Fue al encender Polly un cigarrillo y toser Simon cuando Polly le vio y le saludó. Parecía asombrado.
– Lo siento -dijo, y apagó el cigarrillo.
– No, no…
– No importa. No soy una fumadora combativa. Es más una fachada.
Simon pensó que estaba muy guapa, incluso con pelillos en los hombros y el pelo engominado.
– Una fachada muy favorecedora -dijo él. Era consciente de que estaba flirteando, en la medida en que era capaz de flirtear. ¿Y qué pasaba con Jody? Debería ser fiel a Jody. Sintió la culpabilidad y la euforia de la transgresión.
Polly se río. Salvaría varios cuartos de helado, se iría a casa y se los comería. Después iría a ver a Chris al Café Luxembourg. Sabía que él estaría allí, con o sin electricidad. Había sido muy insistente.
Desde su lugar en la cola, Jody vio a Polly saliendo de la tienda, pero no la llamó. Hacía mucho calor. Y Polly tenía aspecto de lunática, con aquella enorme sonrisa en la cara mientras hurgaba en un envase de helado con una cucharilla de plástico. Vio a Simon salir detrás de ella. Él tampoco reparó en Jody, y ella, aliviada, fue acercándose a la tienda oscura y sin ventilación. Estaba inquieta y casi presa del pánico. No soportaba la idea de charlar con nadie, de desplegar su encantadora sonrisa. Incluso la gente encantadora tiene días malos, y ése era uno de los de Jody. Sólo cuando abrió la puerta de su umbrío y reducido apartamento y recibió el alborozado saludo de Beatrice empezó a calmarse. Ella le besó la sedosa oreja apretada contra sus labios. Un perro en la oscuridad, pensó, sigue siendo un perro.
Everett se echó desnudo en la cama después de darse una ducha. Dejó que el agua se le evaporara para estar más fresco. Había vuelto a casa caminando, sesenta bloques. Eso eran casi cinco kilómetros. En sus buenos tiempos le encantaba dar caminatas por las montañas de la zona oeste, donde fue a la universidad, a veces hasta de dieciséis kilómetros, sin prisas, parándose a mirar la traslúcida piel de una serpiente o excrementos de coyote o los restos no digeribles de la comida de un halcón, los huesecillos rodeados de pelaje. Ahora, un paseo de cinco kilómetros por las llanas y uniformes aceras de la ciudad le había dejado rendido. Era mayor. Su hija ya estaba en la universidad. Le tocaba a ella dar caminatas por las montañas. Se recreó en ese pensamiento sensiblero durante unos instantes, disfrutando de la importancia de su propio pathos . Luego se imaginó dando caminatas con Emily, representándose un prado de flores silvestres, cuando en el prado de sus fantasías irrumpió la inesperada imagen de su ex mujer.
Lárgate, pensó.
Eres alérgico a las flores silvestres, respondió ella.
Everett se sentó. Vieja burra, pensó. Entonces bajó la mirada hacia sí mismo. Tú también estás hecho un viejo burro, pensó. Se conservaba bastante bien para un hombre de su edad, pero, no obstante, tenía la edad que tenía. Se vistió, abrió el frigorífico y se quedó allí plantado. El aire frío había empezado a oler, aunque no había nada en la nevera excepto dos manzanas, pan de molde, un tarro de aceitunas, algo de mostaza y unas cuantas botellas de cerveza. Se le daba mejor hacer la compra cuando tenía con él a Emily. Vendría a pasar dos semanas en casa a finales de agosto, antes de volver a clase. Everett abrió una botella de cerveza, fue a la ventana y la abrió también. Abajo, en la calle, vio a la mujer italiana vestida de negro avanzando lentamente, apoyada en su bastón.
– Buon giorno! -gritó.
Ella miró a su alrededor, confundida.
Quizá, cuando estuviera en casa, Emily podría hablar en italiano con esa mujer. Esperaba con impaciencia la llegada de Emily. Ya verás cuando se entere de lo que ha hecho su madre. Su madre había hecho lo que ninguna madre puede hacer con impunidad, y lo había hecho por razones que ningún hijo podría respetar. Había regalado a la gata de la familia, de quince años, porque su sucesor, como Everett le llamaba, era alérgico a ella.
