César Aira - Como Me Hice Monja
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Este fue el primer relato que contribuyó a crear una leyenda alrededor de este escritor de culto y uno de los más excéntricos entre los excéntricos, admirado sin reservas por escritores como Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol.
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Tanto como para ocupar el tiempo, y acallar otras preocupaciones, pensé en papá. Lo multipliqué por todos los hombres que había allí adentro, los hombres desesperados, los expulsados de la sociedad, que no podían abrazar a sus hijos… Y yo allá arriba, planeando inmóvil sobre todos ellos… Yo era el ángel. Eso no podía asombrarme. Todas las peripecias que habían sucedido, desde el comienzo, desde el momento en que probé el helado de frutilla, me conducían a ese punto supremo, a ser el ángel… El ángel de la guarda de todos los criminales, de los ladrones, de los asesinos…
Todos los hombres presos eran mi papá. Y yo lo amaba. Si antes, al estar en sus brazos, al ir de su mano, había creído amarlo, ahora sabía que el amor era más, mucho más, que eso. Había que ser el ángel de la guarda de todos los hombres desesperados para saber qué era el amor.
Fue una experiencia mística, que duró muchas horas. La experiencia de la contigüidad absoluta con el hombre, que sólo puede vivir su ángel. Ni siquiera la falta de alas pudo sacarme de mi idea. Al contrario: con alas yo habría podido marcharme, por ese cuadrado de cielo que veía encima.
Fue, como digo, un episodio prolongado. Duró toda la tarde y toda la noche. Me encontraron a las diez de la mañana siguiente. La busca a que dio lugar mi desaparición, la viví como una fantasía en ausencia (yo sabía a qué atenerme). Inclusive oí voces que me llamaban; las oí sonar por altavoces: "el niño César Aira…" "el niño César Aira…" Eso ya no era una fantasía, una reconstrucción mental. Eran voces a las que debía responder. Y a las que quería responder, decir por ejemplo "aquí estoy, socorro, no sé cómo bajar". Pero no podía. En la impotencia, me adelantaba a los hechos. Inventaba una escena en la que yo le explicaba al director de la prisión lo que había pasado en realidad: "fue mi papá. Él me atrapó y me llevó a un lugar… me escondió para usarme como rehén en la fuga que planea con sus cómplices"… Todo eso se me podía perdonar, el mismo papá podía perdonarme, considerando mi inocencia, mi carácter, mis temores… Aun así, por puro lujo de conciencia, lo mejoraba: "pero mi papá lo hizo obligado, por el Rey de los Criminales, él nunca le haría eso a su propia hija…" Y temiendo que el Director se hiciera una idea errónea, aclaraba: "Pero mi papá no es ese Rey…" Me embarcaba en lo complicado de la mentira. El mentiroso experimentado sabe que la clave del éxito está en fingir bien la ignorancia de ciertas cosas. Por ejemplo de las consecuencias de lo que está diciendo. Es como hacer que sean los otros los que inventen. "Eso sí, no oí a papá hablar del Rey… eran los otros los que hablaban de él, con miedo, con reverencia… A papá lo llamaban… Su Jamestad… No sé por qué, mi papá se llama Tomás…" El director de la cárcel caería en la celada. Pensaría: es demasiado complicado para no ser cierto. Siempre tenían que pensar lo mismo, es la regla de oro de la ficción. Me creería plenamente. Papá, no; papá conocía mis trucos, él era mis trucos… Lo sabría, y me lo perdonaría, así le costase diez años más de cárcel… No eran exactamente las reflexiones de un ángel. El altavoz (ya era de noche, las estrellas brillaban en el cielo) barría la cárcel llamándome: "salí de tu escondite, César, tu mamá te está esperando para llevarte a tu casa…" Voces de mujer, de las asistentes sociales… La voz de la misma mamá… inclusive creí oír, con una dolorosa palpitación, la voz adorada de papá, que hacía tantos meses que no oía, y ahí sí habría deseado tener alas, precipitarme… Pero no podía. Ésa era la sensación más repetida de mi vida, tanto que era mi vida misma, yo no tenía más vida que ésa: oír una voz, entender las órdenes que me daba esa voz, querer obedecer, y no poder… Porque la realidad, que era el único campo en el que habría podido actuar, se separaba de mí a la velocidad de mi deseo de entrar a ella…
En este caso, y quizás también en todos los otros, tuve el maravilloso consuelo de saberme un ángel. Eso transformaba la situación, la volvía un sueño, pero como realidad. Era una transformación de la realidad. Los crueles delirios que había sufrido durante la fiebre eran una transformación, pero de signo opuesto. El sueño real era la forma de la realidad como felicidad, como paraíso. En el mismo movimiento la realidad se hacía delirio o sueño, pero el sueño también se hacía sueño, y eso era el ángel, o la realidad.
