César Aira - Como Me Hice Monja

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La historia es una especie de alucinación. Son las macabras y horripilantes memorias de un niño (o niña, porque se llama a sí misma niña pero todo el mundo la trata como si fuera un niño) que se llama César Aira.
Este fue el primer relato que contribuyó a crear una leyenda alrededor de este escritor de culto y uno de los más excéntricos entre los excéntricos, admirado sin reservas por escritores como Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol.

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Esa sensación fue creciendo de modo exponencial. Tuve la genial idea de comentárselo a mamá. Mi imprudencia era asombrosa. Al principio no me hizo caso, pero insistí justo lo necesario, antes de dar marcha atrás, para que se inquietara. Pasaban tantas cosas tan terribles… Me preguntaba si había visto al que me seguía, si era hombre o mujer, joven o viejo… Yo no sabía cómo decirle que estaba hablando de otra cosa, de sensaciones, de sutilezas, de "instrucciones".

– ¡No salís más a la calle si no vas de mi mano!

Por aquel entonces la prensa amarilla se estaba haciendo un festín con los cadáveres exangües de niños de ambos sexos violados en los baldíos… Sin sangre en las venas. Era una ola de vampiros que cubría el país. Mamá era una mujer de pueblo, no demasiado ignorante (había hecho un año del secundario) pero crédula, simple… ¡Qué distintas éramos! Ella no sólo creía en las noticias de la prensa amarilla (si era por eso, yo también podía creerlas), sino que las aplicaba a su propia vida real… Ahí estaba nuestra diferencia clave, el abismo que nos separaba. Yo tenía una vida real totalmente separada de las creencias, de la realidad general conformada por las creencias compartidas…

Pues bien, una vez, en uno de esos trances… Yo había perdido completamente a mamá, y ya no sabía si seguir derecho, doblar, o directamente volver a casa, que estaba a dos cuadras nada más.

Y eso que acabábamos de salir, y mamá tardaría una buena media hora en volver, nerviosa, inquieta por mí, quizás sin poder terminar sus compras por mi culpa… Una desconocida me abordó:

– Hola, César.

Sabía mi nombre. Yo no conocía a nadie, nadie me conocía a mí. ¿De dónde había salido? Podía vivir en el inquilinato, o ser de alguno de los negocios donde mamá hacía las compras; para mí todas las señoras eran iguales, así que podía ser cualquiera, no me asombraba demasiado no reconocerla. Lo que sí era extrañísimo era que me dirigiera la palabra. Porque no se trataba sólo de quién era ella, sino, mucho más, de quién era yo. Tan convencida estaba de mi propia imperceptibilidad, de lo general y anodino de mis rasgos, que esto sólo podía aceptarlo como un milagro. Lo asocié con las marquitas que tenía en la nariz, a la que me llevé la mano.

– ¿Qué te pasó en la naricita? -me preguntó sonriendo, interesada.

– Me mordieron -dije sin entrar en detalles, no porque no quisiera contarle toda la historia (me prometí llegar a eso) sino por cortesía, por no abrumarla, por ahorrarle tiempo.

– Qué barbaridad. ¿Fue un chico, un amiguito malo? ¿O un perrito?

Me irritó que insistiera. Mostraba no haber apreciado mi cortesía. Yo estaba apurada por pasar a otro tema, por aclarar la situación, para entonces sí, poder contarle la historia de la mordida con pelos y señales. Me encogí de hombros con una sonrisa que la impaciencia me hizo difícil producir.

Como si me hubiera leído el pensamiento, entró en materia.

– ¿Te acordás de mí?

Asentí, con la misma sonrisa, ahora un poco más relajada, más encantadora. Ella se sobresaltó visiblemente, pero se controló de inmediato. Sonrió más todavía.

– ¿Te acordás, en serio?

Yo había dicho que sí por pura cortesía, por reciprocidad, ya que ella sí me conocía.

Volví a asentir, pero ya el gesto tenía un sentido totalmente distinto. Este sentido se me escapaba en sus detalles, aunque los adivinaba oscuramente. Esa mujer en realidad no me conocía, me estaba mintiendo, era una secuestradora, una vampiro… La adivinación tiene un margen de incertidumbre. Y la cortesía, la cautela de cortesía, se proyectaba desde ese margen y lo invadía todo. Aun cuando yo hubiera creído en la realidad de los vampiros, les habría temido menos que a una ruptura de la situación. La cortesía era una fijación, un equilibrio. Para mí, la vida dependía de eso. Caer en manos de un vampiro no era peor. Además, yo no creía en los vampiros, y esta mujer no era un vampiro. De modo que al asentir, lo que quería decir era que la situación seguía como estaba.

