– Tú lo que quieres es que salga y conozca a gente -contestó Polly cuando le dijo al día siguiente que ella debía encargarse de pasear al perro-. Créeme, George, los tíos buenos no van a pararme por la calle para acariciar a Howdy. Mejor ¿por qué no me cuelgo un cartelón con un anuncio?
Pero sí empezó a sacar al cachorro un par de veces al día. Le parecía que era un momento perfecto para fantasear con Everett. Howdy retozaba por el parque y Polly se imaginaba paseando, agarrados de la mano, con su nuevo amante, Everett, el maduro y brillante abogado o doctor o lo que quiera que fuese.
En las últimas semanas había en el aire una sutil fragancia, fresca y arrebatadora, sin duda la fragancia de la primavera: los tilos, los espléndidos y generosos tilos. ¿Cómo puede alguien no enamorarse cuando florecen los tilos? Polly y Howdy deambulaban por el lago, con sus patos y lirios amarillos y algas verdes, brillantes, y volvía a revivir la conversación con Everett sobre Florencia, a recordar el ligero roce de su mano una y otra vez hasta que empezó a parecerle que Everett había puesto la mano en la cabeza del perro a propósito para tocarle la mano a ella.
En las semanas que siguieron se encontró con Everett en unas cuantas ocasiones, una vez mientras sacaba la basura en pijama, lo cual fue espantoso, y las demás en el ascensor, pero cuando más cerca estaba de ella era en sus largos y solitarios paseos con el perro.
Una noche, antes de irse a la cama, Polly bajó un rato con Howdy a la calle, con la vaga esperanza de ver a Everett. Howdy meneaba la cola a todos los vecinos que pasaban. Tenía dos favoritos: un joven cubierto de tatuajes y el vigilante de la iglesia, que era delgado, canoso y elogiaba al cachorro con un ligero acento irlandés, pero ninguno de los dos andaba por allí esa noche.
– Pobre Howdy -dijo Polly-. ¿Dónde estará nuestro amigo de la iglesia?
– ¿Es que no puedes conocer a nadie normal? -preguntó George, que se les había unido, probablemente para asegurarse de que ella no fumaba, pensó Polly.
– No busco chicos, George.
– Ya se nota.
George cogió la correa y dejó que Howdy olisqueara los neumáticos de un Porsche Boxster plateado que estaba aparcado delante de su edificio, luego se inclinó a ver el interior. Era impresionante, y se estaba imaginando allí dentro, al volante, cuando oyó el sonido de la enérgica voz de Polly saludando a alguien y luego quejándose de Chris. A George eso le parecía, y su hermana no dejaba de hacerlo, deprimente hasta lo inefable. ¿Dónde está tu sentido de la intimidad?, pensó.
Entonces George tuvo un pensamiento que le alegró. ¿Significaba esa constante machaconería con el pobre Chris que Polly no estaba realmente interesada en el requeteviejo Everett? ¿Sería posible que George hubiera malinterpretado las señales? La idea de su hermana relacionándose con un hombre que le había llamado a él «joven», que le hacía sentir como si le estuvieran entrevistando para un trabajo que ni siquiera quería, que era demasiado canoso, demasiado triste, demasiado viejo para su vulnerable hermanita y su jovial e intrépido carácter, seguía asaltándole desde todos los oscuros rincones de su mente. ¿Podría -por Dios, que así fuera- haberse equivocado?
Se enderezó y vio a Polly hablando con una esbelta mujer de cierta edad cuyo pelo era de un rojo brillante y sus tacones de una altura alarmante. Por un instante, George se preguntó qué hacía una prostituta retirada con una llave de su edificio, pero enseguida reconoció a la viuda francesa que vivía en el séptimo piso.
– Cuando te encuentras ante los problemas, te enfrentas a los problemas -decía con su fuerte acento-. Mi marido muere y yo quiero morir, pero en cambio bailo. -Le sugirió a Polly que se apuntara a clases de tango, como había hecho ella.
George hizo una mueca ante la idea de que Polly fuera a una escuela de tango y observó a la mujer mientras bajaba la calle con el enérgico clack-clack de sus tacones.
– ¡Cállate, George! -saltó Polly al verle la cara-. Participa en concursos por todo el mundo.
– Por mí, como si te da por bailar el chachachá. Cualquier cosa con tal de que salgas y hagas cosas.