7
Llegó el invierno, y mamá se hizo planchadora. Pasábamos encerradas las tardes eternas, escuchando la radio, ella con la espalda curvada sobre las telas humeantes, yo con la vista fija en mi cuaderno, las dos con el alma bailoteando en los más curiosos lugares. Nos habíamos hecho una rutina inmutable. A la mañana la acompañaba a hacer los mandados, almorzábamos temprano, me llevaba a la escuela, me iba a buscar a las cinco, y ya no volvíamos a salir. Nos perdíamos por los caminos de la radio, por un laberinto que puedo reconstruir paso a paso.
Todo este relato que he emprendido se basa en mi memoria perfecta. La memoria me ha permitido atesorar cada instante que pasó. También los instantes eternos, los que no pasaron, que encierran en su cápsula de oro a los otros. Y los que se repitieron, que por supuesto son los más.
Pues bien: mi memoria se confunde con la radio. O mejor dicho: yo soy la radio. Por gracia de la perfección sin fallas de mi memoria, soy la radio de aquel invierno. No el aparato, el mecanismo, sino lo que salió de ella, la emisión, el continuo, lo que se transmitía siempre, inclusive cuando la apagábamos o cuando yo dormía o estaba en la escuela. Mi memoria lo contiene todo, pero la radio es una memoria que se contiene a sí misma y yo soy la radio.
No concebía la vida sin la radio. Es que, en realidad, si uno se decide a definir la vida como radio (y es una pequeña operación intelectual que vale tanto como cualquier otra), se da automáticamente una plenitud sobre la cual vivir. Para mamá también era importante, era una compañía… Hay que tener en cuenta que la desgracia nos había golpeado inmediatamente después de nuestro traslado a Rosario, donde no teníamos parientes ni amistades. Las circunstancias fueron poco propicias a hacer estas últimas, de modo que mamá estaba sola de toda soledad… Estaba yo, claro, pero yo, aun siendo todo, era muy poco. Ella era una mujer sociable, conversadora… Sin hacerse el propósito, fue conociendo gente, entre los comerciantes donde hacía las compras, entre los vecinos, después entre su clientela de la plancha. Todos estaban ávidos de su historia reciente, que ella contaba una y otra vez… Se repetía un poco, pero eso era inevitable. Su vida estaba dirigida fatalmente a la sociedad, aquel invierno fue apenas un paréntesis… La radio cumplía una función; en su caso era instrumental: le devolvía sus partes dispersas, le devolvía su coherencia de señora, de ama de casa… Yo en cambio lograba una identificación plena con las voces del éter… Las encarnaba.
Esas tardes, esas veladas en realidad, porque se hacía de noche muy temprano, y más en nuestra pieza, tenían una atmósfera de abrigo, de refugio, en la que sobre todo yo me complacía al extremo, no sé por qué. Eran una especie de paraíso, y como todos los paraísos logrados a muy bajo costo, se parecía a un infierno. El trabajo de la plancha obligaba a mamá a ese encierro, al que se prestaba por otra parte de buen grado, complacida en el paraíso aparente, porque no era una mujer que viera más allá de las apariencias. Su reingreso a la sociedad tendría que esperar. Yo me arrojaba como un vampiro sobre la ilusión: vivía de la sangre del paraíso fantasmal.
En ese tipo de situaciones, lo que domina es la repetición. Un día se hace igual a todos los otros. La emisión de la radio era todos los días distinta. Y a la vez se repetía. Se repetían los programas que seguíamos… No habríamos podido seguirlos si no se repitieran; habríamos perdido el rastro. Por otro lado, los locutores leían siempre las mismas propagandas, que yo me había aprendido de memoria. Nada nuevo por ese lado, ya que en mí la memoria era, y sigue siendo, lo primero. Las repetía en voz alta a medida que ellos las decían, una tras otra. Lo mismo las presentaciones de los programas, y la música que las acompañaba. Me callaba cuando empezaba el programa en sí.
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