Cathleen Schine - Neoyorquinos

Здесь есть возможность читать онлайн «Cathleen Schine - Neoyorquinos» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Neoyorquinos: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Neoyorquinos»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

En una manzana de Nueva York conviven personajes de lo más variopinto: una solterona resignada a no encontrar la pareja ideal, una celestina obsesionada por planear citas a ciegas para su hermano, un ligón empedernido, un divorciado desengañado del amor…
Lo que une a Everett, Jody, Simon y Polly es su pasión por los perros. Y son sus adorables mascotas las que terminan por convertirse en tiernos cumplidos que lanzan flechas a sus amos… aunque suelan equivocarse de objetivo.
Go Go Grill, el restaurate a la par que ONG del barrio, será la cocina donde se cuezan los enredos en los que se verán envueltos los protagonistas de esta deliciosa comedia coral.

Neoyorquinos — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Neoyorquinos», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать
Estoy loca por él En verano Doris tenía horario reducido En realidad pensó - фото 18

Estoy loca por él

En verano Doris tenía horario reducido. En realidad, pensó, debería tener el verano libre, igual que los profesores. Pero había tests que interpretar y admisiones que favorecer, así que iba al colegio tres días a la semana, lo suficiente para evitar que pudiera alquilar una casa en el norte y marcharse.

– Podrías agrupar los días -propuso Harvey-. Miércoles, jueves y viernes. Y así podríamos irnos el sábado por la mañana, que no hay tráfico, y volver el martes por la noche.

Pero como Harvey estaba jubilado y no iba a trabajar, a Doris le parecía que su consejo era claramente una equivocación.

– De todos modos, no podemos permitírnoslo -respondió.

Porque no podían permitirse lo que ella quería, una casa grande que tuviera piscina y terrenos ajardinados con una ondulada vista. En otras palabras, no podían permitirse la casa a la que ella podría invitar a su hermana.

– Podríamos buscar un chalecito -dijo Harvey.

– ¡Un chalecito! -exclamó Doris con desdén-. No seas ridículo.

– Yo podría quedarme allí todo el tiempo y tú podrías viajar a diario en tu antiecológica camioneta que no hace más que tragar gasolina.

– Natalie nos ha invitado un fin de semana -replicó ella. Natalie era la hermana para quien una cena en un chalecito habría sido ridícula.

– Bueno, eso resuelve nuestro problema, ¿no? -dijo Harvey-. Ya tenemos el verano completo.

– La jubilación te está volviendo irritable, Harvey. Deberías buscarte alguna ocupación.

Harvey asintió y obedientemente se puso a ver el partido de béisbol.

Con semejante marido, ¿quién podría culparla de su mal genio y su pésimo carácter? Y por otro lado, con semejante esposa, ¿quién podría culpar a Harvey? Y sin embargo eran felices juntos y llevaban siéndolo muchos años. Doris se sentó en el sofá junto a Harvey, apoyó la cabeza en su hombro y vio a los Mets perder contra los Atlanta Braves, como tantas otras veces.

– Hoy he vuelto a ver a ese salvaje perro blanco -contó ella-. Y a la negligente mujer que lo pasea.

– ¿Ladra?

– Debe de hacerlo. Es su naturaleza. Se los educa para que sean violentos.

– ¿Un pit bull blanco? No lo he visto nunca.

– Nunca sales de casa.

– ¡Y con razón! ¡Con todos esos perros salvajes en las calles!

– Estoy pendiente de ese perro -amenazó Doris-. Un paso en falso y ¡se van a enterar!

– ¿Qué harás? ¿Retenerlo durante un año? ¿No renovarle la matrícula de quinto? ¿Hablar con el tutor de matemáticas?

– El perro orina en la calle.

– Siempre y cuando no seas tú la que orine en la calle, Doris, cariño, no pienso preocuparme.

Mientras Doris y Harvey disfrutaban de las vacaciones de verano a su anticuada manera, Simon disfrutaba de su verano más de lo que lo había hecho en muchos años. Los encuentros casuales con Jody lo eran cada vez menos. Simon se plantaba a propósito en su banco del parque casi todas las noches, esperando a que Jody y Beatrice aparecieran por el polvoriento camino.