– Ya salgo -respondió ella con un mohín-. Y hago cosas.
George meneó la cabeza.
– Lo único que haces es pasear al perro.
– Pero eso era lo que tú querías. Si a mí me satisface, ¿por qué a ti no?
A ella le satisfacía, se dio cuenta en cuanto lo dijo. Podía fantasear con Everett y pasar el rato con los vecinos y sus perros. Era una vida tranquila y poco exigente, con un nuevo código de conducta y un protocolo de la calle de lo más interesante. Presentaciones: los perros posan quietos y en actitud amenazadora, o con las patas estiradas y meneando la cola, o dando brincos, o simplemente husmeando. A continuación los dueños inician un intercambio verbal entusiasta pero de carácter ritual.
– Qué mono. ¿Puedo acariciar…? Los perros continúan olfateando. Los dueños charlan.
Para Polly aquello era preferible, con mucho, a los convencionales y embarazosos intercambios sociales que a menudo se veía obligada a aguantar la gente en otras esferas de la vida. George, sin embargo, seguía insistiendo en que lo que tenía que hacer era buscarse un chaval, como habría dicho su madre.
– Tienes que olvidarte de Chris -le dijo.
– Me he olvidado de Chris.
– Vale. Entonces ¿qué problema tienes?
– ¿Es que no puede una tomarse un descanso?
George la miró pensativo.
– Es ese viejo, ¿verdad?
A Polly no le gustó la descripción de Everett y no respondió, pero ambos se entendieron.
– Podría ser papá -afirmó George.
Ambos rompieron a reír al pensar en su padre, un agresivo abogado con la cara roja, que en nada se parecía al sombrío y adusto Everett.
– De todos modos, tú podrías ser su hija -insistió George-. Y seguro que a él le gustaría que lo fueses.
– Eres un mojigato -dijo Polly-. Y un pervertido -añadió de propina.
Aunque George no lo aprobara, aunque no viera más que una asquerosa mezcla de despecho y Lolita, aunque no lo entendiera, aunque ni ella misma lo entendiera, de lo que sí estaba segura era de que Everett le fascinaba. Él era totalmente exótico, como otra lengua con otro alfabeto, o una nueva cocina a base de carne de caballo. Tenía que contenerse las ganas de estudiarle, examinarle, probarle. Puede que Everett fuera normal y corriente, algo que estaba dispuesta a reconocer, pero su interés en él no lo era, y ese interés suyo era lo que le estremecía, como si fuera un delito. No había ninguna razón por la que ella no debiera interesarse por alguien un poco más maduro que el irresponsable e informal de Chris, o eso se dijo a sí misma. Además estaba el reto que Everett le suponía, como si él fuera una de sus obligaciones. Como si tuviera que salvarle de su propia solemnidad malhumorada.
Polly vio a Everett a la mañana siguiente. Estaba dejando, encima de la mesa del vestíbulo, una carta dirigida al fallecido. La habían metido en su buzón, y sin darse cuenta se la había subido a casa, junto con el resto del correo, la noche anterior.
– ¿No te importa? -le preguntó Everett al ver el nombre en la carta.
– Pienso mucho en él.
– Yo nunca hablé con él. Ahora lo siento. Bueno, sinceramente, no lo siento, pero debería.
– Yo tampoco lo siento como debería -repuso ella-. Porque me alegro tanto de haber conseguido el apartamento… Además ¿qué clase de hombre abandona a un cachorro indefenso?
– Uno desesperado -respondió Everett con bastante severidad, pensó ella. No le gustaba que la trataran con condescendencia. Él añadió-: Siempre llevaba paraguas.
Parecía tan triste que Polly se sintió mejor y le preguntó si iba hacia el metro. Él dijo que sí y Polly le acompañó, un poco aturdida. Everett bajó las escaleras del metro en dirección al tren que iba a las afueras, y Polly bajó las escaleras en dirección al tren que iba al centro. Al otro lado del andén, ella le vio con aquel aire mustio y distinguido, y se dijo a sí misma que George podría entender demasiado y hablarle de salir y conocer a chicos todo lo que quisiera, pero no podía obligarla a salir con el joven apropiado. ¡Aquello era América! ¡La tierra de las oportunidades! Aquello era Nueva York, la ciudad que nunca dormía. Polly entró con entusiasmo en el atestado vagón del metro, animada por el optimismo que proporciona la esperanza.
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