Cathleen Schine - Neoyorquinos

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En una manzana de Nueva York conviven personajes de lo más variopinto: una solterona resignada a no encontrar la pareja ideal, una celestina obsesionada por planear citas a ciegas para su hermano, un ligón empedernido, un divorciado desengañado del amor…
Lo que une a Everett, Jody, Simon y Polly es su pasión por los perros. Y son sus adorables mascotas las que terminan por convertirse en tiernos cumplidos que lanzan flechas a sus amos… aunque suelan equivocarse de objetivo.
Go Go Grill, el restaurate a la par que ONG del barrio, será la cocina donde se cuezan los enredos en los que se verán envueltos los protagonistas de esta deliciosa comedia coral.

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Cuando llegó a casa, desilusionado, aunque no sorprendido, por no haberse topado con Jody, se tomó su café en su gran sillón de cuero, leyó el periódico y se puso cómodo para echar la siesta. Pero no podía dormir. Cogió la silla de montar del estante más alto del armario y, con delicadeza, la colocó sobre el respaldo del sillón y la lustró con una gran esponja natural perfumada y enjabonada con un jabón especial.

Unos minutos más y habría visto a Jody. A ella también le gustaba salir antes de que le pillara el calor, que era como lo veía ella. Las otras personas que paseaban a sus perros saludaban y se detenían a charlar, y aunque Jody ignoraba los nombres de la mayoría, esos encuentros anónimos le parecían curiosamente íntimos. El hombre con el viejo, tembloroso y ciego bernés de las montañas estaba preocupado porque quería que su hijo fuera a una buena universidad. La violonchelista del sabueso, cuya barriga estaba más o menos hinchada dependiendo de en qué armario se hubiera metido la noche anterior, le habló del nuevo disco de Les Arts Florissants. El atractivo joven belga con su cachorro de keeshond contó con orgullo e inesperada alegría que el adiestramiento del perro había sido un éxito. La exquisita y reciente viuda parisina con su pequeño y extraño chucho de tres patas se explayaba sobre la evolución de la Bolsa. El chico de la cola de caballo con un lebrel ruso, un galgo y un saluki atados a su bicicleta saludó con la mano, mientras su hija, sentada en una sillita para niños en la parte de atrás, comía un pastelillo relleno con parsimoniosa concentración. Las mañanas de Jody estaban llenas de historias, recomendaciones y descubrimientos del anciano con su viejo bichón maltés, de la joven y atlética pareja con su jadeante doguillo y, cómo no, de Jamie con sus dos cairn terriers mordisqueándole las perneras.

Esa mañana Jody saludó al conserje de la pequeña iglesia de ladrillo rojo, que estaba esparciendo posos de café en la parcela de tierra que había alrededor del ginkgo del templo; acarició a Sofie, la viejecita terrier de un vecino que tenía ojos tristes y largas patas de bailarina; luego siguió caminando, disfrutando de la tenue claridad. Se preguntó por qué la base del árbol de la iglesia estaba tan árida. ¿Una decisión doctrinal, quizá? El calor era agobiante, pero fresco aún, y a lo largo de la calle había flores plantadas cuidadosamente rodeando la base de los demás árboles. Jody dejó que Beatrice se entretuviera en la boca de incendios, luego en los postes verdes de las señales de PROHIBIDO APARCAR. Se fijó en la parte de la acera que era de pizarra y se preguntó a qué hora se levantaría el indigente, porque nunca le había visto en las escaleras de la iglesia por la mañana. De esa forma, Jody y Beatrice pasearon despacio hasta el parque, donde Jody soltó al perro y fueron en dirección norte, más allá del lago y hasta un pequeño y pedregoso valle. En primavera, los observadores de aves las miraban con recelo y desagrado, pero en aquel momento no había nadie por allí salvo ellas dos y las nubes blancas en lo alto.