– No, no te acordás, pero no importa. Soy amiga de tu mamá, pero hace mucho que no la veo. Nos conocíamos de Pringles… ¿Cómo está?

– Muy bien.

– ¿Y don Tomás?

– Está preso.

– Sí, ya me había enterado.

Era una mujer común, morocha pero teñida de rubia, más bien baja, regordeta, muy arreglada…

Tenía algo de histérica, de alucinada. Eso yo lo sentía en la intensidad que tenía la escena. No era la manera natural de dirigirse a una niña encontrada por casualidad en la calle. Parecía como si hubiera ensayado, como si estuviera desarrollándose un drama fundamental para ella. No me alarmaba demasiado porque hay gente así, gente, sobre todo mujeres, que no jerarquiza los momentos y les da a todos la misma importancia trágica.

– ¿Qué haces sólito en la calle? ¿Saliste a hacer un mandado?

– Sí.

Me miraba extrañada. Mis "sí" le rompían todos los esquemas. Entonces se jugó entera:

– ¿Querés venir a mi casa? Yo vivo aquí nomás, te convido con unas masitas…

– No sé…

De pronto la realidad, la realidad del secuestro, bajaba. Y yo no estaba preparada para ella. No creía. Mi cortesía era mi idiotez. Por delicadeza, renunciaba a todo, hasta a la vida. El miedo que se apoderó de mí a partir de ese momento fue inmenso. Pero el miedo quedaba debajo de la delicadeza, ¿y no era siempre así? Menuda sorpresa me habría llevado en caso contrario.

– Después te llevo de vuelta a tu casa. Quiero saludarla a tu mamá, hace tanto que no la veo.

Esperó mi respuesta, con su intensidad multiplicada por mil.

– Ah, entonces sí -dije, teatral, exagerando mi buena voluntad. Era lo menos que podía hacer por ella, por agradecerle que se tomara el trabajo de allanar los obstáculos.

Me tomó de la mano y me arrastró ligerito hacia la avenida Brown. Hablaba todo el tiempo pero yo no la escuchaba. La angustia me ahogaba. Cuando me miraba, le sonreía. Me adaptaba a su paso, le apretaba la mano tanto como ella me la apretaba a mí. Pensaba que acentuando mi buena disposición volvía demasiado descabellada la hipótesis de un secuestro. En menos de lo que canta un gallo estuvimos a bordo de un colectivo, viajando por calles desconocidas. El colectivo iba medio vacío, pero ella hablaba para el público, me colmaba de mimos, me llamaba por mi nombre todo el tiempo, César, César, César. A mí me encantaba que pronunciaran mi nombre, era mi palabra favorita.

– ¿Te acordás cuando eras chiquito, César, y yo te llevaba a tomar helados?

– Sí.

Mentía, mentía. ¡Yo no había tomado un helado en toda mi vida!

Yo entraba en la actuación, me adelantaba a ella, la esperaba… Llevé la cortesía al extremo directamente absurdo de suponer que me había confundido con otra chica, que se llamaba como yo, que había nacido en Pringles, que tenía a su papá preso… En ese caso, qué decepción se llevaría al enterarse de la verdad… incluso podría enojarse, porque mis "sí" se revelarían mentiras, excesos de cortesía.

Bajamos en un barrio lejano y desconocido, y caminamos un par de cuadras, siempre de la mano… Pero la actitud de ella se había resquebrajado, la locura que había tenido laboriosamente controlada subía a la superficie, teñida de violencia, de sarcasmo. Yo me sentía obligada a subrayar mi cortesía, contra un derrumbe inminente.

– ¡Qué contenta se va a poner mamá cuando la vea!

– Sí. Contentísima.

– ¡Qué lindo barrio!

– ¿Te gusta, Cesitar?

– Sí.

¡Qué siniestra se había hecho su voz! Mi diagnóstico fue inapelable: esa mujer estaba loca. Sólo un loco podía renunciar a un status quo imaginario. Sólo un loco podía adoptar lo real de la realidad. Traté de no pensar que estaba en manos de una loca. Total, ¿qué podía hacerme?

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