Una cosa era ser alérgico a las flores silvestres, algo con lo que Alison le había zaherido todas las primaveras, y seguía zahiriéndolo en la imaginación. Pero ¿y la gata? ¿No podían darle al sucesor unas pastillas o ponerle unas inyecciones? Era egoísta e inhumano.
– ¿Por qué no te la quedas tú, si tanto te preocupa? -le había dicho Alison.
– No seas ridícula -replicó él.
– Tú siempre la has odiado.
– No la odio. Simplemente no me gusta que se me suba encima. Y lo llena todo de pelos. Y destroza los muebles.
– Para empezar, tú nunca la quisiste.
– Exactamente -respondió Everett.
No podía ser bueno para una vieja dama como aquella gata empezar de nuevo, pensó en aquel momento, al ver a la anciana italiana sentarse a descansar en un sofá abandonado. Cierto que la gata había sido entregada a una vecina ya mayor que acababa de perder a su gato. Pero lo que no se puede hacer es exiliar a un miembro de la familia, y Everett volvió a menear alegremente la cabeza al pensar en lo mucho que se enfadaría Emily con su madre.
En el restaurante el calor era insoportable, y aunque no hacía mucho mejor fuera, Jamie y George sacaron más mesas y más sillas a la acera. A las seis, George se afanaba en servir cervezas, aún frías del frigorífico, y en preparar bebidas con el hielo que estaba derritiéndose deprisa. La cocina de gas funcionaba, y el cocinero cocinaba a la luz de una vela. Jamie decidió ofrecer comida gratis con las bebidas. La comida se estropearía de todos modos, decía. El ambiente era ruidoso y festivo. George estaba en la barra improvisada y preparaba las bebidas más cargadas de lo habitual, pensando que todo el mundo necesitaría una bebida extrafuerte esa noche, o al menos se la merecía. Estaba preocupado por la señora mayor, Heidi, que normalmente pasaba por delante del restaurante a las cinco y media en punto con su gordo perrito, Hobart. Aún no había aparecido. Simon estaba allí, sin embargo, bebiendo bourbon. Y ahí estaba Doris, esa nerviosa y excitable mujer de la cara naranja, taconeando hacia ellos con sus zapatos de puntera afilada, y un hombre pequeño, encorvado y despeinado, a la zaga. No se detuvieron, aunque el hombre parecía querer hacerlo. George preparaba las bebidas cada vez más cargadas, con la esperanza de que el incremento de alcohol compensara la escasez de hielo.
La oscuridad, cuando llegó, era desconocida y profunda. Algunos inquilinos del otro lado de la calle colocaron una parrilla en la acera y el fuego ardía con resplandeciente intensidad en la ciega noche, iluminando con su parpadeante luz amarilla a los grupos de vecinos que se sentaban en el sofá de terciopelo marrón abandonado en la calle, en las escaleras de la entrada, en sillas plegables que habían sacado de sus casas. Las velas de las mesas del restaurante brillaban con su pequeña y solitaria luz, y un poco más abajo, alguien, invisible en la oscuridad, tocaba la guitarra y cantaba rítmicas canciones folk que fueron populares en los años sesenta.
Polly se sentó a una mesa del restaurante rodeada de la intensa oscuridad de una enérgica ciudad sin energía. En lo alto ya habían salido las estrellas, brillantes y sorprendentes; estrellas que no se veían en el cielo de la ciudad desde el último apagón, antes de que Polly naciera. Pero ella no se fijó en las estrellas, y si lo hubiera hecho, no le habrían dado ninguna alegría. Estaba con las rodillas pegadas a la cara y miraba sin ver la vaporosa falda que finalmente había decidido ponerse para su encuentro con Chris. Él estaba en el Luxembourg, como ella sabía que estaría, con o sin apagón, y al verle, el corazón empezó a latirle más deprisa y sonrió, y a continuación dio un traspié. Chris alargó la mano y la sujetó, y ella se disculpó por su torpeza, contenta de apoyarse en él. El Luxembourg estaba cerrado, así que se dirigieron al Go Go y se sentaron a una de las pequeñas mesas con velas parpadeantes. George les llevó unos martinis y Polly escuchaba, cada vez más relajada, mientras Chris le hablaba del apartamento que estaba pensando comprarse. Entonces Chris le cogió la mano y le dijo que siempre la había querido y que siempre la querría, y a Polly se le llenaron los ojos de lágrimas, y él le apretó la mano, bajó la mirada y le dijo que iba a casarse y que quería que ella fuera la primera en saberlo.
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