– ¿Cuándo voy a conocer a ese cachorro? -preguntó la mujer-. El cachorro virtual.
– Vete cualquier tarde al café que está un bloque más abajo -respondió Polly-. Mi hermano anda por ahí con él tratando de levantarse a alguna chica.
– ¿De verdad? ¿Utiliza al cachorro de anzuelo? Qué creativo.
– Sí, George es de lo más creativo. Aunque en realidad nadie ha visto nunca ninguna creación suya…
Polly estaba resentida, y aunque en el fondo sabía que poner verde a su hermano ante una persona relativamente desconocida era quizá inapropiado, no pudo evitarlo. Ofreció un cigarrillo a su interlocutora, que la sorprendió aceptándolo.
– ¿De verdad? Ya no fuma nadie.
– Yo he vuelto a caer -dijo la mujer.
– ¿En serio? Yo también -replicó Polly, y siguió quejándose de George unos minutos hasta que notó que la puerta se abría a su espalda y se echó a un lado. Un hombre de mediana edad y una chica de unos dieciocho años salieron del edificio. Beatrice se abalanzó sobre el hombre y empezó a hociquearle en la palma de la mano.
– ¿Qué hay, Beatrice? -saludó Everett a la perra-. Que sí, que me acuerdo de ti.
– Ella sí que te recuerda -dijo la chica.
– Desde luego -dijo Jody, y miró a Everett, quien al instante desvió la mirada, luego se tranquilizó y presentó a Emily y a Jody.
– Y yo soy Polly -intervino Polly.
Jody sonrió al oír el «y». Como si Polly fuera la parte que completara el todo, pensó. Tanta seguridad en alguien tan joven. Era asombroso.
– Vivo en el 4F -continuó Polly.
– Ah -respondió Everett, enarcando una ceja.
– Exacto -dijo Polly-. Ese apartamento.
– Bueno… -balbuceó Everett.
Hubo una pausa.
– Polly tiene un cachorro -apuntó Jody rápidamente, luego se dio cuenta de que como el cachorro no estaba allí, esa información era irrelevante. ¿Y por qué, se preguntó, mi única contribución a esta conversación tan forzada suena infantil? ¡Polly tiene un cachorro! ¡Polly tiene un cachorro! Hacía semanas que no veía a Everett. No había sabido nada de él, ¿y era esto lo único que se le ocurría decir? Claro que él tampoco lo estaba haciendo mucho mejor.
– ¿Qué tal? -le preguntó-. ¿Cómo te va?
– Oh. -Él se encogió de hombros-. Bien. Ocupado…
Jody se dio cuenta de que le había puesto en un apuro, lo cual no había sido su intención. ¿O sí?
– Papá -intervino Emily-, es un poco tarde.
Y Everett y Emily echaron a andar hacia Broadway.
Jody irremediablemente vio cómo se marchaban, luego se volvió despacio hacia Polly.
– Es gracioso que sepa cómo se llama tu perro y no cómo te llamas tú -dijo Polly-. Para mí eres la mamá de Beatrice.
A Jody no le gustaba que la gente se refiriera a los dueños de los perros como si fueran los padres. Jody encontraba a Polly un poco candida para su gusto, lo cual, tenía que reconocer, no era culpa de Polly. Después de todo, Polly era una niña: se suponía que debía ser candida. Y a pesar de eso había algo en ella que a Jody le atraía, de la misma manera que le atraían sus estudiantes. Polly parecía una chica sensible y frágil, y a la vez una triunfadora irresistible, una especie de Juggernaut vulnerable, pensó Jody, que ella asociaba con críos ruidosos y alegres.
Jody caminó a casa despacio, preguntándose qué le pasaría a Everett. Tampoco esperaba que se enamorase locamente de ella. Pero lo habían pasado tan bien durante la cena… Ella creía que volverían a verse. Y desde luego esperaba un recibimiento más cálido en caso de que se encontraran por casualidad como había sucedido esa tarde. A lo mejor se sentía violento delante de su hija. Estaba muy unido a Emily, Jody lo sabía. Debía de ser eso. Emily estaba en casa, y Everett se sentía inseguro y preocupado. Deseó encarecidamente que Emily volviera a la universidad, que era donde debía estar.
