Cathleen Schine - Neoyorquinos

Здесь есть возможность читать онлайн «Cathleen Schine - Neoyorquinos» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Neoyorquinos: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Neoyorquinos»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

En una manzana de Nueva York conviven personajes de lo más variopinto: una solterona resignada a no encontrar la pareja ideal, una celestina obsesionada por planear citas a ciegas para su hermano, un ligón empedernido, un divorciado desengañado del amor…
Lo que une a Everett, Jody, Simon y Polly es su pasión por los perros. Y son sus adorables mascotas las que terminan por convertirse en tiernos cumplidos que lanzan flechas a sus amos… aunque suelan equivocarse de objetivo.
Go Go Grill, el restaurate a la par que ONG del barrio, será la cocina donde se cuezan los enredos en los que se verán envueltos los protagonistas de esta deliciosa comedia coral.

Neoyorquinos — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Neoyorquinos», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

El perro, de un negro resplandeciente con el sol, vio un patín y se lanzó hacia delante.

George permaneció quieto y firme hasta que el perro dejó de tirar y se volvió a mirarle.

– Buena chica -dijo entonces.

Al rottweiler pareció gustarle aquello y retrocedió hacia ellos.

– ¿Eres adiestrador de perros? -preguntó la chica.

George se río.

– ¿Por qué no? -respondió él.

George no había aflojado en su campaña para distraer a Polly de su insondable interés por Everett. Pero él no era el único que trataba de hacer que Polly saliera con chicos ese verano. También Geneva, se fijó Polly, estaba siempre encima de ella, y a veces se las arreglaba para arrastrarla a una fiesta o a un bar. Una vez allí, Polly se quedaba junto a su copa y pensaba lo estupendo que sería que se acercara un tipo de la misma manera en que la gente se acercaba a Howdy. «Oh, Dios mío, pero qué guuuapa es», le diría a Geneva, y luego preguntaría si podía acariciar a Polly. Geneva respondería: «Bueno, es un poco tímida, aunque nadie lo diría con ese ladrido que tiene, ¿verdad, Polly?». Y Polly se reiría con su gran carcajada y diría que no, y el hombre sonreiría agradecido y preguntaría su edad, de la que Geneva podría recortar o añadir un año, dependiendo de la edad del tipo, y Polly se tumbaría boca arriba y dejaría que le acariciaran la barriga.

– Nunca conoceré a nadie que se interese por mí, y seguramente nunca conoceré a nadie que me interese -dijo Polly, pensando en qué estaría haciendo Everett. ¿Iba a fiestas? Se preguntó qué clase de música pondrían en las fiestas a las que asistiría Everett. ¿Los Beatles? ¿Clásica? No. Jazz. Definitivamente jazz. Polly detestaba el jazz, pero siempre había sabido que se equivocaba al hacerlo y estaba segura de que aprendería a apreciarlo con un pequeño esfuerzo.

– Tienes que intentarlo -dijo Geneva.

– ¿Qué? -preguntó Polly-. ¿Intentar que me guste el jazz?

– ¿Qué? No. ¿A quién le importa si te gusta el jazz? Tienes que intentar conocer hombres .

Geneva era alta y rubia, delgada y guapa, y llevaba ocho meses sin salir con nadie, lo cual las dejaba perplejas a ambas. Incluso en el caso de que quisiera conocer a alguien, pensó Polly, que no, ¿cómo voy a encontrar a alguien si la alta y rubia Geneva no puede?

– Me siento gorda y desilusionada -dijo Polly.

– ¡No seas patética y anímate! -Geneva trabajaba en la radio e insistía en enseñar a Polly cómo hacer una entrevista y, lo que era más importante, cómo concederla-. Éste es el truco: si no quieres hablar de lo que están hablando, lo que tienes que hacer es llevar la conversación hacia aquello de lo que tú quieras hablar.

– ¿Howdy?

– No te apetece conocer a nadie, ¿verdad?

– No. Ya te he dicho que no.

– Creí que no lo decías en serio.

– Bueno, no -respondió Polly. Quería irse a casa. A lo mejor se encontraba con Everett en el ascensor. Había estado a su lado en el ascensor esa mañana; olía a loción para después del afeitado y aún tenía el pelo mojado de la ducha. Los dos fueron a tocar el botón «B» al mismo tiempo. Él le rozó la mano, de la misma manera que cuando acarició al perro. Me ha tocado, se había dicho a sí misma. Quería tocarme. Ella había bajado la mirada al agrietado linóleo del suelo, al darse cuenta de pronto de lo pequeño que era el ascensor, de lo cerca que estaban el uno del otro en ese espacio cerrado y cálido. Everett tosió. Ninguno de los dos habló. No intercambiaron ni una mirada y se apresuraron a marcharse cada uno en una dirección.

– Al menos no me había dado cuenta de que lo digo en serio -le explicaba a Geneva en aquel momento.

Geneva la miró fijamente y luego echó un vistazo a la sala, la sala de estar de un chico de Queens que conocían de la universidad y que tocaba en un grupo. «Aún tocaba en un grupo», que fue como él lo dijo. En un rincón alguien vomitaba en una papelera.

– A lo mejor yo también debería tener un perro -dijo Geneva, haciendo una mueca.

Pero darle un perro a Geneva no entraba en los planes de Polly. George, sí, y estaba más decidida que nunca a juntar a George y Geneva. Finalmente se le presentó la ocasión cuando George le propuso a Polly que saliera con un amigo suyo.