Pero no era que hubiese olvidado la llamada del otoño. En una de aquellas tardes, después de una cena húmeda pero relajada con Jody y Beatrice, Simon, al abrir la puerta de su apartamento, se paró en seco al ver la belleza de sus relucientes botas negras con el sol ya bajo de aquella tarde de verano. Las había llevado a lustrar por la mañana, y allí, en el suelo sin alfombrar, se alzaban, como dos resplandecientes monumentos, hacia la incandescente ventana. Aún tenía que hablar a Jody de su pasión por la caza del zorro. Era una pasión privada, tan privada y tan apasionada que casi se avergonzaba de ella. ¿Y qué pasaría si resultaba que ella era de los que lo consideraban un deporte cruel? Había gente así. Había mucha gente así. Jody adoraba a ese perro. ¿Y si creyera que los zorros son parientes de los perros y censurase a Simon y dejara de cenar con él?

Pero sospechaba, cuando se lo permitía a sí mismo, que a Jody no le importaban los zorros mucho más de lo que le importaba él. Durante las cenas que habían compartido Jody era amable, incluso simpática, y le hablaba en confianza de sus alumnos, de sus insufribles padres, de lo insoportable que era la administración. Simon sabía que era de Ohio, que alguna que otra vez tocaba en la orquesta de los espectáculos de Broadway, que formaba parte de un cuarteto que tocaba en iglesias. Sabía todo eso, pero al mismo tiempo no sabía nada. Jody era tan agradable, tan poco exigente, que a veces parecía desvanecerse detrás de su propia sonrisa. Le había contado a Simon muchas más cosas de ella de las que jamás le había revelado él, sin embargo le resultaba tan desconocida como cuando se conocieron. Daba la impresión de que aceptaba su presencia sin procurarla. Mientras tanto, él había empezado a acudir al banco del parque como si hubiera una cita fijada, y si ella no se presentaba, como ocurría con frecuencia, él seguía con sus cenas solitarias cada vez más a disgusto.

Simon tenía razón respecto a Jody. Ella le veía sentado en el banco, pero no de la forma que él quería. Se había fijado en que iba con más frecuencia. Le gustaba cenar con él. Le agradó mucho que le pidiera el número de teléfono. Suponía que debía de estar muy solo, como ella, y que, como ella, se alegraba de tener un poco de compañía. Pero lo que más veía era que Simon, tan fácil de encontrar y tan dispuesto a disfrutar de una tarde de verano, no era Everett.

En esa época a Everett no se le encontraba con facilidad. Había empezado a pasar la mayor parte de las tardes solo en la sala de estar de su casa, añorando a su hija y deleitándose en el escaso y sofisticado mobiliario de su apartamento. Se había dado cuenta, después de que él y Alison se separaran y él se trasladara a otro piso, de que amaba el orden, de que le gustaba ser cuidadoso, de que era, y consideraba que ésta era la descripción que mejor le cuadraba, minimalista. Había vivido en un lugar tan atestado y con tal exceso de decoración durante tanto tiempo que había perdido la noción de sus propios gustos. No se trataba sólo de que Alison coleccionara cosas, sino de que muchas de las cosas que coleccionaba habían terminado por convertirse en cosas que contenían otras cosas que también coleccionaba. Cestillos, por ejemplo. Había centenares de cestillos por toda la casa, le parecía a Everett, y todos rebosaban de abalorios africanos o muñecas de los Apalaches.

Everett se reclinó en su sillón Eames. No había cestillos en su apartamento. El periódico estaba perfectamente doblado en la mesa Saarinen que tenía al lado. Terminaría de leer la página de opinión y luego tiraría el arrugado periódico a la basura. Lo único arrugado que había en su casa era la lámpara de Noguchi. Su bebida descansaba sobre un posavasos. Sus pies descansaban en una otomana Eames. Sí, pensó, la casa está vacía sin Emily, pero ¡qué ausencia de desorden hay en ese vacío!

Había pensado en llamar a Jody un par de veces, pero volvía siempre tan cansado del trabajo que no estaba seguro de que fuera capaz de mantener una conversación, mucho menos de cortejar a nadie. Le gustaba estar solo. Era una de las cosas que había aprendido sobre sí mismo. También era un minimalista emocional, se dijo para sus adentros.

Luego pensó en Polly, la atractiva e imponente muchacha del piso de abajo. Se preguntaba si su sospecha sería cierta. Inexplicablemente parecía haberse encaprichado de él. Por Dios. Tenía que estar equivocado. Aunque, en realidad, ¿por qué no? Todavía no había muerto.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Neoyorquinos»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Neoyorquinos» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Neoyorquinos»

Обсуждение, отзывы о книге «Neoyorquinos» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.