelo de la sala de los asesinatos, precipitándose en la negrura de la inconsciencia.
Diana avistó la figura de un hombre que emergía de la trampilla oculta y la reconoció de inmediato. La fuerza de esa visión, tantos años después, la hizo retroceder, lo cual fue una suerte, porque de este modo quedó a la sombra de un árbol grueso y alto, protegida de toda luz residual. Advirtió que su ex marido se paraba en medio del césped para examinar el arma que llevaba en la mano. Lo vio extraer el cargador y lo oyó proferir una carcajada vehemente antes de tirar a un lado la pistola vacía. Luego, como un animal que husmea un olor en el viento, irguió la cabeza. Ella también estiró el cuello hacia delante, y en ese momento llegó a sus oídos el sonido lejano de una sirena de la policía que se aproximaba a toda velocidad y supo que el conductor había cumplido la misión que Jeffrey le había encomendado.
Se arrimó más al árbol y a la densa oscuridad del bosque. Vio a Peter Curtin volverse y echar a andar en dirección a ella, a paso rápido, pero sin pánico, con la eficiencia de un deportista que había practicado una jugada una y otra vez y a quien ahora, por fin, habían sacado al campo a ejecutar esa jugada concreta en plena tensión de la segunda parte del partido.
Parecía saber con toda precisión adónde se dirigía.
Ella sujetó el revólver con ambas manos y se preparó mentalmente. De pronto, oyó las pisadas de Curtin, el sonido de las ramas que se le enganchaban en la ropa, y después su respiración acelerada mientras caminaba a toda prisa hacia el garaje y el vehículo oculto.
Él se encontraba a sólo unos pasos, avanzando en paralelo al árbol tras el que Diana se escondía. Entonces ella salió de la sombra, justo detrás de él, alzando el revólver con las dos manos como Susan le había enseñado.
– ¿Quieres morir ahora, Jeff? -susurró.
La fuerza de su tono, pese a lo bajo de su voz, fue como un golpe en la espalda que estuvo a punto de derribar a Curtin. Éste dio un traspié, luego recuperó el equilibrio y se detuvo por completo. Sin volverse hacia su ex esposa, levantó las manos vacías sobre su cabeza. Luego se volvió despacio para quedar cara a ella.
– Hola, Diana -dijo-. Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba Jeff. Debería haber adivinado que estarías aquí, pero supuse que querrían dejarte en algún lugar significativamente más seguro.
– Estoy en un lugar más seguro -replicó Diana y tiró hacia atrás el percutor de la pistola-. He oído los disparos. Cuéntame qué ha ocurrido. No me mientas, Jeff, porque si no te mataré ahora mismo.
Curtin vaciló, como intentando decidir si debía arrancar a correr o embestirla. Observó el arma que ella tenía entre las manos y comprendió que cualquiera de las dos opciones sería letal.
– Están vivos -dijo-. Han ganado.
Ella guardó silencio.
– Estarán bien -aseguró, repitiéndose, como si de ese modo resultara más convincente-. Susan ha matado a mi otra esposa. Es una tiradora excepcional. Mantiene la sangre fría en circunstancias difíciles. Jeffrey también ha estado bien alerta en todo momento. Deberías sentirte orgullosa. Deberíamos sentirnos orgullosos. En fin, el caso es que los dos están heridos, pero sobrevivirán. Me imagino que volverán a sus clases y a sus pasatiempos en menos que canta un gallo. Ah, y en cuanto a mi pequeña invitada de la velada, Kimberly, ella está bien también, aunque queda por ver qué futuro la espera. Creo que esta noche ha resultado especialmente dura para ella.
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