Inmediatamente Polly vio que ahí estaba la oportunidad.

– Vale -respondió, para sorpresa de George-. Lo haré con una condición. Yo salgo con uno de tus inútiles amigos si puedo llevar a Geneva y vienes tú también, para que ella no sea la tercera en discordia.

A nadie le gusta que le organicen una cita a ciegas. Hay algo patético en una cita a ciegas. Por suerte ni Geneva ni George sabían que les habían preparado una cita a ciegas. Por un lado, se habían visto tantas veces que no había nada de «a ciegas» en ello. Y además ellos se consideraban carabinas más que participantes, lo que de hecho eliminaba la parte de «cita». A sus ojos era Polly, no ninguno de ellos, la víctima. Ellos, claro está, lo preferían así. Aunque habían puesto mucho empeño en llevarla a cabo, no obstante, inconscientemente, sentían por Polly la compasión, e incluso el ligero desdén, asociados con las citas a ciegas. Pobre Polly.

Pero la pobre Polly era ajena a su compasión y a su desdén. Su cita a ciegas, ella lo sabía, no era más que una farsa, una estratagema, una maquinación para unir a las dos personas que más le gustaban en el mundo. Lejos de la embarazosa resignación de quien está a punto de rebajarse a una desesperada cita a ciegas, Polly experimentó una oleada de orgullo. Ella se sacrificaba para corregir un error incomprensible. Estaba encarrilando a Hado y a Eros, poniéndoles en contacto.

La noche en la que el tantas veces postergado plan de Polly para George y Geneva finalmente iba a ponerse en acción, hacía un calor sofocante, con algún soplo de aire caliente al que podía llamarse brisa. George estaba de buen humor. Había enseñado a Hector y Tillie, los cairn terriers mayores de Jamie, a pasarse la pelota el uno al otro, empujándola con el hocico. Y Jamie le había concedido un aumento.

Polly deseó no haberse puesto tacones tan altos, pues George insistió en ir a un club cerca de su antiguo apartamento en el Lower East Side, y el paseo desde la parada del metro era largo, las aceras estaban abombadas y agrietadas, y las calles, llenas de vertiginosos baches del invierno anterior que nunca se arreglaron. Habían decidido cenar en un restaurante vietnamita, que era donde habían quedado con Geneva y Ben, el amigo y compañero de universidad de George que éste consideraba «perfecto» para Polly.

– Es divertido -aseguró George.

Polly se encogió de hombros.

– Tiene un empleo de verdad. Trabaja en una productora.

– George, es una cita -dijo ella-. Una cita a ciegas.

– Te estoy tranquilizando.

– No necesito saber qué nota sacó en la selectividad -replicó Polly de mala gana.

– Vale.

– ¿Es guapo? -preguntó Polly al ver que George se había quedado callado.

– No es mi tipo.

Y era guapo. Polly lo vio en cuanto entraron en el restaurante. Era muy guapo y estaba enfrascado en una animada conversación con Geneva.

– ¡Joder! -dijo Polly en voz baja.

– ¡Joder! -dijo George a la vez.

Porque estaba claro, incluso desde aquella distancia, que la cita a ciegas avanzaba acelerada y satisfactoriamente, aunque en la dirección equivocada.

– Es guapo -observó Polly.

– Y más listo que el hambre -remató George, y se unieron a la feliz pareja para cenar.

Por mí, fenomenal, pensó Polly, puesto que así ya no tenía que interactuar con un desconocido, y fenomenal también para Geneva, que llevaba mucho tiempo sin una cita en condiciones, pero ¿y el pobre George? Su hermano se vería obligado a seguir yendo de flor en flor como una abeja enloquecida. George era un caso perdido y los hombres eran idiotas, débiles criaturas que no hacían lo que ella les ordenaba. Esto la llevó a pensar en Chris. Se preguntaba si, de haber tenido a Chris al otro lado de la mesa en lugar de a su hermano, estaría tan contenta. Un escenario poco probable. A Chris nunca le gustó Geneva, y por esa razón tenía que verla en plan hoy-toca-salir-con-las-amigas. ¿Por qué me gustaba Chris, que no me acuerdo?, se preguntó. Poco antes de romper, Chris había empezado a hacer ejercicio y se paraba delante de cualquier espejo a contemplarse. Eso debería haber sido un aviso. Se preguntó qué aspecto tendría Everett sin camisa. ¿Y qué si él era como uno de esos tíos fofos que veía correr en el parque? Polly se estremeció. Pero ¿no era superficial preocuparse por esas cosas, tan superficial y narcisista como Chris posando delante del espejo? Recordó su primera cita con Chris, un caluroso verano como aquél, un restaurante italiano barato, un cóctel margarita en la ruidosa rotonda con vistas a la dársena de la calle Setenta y nueve, un tranquilo paseo por West End Avenue hasta el elevado apartamento que se convertiría en su hogar. Aún recordaba la primera caricia y la primera vez que vio y olió aquel cuerpo que acabaría siendo tan familiar y una parte tan importante de ella. Luego Chris se llevó ese cuerpo, como si no fuera parte de ella, mejorándolo, adorando su nueva imagen en el espejo y, finalmente, ofreciéndoselo a otra.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Neoyorquinos»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Neoyorquinos» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Neoyorquinos»

Обсуждение, отзывы о книге «Neoyorquinos» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.