Jody tenía razón respecto a Everett y Emily. En cuanto su hija entró por la puerta, él se olvidó completamente de Jody. Ver a su vecina allí con el perro a la puerta de su casa le había sorprendido, y se había sentido inseguro e incómodo. Peor aún, había estado frío, e incluso grosero, con Jody.
Ella era una persona agradable y no se merecía eso. Se sentía avergonzado cuando se marchó con Emily, y era una sensación molesta. Everett dio un puntapié a una botella que había en la acera. Rebotó en el bordillo y se rompió en pedazos.
– ¡Papá! -le reprendió Emily.
Por otro lado, ¿tenía alguna obligación con Jody sólo porque hubieran pasado una tarde encantadora cenando juntos? Él creía que no. Las mujeres solteras eran tan exigentes, se dijo, estaban tan necesitadas de cariño… Se irguió un poco. ¿Qué derecho tenía ella a hacerle sentir culpable? Y para cuando se sentó junto a Emily en el metro estaba casi enfadado con Jody, lo cual era un gran alivio.
Polly preguntó a Jody de qué conocía a Everett, pero ésta no parecía tener ganas de hablar de él y se alejó calle abajo; sólo se paró un momento cuando el perro decidió mear junto a la rueda de un enorme monovolumen blanco. Polly reparó en el recibimiento que hizo a Everett el enorme perro blanco. También había visto a Everett sonreír a su hija, una espléndida sonrisa. Había visto sus hermosos ojos azules.
Los perros nunca recibían así a Chris, pensó. A Chris no le gustaban los perros. Y parecía que, instintivamente, a los perros no les gustaba Chris. Eso debería haberme dicho algo, pensó Polly. Eso debería haberme demostrado algo, y se lo demostraré. Repitió aquella fórmula y la encontró estimulante. Las dos frases parecían relacionadas no sólo por el verbo, sino moralmente, psicológicamente, lógicamente, filosóficamente, espiritualmente… Eso debería haberme demostrado algo, y se lo demostraré.
Después de lo que le pareció tiempo suficiente para que dos personas cenaran, Polly bajó con Howdy al vestíbulo a jugar con la pelota. No estaba segura de por qué el vestíbulo de repente le parecía un sitio ideal para jugar con el perro, pero estaba segura de que lo era. Le preguntó a Howdy en voz alta, con ese tono agudo y serio que adoptan por lo general los dueños de perros cuando se dirigen a sus animales, cómo no se les había ocurrido jugar allí antes. En respuesta, Howdy corrió de un lado a otro del vestíbulo, persiguiendo la pelota de tenis y trayéndola de vuelta, deslizándose torpe pero enérgicamente por el reluciente suelo de mármol, hasta que aparecieron Everett y Emily. Entonces Howdy corrió hacia Everett, dejó la pelota a sus pies y le miró a la cara de modo suplicante, comportándose, en opinión de Polly, como el perro más bueno y más obediente del mundo.
– Vale -dijo Everett a nadie en particular-. Dos perros en una noche.
– Tú tienes el poder [1]-dijo Emily con voz cantarina-. El poder del vudú.
– ¿Quién lo tiene? -preguntó Everett insulsa pero diligentemente. Estaba cansado. Quería llegar a casa.
– ¡Tú lo tienes! -intervino Polly, recordando de repente la escena de una película de Cary Grant.
Everett no era un hombre terriblemente simpático. Los que trabajaban para él podrían haber dado fe de ello. Era aburrido y, por tanto, quisquilloso y exigente y frío, y no caía bien. Pero aunque no era lo que se dice simpático, tampoco era una mala persona. Y tenía la ventura, él habría dicho la desventura, de que los perros, los niños y las mujeres le adoraban. Ver a aquella mujer, tan joven que parecía una niña, y a su perro tan obviamente atraídos por él no le sorprendía. Pero tampoco le agradaba. Estaban entrometiéndose en el precioso tiempo que pasaba con Emily. Y ella se había dirigido a él con una autoridad de lo más impropia. Hablaba como un adulto experimentado y totalmente seguro de sí mismo. Era pocos años mayor que Emily. Su confianza le turbó. Parecía ridícula en ella, pensó, como un crío de once años con un cigarrillo en los labios. ¿Qué hacía en el vestíbulo de todos modos? Si hubiera seguido viviendo en su antiguo edificio de West End Avenue, con su enorme vestíbulo cuadrado y su portero uniformado, eso no habría sucedido. El divorcio trastornaba muchas cosas.
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