Jody había pasado una noche de insomnio especial. Había practicado una pieza que estaba preparando con un cuarteto de aficionados con el que se reunía cada varios meses, luego leyó un poco, después apagó la luz y a continuación empezaron sus preocupaciones nocturnas. Había agotado el límite de una de sus tarjetas de crédito. Era una músico mediocre. Tenía que llamar a sus padres de una vez. No debería haber comprado la funda de edredón Pratesi. Había cogido demasiados taxis. No tenía talento ni dinero y moriría pobre. Trató de tranquilizarse pensando que cuando fuera mayor y pobre estaría cubierta tanto por Medicaid como por el edredón Pratesi, que se supone que duran toda la vida, pero antes de conseguirlo pasó a preocuparse de Beatrice. ¿Era feliz el viejo perro viviendo en una ciudad? ¿Hacía el suficiente ejercicio? ¿Debería buscar a alguien que la sacara a pasear mientras ella estaba en el colegio? Pero no podía permitírselo porque, egoístamente, se había gastado todo el dinero en sábanas. ¿Qué pasaría con Beatrice cuando ella muriese? ¿Qué pasaría con Jody cuando muriese Beatrice? Qué mezquino preocuparse por un perro cuando tantos seres humanos sufren en el mundo. Y entonces empezó a preocuparse por Sudán. Esto le llevó al cabreo político y no tuvo más remedio que levantarse y prepararse una taza de manzanilla y leer un poco, pero eso le recordó en qué triste y solitaria solterona se había convertido involuntariamente, y volvió a la cama a preocuparse por el rebrote de la polio en África. Y por cuándo volvería a encontrarse con Everett.

Resultó que su oportunidad le llegó aquella mañana, aunque tal vez no como le habría gustado. El calor era ya más intenso, sedante casi, adormecedor de tan extremado, y Jody volvía a casa del parque, amodorrada y apática, cuando vio que Polly y George salían de su edificio con su esponjoso y dorado cachorro sujeto de una correa.

– ¡Mira! -la llamó a voz en grito-. ¡Es el primer día que sale Howdy!

Obedeciendo al instante la grave y potente voz de Polly, Jody miró y cruzó la calle a rendir homenaje a la iniciación del perro a la calle. Howdy saltó sobre ella histérico, como un torbellino de emocionada confusión y buena voluntad. Beatrice se metió en medio y ambos perros empezaron con el ritual de olisquearse y dar vueltas.

Entonces, mientras Jody elogiaba los ojos, las orejas, la nariz, el pelaje y la cola del cachorro, Polly sonreía satisfecha y asentía y George parecía encantado y violento a la vez, la puerta se abrió y apareció Everett.

– ¡Hola! -saludó Polly, interponiéndose en su camino-. ¡Mira a Howdy!

Jody se fijó en que al sonido de aquella petición con la tajante voz de Polly -«¡Mira a Howdy!»-, todos, al igual que ella, incluso George, giraron obedientemente la cabeza para mirar a Howdy. A su vez, Howdy giró la cabeza para mirar a Polly.

Everett parecía no tener ni idea de por qué estaba mirando al cachorro, pero emitió un sonido amable. Sonrió a Jody y ella sintió que la sangre le afluía a la cara.

– ¿Qué tal está su hija? -preguntó. Emily siempre era un recurso seguro para entablar conversación con Everett.

– Bien, muy bien. Pasando el verano en Italia -añadió, mirando amablemente a Polly y a George. Entonces, como si quizá hubiera dado una imagen de Emily poco seria, tosió y dijo-: Estudiando.

– Cuando se es joven se puede ser un poco tarambana en Italia, supongo -dijo Jody. ¿Qué? ¿Tarambana? Pero ¿quién habla así? ¿Y quién hace hincapié en su edad?

– Yo pasé un verano en Italia -intervino Polly-. En Florencia.

Polly estaba en la acera con su bonito y veraniego vestido color pastel, como las chicas de un cuento infantil, pensó Jody, incómoda de repente con sus pantalones caquis y su polo verde claro. A la luz del sol Polly parecía muy joven, con aquella piel clara sonrosada por el calor y esos ojos grandes y alegres. Jody observó cómo se movía, decidida y dinámica. Tan joven, tan joven, tan joven. Por lo general, Jody admiraba el nervio jovial, juvenil e inocente de Polly. Pero por alguna razón esa misma cualidad le molestaba en aquel momento, como si Polly hablara en voz alta en un concierto y no dejara oír la música.

– Emily está en Florencia -dijo Everett, dirigiéndose a Polly. Jody lo vio y no le hizo ninguna gracia.

– Desde luego, tú no fuiste a estudiar -acusó George a Polly.

– Cállate -dijo ella-. Ojalá pudiera volver. ¿Va a ir a visitarla? -preguntó a Everett, con un alegre movimiento de falda al girarse a mirar al hombre mayor-. ¡Dios, y así poder huir del calor sofocante de esta ciudad!

En Florencia también hace un calor sofocante, quiso decir Jody. Y está plagada de estudiantes americanos. Como Emily. Y como tú, Polly, no hace mucho tiempo. Pero guardaba silencio, fijándose en cómo Everett miraba a Polly.

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