John Katzenbach - Juegos De Ingenio

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En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.

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– Caril Ann -dijo Curtin con brusquedad- disipará toda duda que pueda surgirte. -Una vez más, las miradas de padre e hijo se entrecruzaron sobre el abismo del tiempo y la desesperación-. Bienvenido a casa, Jeffrey -anunció al abrir la puerta de la sala de música.

El aislamiento acústico era muy eficaz; ni Susan ni la adolescente aterrada y sollozante acurrucada a su lado los habían oído acercarse a la habitación, de modo que, cuando la lámpara del techo se iluminó de golpe, ambas mujeres se sobresaltaron. Susan tuvo que morderse el labio con fuerza para reprimir un grito. El sudor le había resbalado hasta los ojos, que le picaban, pero no se movió salvo para afinar la puntería, alineando la vista con el punto de mira de la pistola.

Cerró el dedo en torno al gatillo cuando la puerta se abrió de repente, y contuvo el aliento. Oyó una sola palabra pronunciada por una voz que le llegaba de la memoria a través de décadas, pero la única figura que vio fue la de su hermano, que entró dando traspiés a causa de un empujón.

Él dirigió la vista al fondo de la habitación, y sus miradas se encontraron.

Susan cobró conciencia súbitamente de que había otras figuras, justo detrás de él, y en ese instante gritó: -¡Jeffrey, tírate a la derecha! Y acto seguido disparó su arma.

La duda puede medirse en unidades de tiempo minúsculas. Microsegundos. Jeffrey oyó la orden de su hermana y reaccionó en consecuencia, arrojándose al suelo para apartarse de la línea de tiro, pero no lo bastante deprisa, pues la primera bala de la nueve milímetros llegó zumbando y le desgarró la carne encima de la cadera, atravesándole la cintura.

Mientras rodaba por el suelo, con la visión teñida de rojo por el dolor, advirtió que Caril Ann había dado un paso al frente al instante y se había arrodillado, disparando a su vez su arma, que emitía unos sonidos sordos, apenas perceptibles, amortiguados por el silenciador. Pero cada disparo suyo provocaba como respuesta los estampidos más profundos de la nueve milímetros, cuyo gatillo apretaba Susan desesperadamente. Las balas hacían saltar astillas del marco de la puerta o levantaban pequeñas nubes de polvo al impactar en la pared.

Se oyó un alarido cuando un disparo dio en el blanco. Jeffrey no supo de dónde procedía. Luego, otro. El ruido del tiroteo lo ensordecía. Se dio la vuelta rápidamente, lanzándole una cuchillada a la mujer que tenía al lado, y la hoja se hundió en el antebrazo y la muñeca de la mano con que empuñaba la pistola. Caril Ann profirió un aullido de dolor y encañonó a Jeffrey, que se hallaba a sólo unos centímetros del arma, cuando la pistola de Susan emitió una última detonación que resonó en el pequeño cuarto y ahogó el sonido de las voces y el grito de terror del propio Jeffrey. Este disparo alcanzó a Caril Ann justo en la frente, y su rostro pareció estallar ante él, rociándolo de escarlata y haciendo que la mujer se inclinara hacia atrás.

El ruido y la muerte reverberaron en la habitación.

Jeffrey se dejó caer en el suelo, consciente de que estaba vociferando algo incomprensible, contemplando la cara destrozada de la mujer a quien nunca había conocido. Entonces se volvió hacia su hermana. Estaba muy pálida, paralizada en su compacta posición de disparo, sujetando aún la nueve milímetros, que tenía apoyada sobre las rodillas. La corredera se había desplazado hacia atrás una vez vaciado el cargador, pero ella seguía apretando el gatillo inútilmente. Jeffrey reparó en que la pared detrás de ella estaba manchada de rojo, y en que también le goteaba sangre en la sudadera.

– ¡Susan!

Ella no respondió. Jeffrey se arrastró por el suelo hacia ella, con el brazo extendido. Sostuvo las manos en el aire sobre ella, vacilante, intentando determinar dónde la habían herido, casi con miedo a tocarla, como si de pronto se hubiese vuelto frágil y una presión excesiva pudiese hacerla añicos. Le pareció que una bala le había arrancado el lóbulo de la oreja antes de estamparse en la pared, a su espalda. Por lo visto, otra la había alcanzado en la pierna -sus téjanos se estaban tiñendo de granate rápidamente-, y una tercera le había dado en el hombro, pero había rebotado en el chaleco antibalas del agente Martin. Al hablar, intentó inyectar seguridad en su voz.

