– Si, soy estúpida -murmuré en inglés-. Pero que muy estúpida.
Los cuatro estuvimos de acuerdo en el sitio, una pequeña extensión de hierba junto a una roca con forma de seta, no lejos de las ruinas. Siempre sería fácil de encontrar gracias a aquella silueta inconfundible.
Jean-Paul empezó a cavar mientras nosotras almorzábamos a poca distancia. Luego me tocó utilizar la pala y después a Mathilde, hasta que conseguimos un hoyo de algo más de medio metro de profundidad. A continuación coloqué los huesos. Habíamos preparado espacio suficiente para dos esqueletos y, aunque Jean-Paul sólo había encontrado unos dientes entre las ruinas, los coloqué en su sitio como si también estuviera allí el resto del cuerpo. Los demás miraban y Sylvie le susurró algo a Mathilde. Cuando hube terminado retiré un hilo azul de los restos del vestido y me lo guardé en el bolsillo.
Sylvie se me acercó cuando aún estaba junto a la fosa.
– Mamá dice que te lo pregunte -empezó-. ¿Puedo enterrar algo con Marie?
– ¿Qué?
Se sacó del bolsillo la pastilla de jabón de lavanda.
– Si -respondí-. Sácala primero del envoltorio. ¿Quieres que la ponga yo por ti?
– No, quiero hacerlo yo -se tumbó junto a la sepultura y dejó caer la pastilla. Luego se levantó y se sacudió la tierra del vestido.
No supe qué hacer a continuación: me pareció que tenía que decir algo pero no encontré las palabras. Miré a Jean-Paul; para sorpresa mía había inclinado la cabeza, tenía los ojos cerrados y musitaba algo. Mathilde estaba haciendo lo mismo y Sylvie los imitaba a los dos.
Alcé los ojos y, muy por encima de nosotros, vi un pájaro que, batiendo las alas, se mantenía inmóvil en el cielo.
Jean-Paul y Mathilde se santiguaron y abrieron los ojos al mismo tiempo.
– Mirad -dije, señalando hacia lo alto. El pájaro había desaparecido.
– Lo he visto -afirmó Sylvie-. No te preocupes, Ella, he visto el pájaro rojo.
Después de rellenar el hoyo con tierra, y para evitar que algún animal se llevara los huesos, amontonamos encima piedras de buen tamaño, hasta levantar una tosca pirámide de casi medio metro de altura.
Nada más terminar oímos un silbido y miramos a nuestro alrededor. Vimos junto a las ruinas a monsieur Jourdain, con una joven a su lado. Incluso desde aquella distancia era evidente que estaba embarazada de ocho meses. Mathilde me miró y sonreímos. Jean-Paul se dio cuenta y nos miró desconcertado.
Cielos, pensé. Todavía se lo tengo que contar. Se me encogió el corazón.
Cuando los recién llegados estuvieron cerca, la mujer dio un traspiés y yo me quedé petrificada.
– Mon Dieu!- susurró Mathilde.
Sylvie aplaudió.
– Ella, ¡no nos habías dicho que venía tu hermana!
Elisabeth Moulinier llegó a donde yo estaba y se detuvo. Nos estudiamos mutuamente: el pelo, la forma de la cara, los ojos castaños. Luego dimos un paso al mismo tiempo y nos besamos en las mejillas una, dos, tres veces. Se echó a reír.
– ¡Vosotros los Tournier siempre besáis tres veces, como si dos no fuera suficiente!
Más tarde, durante el día, decidimos bajar de la montaña. Tomaríamos algo en el bar antes de que nuestros caminos se separasen: Mathilde y Sylvie a Mende, Elisabeth a su hogar, cerca de Alés, monsieur Jourdain a su casa, a la vuelta de la esquina desde la mairie, y Jean-Paul a Lisle-sur-Tarn. Todo el mundo sabía dónde ir excepto yo.
Acompañé a Elisabeth hasta los coches.
– ¿Vendrás a pasar una temporada conmigo? -preguntó-. Ahora mismo, si quieres.
– Pronto. Tengo algunas… cosas que resolver. Pero iré dentro de unos días.
Ya junto a los automóviles, Mathilde y ella me miraron expectantes. Jean-Paul contemplaba el horizonte.
– Hum, id por delante -les dije-. Jean-Paul me llevará en su coche. Nos reuniremos en el bar.
