Hubo un silencio.
– ¿Sabes el peor destino, peor incluso que ese otro, y sin embargo el más probable?
– Soportó ese peso terrible. Se quedó en Moutier y vivió el resto de sus días con el cuerpo de su hija bajo el hogar.
Isabelle se arrodilla en el cruce de caminos. Tiene tres posibilidades: seguir adelante, volver, o quedarse donde está.
– Ayúdame, Madre de Dios -reza-. Ayúdame a elegir.
Una luz azul la rodea, consolándola por un brevísimo instante.
Me incorporé bruscamente, acuclillada sobre la larga roca lisa del fondo del río, mis pechos recuperando su redondez. El bebé se había despertado y empezaba a gemir como un gatito. Elisabeth lo alzó de su manta en la orilla del río y le llevó la boca hasta el pecho.
– ¿Lo ha leído Jean-Paul? -indicó con la mano el manuscrito a su lado.
– Todavía no. Lo hará este fin de semana. Es su opinión lo que más me preocupa.
– ¿Por qué?
– Es lo más importante para mí. Tiene ideas muy claras sobre historia. Se mostrará muy crítico con mi enfoque.
Elisabeth se encogió de hombros.
– ¿Y? Es tu historia, después de todo. Nuestra historia.
– Sí.
– Veamos, ¿qué hay del pintor del que me estabas hablando? Nicolas Tournier.
– La huella falsa, quieres decir.
– ¿Qué?
– Nada. Tiene su sitio, diga Jean-Paul lo que quiera.
Jacob llega al cruce de caminos y encuentra a su madre de rodillas, bañada en azul. Isabelle no lo ve y el niño la contempla un momento, el azul reflejado en sus ojos. Luego mira alrededor y toma el camino que lleva hacia el oeste.
La Reforma protestante del siglo XVI fue iniciada por Martín Lutero en Alemania. Uno de sus simpatizantes, el teólogo francés Juan Calvino, desarrolló su magisterio en Ginebra, donde formó predicadores de acuerdo con sus creencias, basadas en una vida piadosa y disciplinada, así como en el culto a Dios sin necesidad de sacerdotes como intermediarios. Aquellos predicadores se repartieron por Francia, divulgando la «Verdad», nombre con el que se conocían las enseñanzas calvinistas. Rápidamente convirtieron a muchos habitantes de las ciudades y a miembros de la nobleza francesa.
Necesitaron más tiempo para penetrar en remotas regiones rurales como las Cevenas, una zona montañosa del sur de Francia. Una vez que los predicadores llegaron allí, muchos campesinos se convirtieron a la Verdad y empezaron a practicar el calvinismo en secreto, en los graneros y en el bosque, hasta que estuvieron en condiciones de expulsar a los sacerdotes católicos y ocupar sus iglesias. En diferentes pueblos de las Cevenas los calvinistas se apoderaron de las iglesias en 1560 y 1561, y los hugonotes (como se llegó a conocer a los protestantes franceses) alcanzaron primacía en la región.
En 1572 se asesinó a miles de hugonotes reunidos para una boda regia. La Noche de San Bartolomé provocó sucesivas persecuciones que se extendieron a toda Francia, y obligaron a emigrar a muchos hugonotes. La paz se restableció en parte gracias al Edicto de Nantes, que protegía los derechos de los protestantes, si bien surgieron de nuevo problemas a raíz de que Luis XIV lo revocara en 1685, dispersando a los hugonotes por Europa. A comienzos del siglo XVIII, grupos de hugonotes de las Cevenas se alzaron contra el gobierno francés en lo que se conoce como la rebelión de los Camisards, pero el fracaso de aquel movimiento les obligó, una vez más, a practicar clandestinamente su religión.
Me gustaría dar las gracias, por su ayuda, a las siguientes personas (utilizando el orden alfabético, gran igualador): Juliette Dickstein; Jonathan Drori; Susan Elderkin; Jonny Geller; James Greene; Kate Jones; mi primo Jean Kleiber, la primera persona que me habló de granjas sin chimeneas y otras peculiaridades suizas; Lesley Levene; madame Christine Martínez de Florac, quien, sin saberlo, me dio un curso intensivo sobre la vida en un pueblo francés; y Vicky Singer.
Me han sido utilísimos los siguientes libros: Montaillou y Les Paysans de Languedoc, de Emmanuel Le Roy Ladurie, El regreso de Martín Guerre y Sociedad y cultura en la Francia moderna, de Natalie Zemon Davis, Protestants du Midi, 1559-1598, de Janine Garrisson, y Moutier á travers les ages, de Ph. Pierrehumbert.
Es muy posible que existan la mayoría de los lugares mencionados en el libro, pero no así las personas.
[1]Soy el oprobio de todos mis perseguidores, / Objeto de terror para mis vecinos/ Y de espanto para cuantos me conocen; / Todos los que me ven huyen de mí, Como muerto he sido borrado de todos los corazones / Y parezco una vasija rota (Versión de Nácar y Colunga . N. del T .)