– Estás herida -dijo-. Te pondrás bien. Conseguiré ayuda. -Su propio costado le dolía como si le estuviesen aplicando un cautín eléctrico al rojo vivo.

Susan estaba lívida, aterrorizada.

– ¿Dónde está él? -preguntó.

– Aquí mismo -respondió la voz detrás de ellos.

Entonces la adolescente soltó un chillido, un solo grito de pánico acumulado, mientras Jeffrey se volvía para ver a su padre en cuclillas ante la puerta, justo encima del cuerpo retorcido de Caril Ann Curtin. Había recogido la automática de su esposa, y ahora les apuntaba a los tres.

Juegos De Ingenio - изображение 2

Diana oyó el intercambio de disparos, y una oleada de miedo intenso le recorrió todo el cuerpo. El silencio que siguió al breve tiroteo fue igual de terrible, igual de alarmante. Dio un salto hacia delante y arrancó a correr lo mejor que pudo a través de la oscuridad del bosque, en dirección a las luces de la casa. Cada ramita, cada zarcillo, cada brizna de hierba que crecía en el sendero dificultaba su avance. Tropezó, se enderezó y siguió adelante, intentando dejar la mente en blanco y desterrar de su consciencia las visiones horribles de lo que quizás había ocurrido. Mientras corría, empuñó la pistola que su hija le había dado, quitó el seguro con el pulgar y se preparó para utilizarla.

Llegó hasta el borde de la oscuridad y se detuvo.

El silencio que tenía delante era como una pared. Aspiró el aire frío.

Peter Curtin miraba desde el otro extremo de la habitación a sus dos hijos y a la adolescente desaparecida, que se estremecía y sollozaba. Su mirada topó con la de Susan, y él sacudió la cabeza.

– Me equivoqué -dijo despacio-. Ahora resulta, Jeffrey, que aquí la asesina es tu hermana.

Susan, agotada repentinamente a causa de las heridas y la tensión, levantó la pistola de nuevo, con el dedo en el gatillo.

– ¿Serías capaz de matarme? -preguntó su padre.

Ella soltó la nueve milímetros, que cayó al suelo con un golpe metálico.

– En el ajedrez -dijo él, despacio, como si estuviera exhausto-, es la reina quien tiene el poder y realiza las jugadas clave. -Curtin asintió-. Touché -comentó con aire despreocupado-. Seguramente habrías podido encargarte de aquel tipo del aseo de caballeros sin mi ayuda. -Y añadió-: Subestimé tu capacidad.

El asesino alzó el arma e hizo ademán de apuntar.

En ese instante, Jeffrey comprendió que debía plantar batalla con algo que no fuera una pistola o un cuchillo. En un momento profundo de iluminación supo cómo pararle los pies al hombre que estaba al otro lado de la habitación.

Sonrió, a pesar de las heridas y el dolor.

Fue algo repentino, inesperado. Una expresión que desconcertó a su padre.

– Has perdido -afirmó el hijo.

– ¿Perdido? -dijo el padre al cabo de un momento-. ¿En qué sentido?

– ¿Has contado? -inquirió Jeffrey enérgicamente-. Contesta.

– ¿Que si he contado?

– Dime, padre, ¿quedan tres balas en esa pistola? Porque si no, ha llegado tu hora. Morirás aquí mismo, en esta habitación que tú diseñaste. Me sorprende. ¿Trazaste los planos pensando en tu propia muerte, y no sólo en la de los demás? No parece propio de ti.

Curtin titubeó de nuevo.

Jeffrey prosiguió, embalado, casi riéndose.

– ¿Exactamente cuántas veces ha disparado tu querida y abnegada esposa esa pistola? Veamos, en el cargador caben… ¿cuántas? ¿Siete balas? ¿Nueve? Creo que siete. Ahora bien, el arma era de tu mujer, así que ¿hasta qué punto estás familiarizado con ella? Y ella, ¿estaba acostumbrada a meter una octava bala en la recámara? Mira en torno a ti, puedes ver los agujeros en la pared. Susan está sangrando, ¿de cuántas heridas exactamente? ¿Cuántos disparos ha hecho tu esposa antes de que Susan le volara la cabeza?

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