– Ella, tú te vienes con nosotras, ¿verdad? -preguntó Sylvie llena de ansiedad, dándome palmaditas en el brazo.
– No te preocupes por mí, chérie.
Cuando los coches desaparecieron carretera adelante, Jean-Paul y yo nos encontramos a ambos lados de su automóvil.
– ¿Podemos plegar la capota? -pregunté.
– Bien sûr.
Desenganchamos la lona por los dos lados, la enrollamos y la sujetamos atrás. Al terminar, me apoyé contra el costado del coche y coloqué los dos brazos sobre el borde superior de las ventanillas. Jean-Paul se apoyó en el otro lado.
– Tengo algo que contarte -dije. Intenté tragarme el nudo que tenía en la garganta.
– En inglés, Ella.
– Sí. De acuerdo. En inglés -enmudecí de nuevo.
– ¿Sabes? -dijo-, no tenía ni idea de que pudiera pasarlo tan mal a causa de una mujer. Hace casi dos semanas que te fuiste. Desde entonces ni duermo, ni toco el piano, ni trabajo. Las señoras mayores me toman el pelo en la biblioteca. Mis amigos piensan que me he vuelto loco. Claude y yo nos peleamos por cosas absurdas.
– Jean-Paul, estoy embarazada -dije.
Me miró, la cara entera una pregunta.
– Pero nosotros… -se detuvo.
Pensé una vez más en mentir, en lo fácil y cómodo que sería mentir. Pero Jean-Paul se daría cuenta.
– Es de Rick -dije en voz baja-. Lo siento.
Jean-Paul respiró hondo.
– No lo sientas -dijo en francés-. Querías tener un hijo, ¿no es eso?
– Oui, mais …
– Entonces no lo sientas -repitió en inglés.
– Si es con la persona inadecuada puede ser un desastre.
– ¿Lo sabe Rick?
– Sí. Se lo dije la otra noche. Quiere que nos vayamos a vivir a Alemania.
Jean-Paul alzó las cejas.
– ¿Qué quieres hacer tú?
– No lo sé. Tengo que decidir qué es lo mejor para mi hijo.
Jean-Paul se apartó del coche y caminó hasta el otro lado de la carretera; luego se detuvo y miró a lo lejos por encima de los campos de retama y granito. Se agachó, cortó un tallo y aplastó las flores amarillas entre los dedos.
– Me hago cargo -susurré para que no me oyera-. Lo siento. Es demasiado, ¿verdad?
Cuando volvió junto al coche parecía decidido, incluso estoico. Éste es su mejor momento, pensé. Inesperadamente, sonreí.
Jean-Paul me devolvió la sonrisa.
– Lo mejor para la madre suele ser lo mejor para el hijo -comentó-. Si eres desgraciada, tu bebé lo será también.
– Es cierto. Pero he perdido la noción de lo que es mejor para mí. Me gustaría saber por lo menos cuál es mi hogar. California, no, desde luego. En cuanto a Lisle…, tampoco creo que pueda volver allí. No ahora. Ni Suiza. Tampoco Alemania, de eso estoy segura.
– ¿Dónde te sientes más cómoda?
Miré a mi alrededor.
– Aquí -dije-. Exactamente aquí. Jean-Paul abrió los brazos lo más que pudo.
– Alors, tu es chez toi. Bienvenue.
Miré al cielo, un azul pálido desteñido por el sol de finales de septiembre. El Tarn estaba todavía tibio; yo flotaba de espaldas, brazos separados del cuerpo, pechos aplastados, cabellos flotando en el río como hojas alrededor de la cara. Miré más abajo: mi vientre empezaba a levantarse por encima del agua. Cubrí aquel bulto con las manos. En la orilla se oyó un crujir de papeles.
– ¿Qué pasó con Isabelle?
– No lo sé. A veces pienso que se marchó de Moutier y regresó aquí, a las Cevenas. Encontró a su pastor, tuvo a su hijo y vivieron felices para siempre. Incluso se hizo católica para seguir siendo devota de la Virgen.
– Final feliz.
– Sí. Pero, ¿sabes?, creo que no fue eso lo que sucedió de verdad. Pienso con más frecuencia que murió de hambre en una cuneta en algún sitio, huida de los Tournier, el hijo muerto en el vientre, olvidada, y que ocupa una tumba sin nombre.
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