También me intrigaba saber qué estaba haciendo allí. Había tenido predilección por su empleada, pero eso no justificaba que Su Señoría apareciera en el cementerio, para presenciar el entierro de una criada que había trabajado en su casa hacía mucho tiempo.
– Grace.
A lo lejos, a través de la maraña de mis pensamientos, oí que Alfred me hablaba. Lo miré distraídamente.
– Hay algo que he tratado de decirte durante todo el día. Temo que, si no lo hago ahora, me volveré loco.
Y mi madre también había tenido predilección por Frederick. «Pobre, pobre Frederick», había dicho cuando supo que había perdido a sus padres. No se compadeció de lady Violet o de Jemina. Su solidaridad se centró exclusivamente en Frederick.
¿Pero acaso no era comprensible? Cuando mi madre trabajaba en la casa, el señor Frederick debía de ser un hombre joven; era natural que simpatizara con el miembro de la familia que tenía una edad más cercana a la suya. Algo similar me ocurría con Hannah. Además, aparentemente mi madre sentía una predilección similar por Penelope, la esposa de Frederick. «Frederick no volverá a casarse», aseguró cuando le conté que Fanny esperaba convertirse en su esposa. Tal vez el afecto que sentía por su antigua ama podía explicar la certeza con que descartó esa posibilidad, aun cuando insistí en que todos esperaban que el matrimonio se concretara.
– Me resulta difícil encontrar las palabras adecuadas, Grace, lo sabes tan bien como yo -estaba diciendo Alfred-, de modo que iré directo al grano. Como te dije, pronto me dedicaré a los negocios…
Asentí, no sé cómo pero logré asentir, a pesar de que mi mente estaba en otro lugar. Noté que el escurridizo pez estaba cerca. Creí adivinar el brillo de sus escamas ondulando entre los juncos, dispuesto a abandonar la oscuridad…
– Pero ése es sólo el primer paso. Ahorraré todo lo que pueda y un día, no muy lejano, tendré una empresa con el nombre de Alfred Steeple en la puerta, ya lo verás.
… y salir a la luz. ¿Era posible que el disgusto de mi madre no se debiera en absoluto al afecto que sentía por su antigua ama sino a que el hombre a quien había querido -que aún quería- pudiera volver a casarse? ¿Mi madre y el señor Frederick…? Tantos años atrás, cuando ella servía en Riverton…
– He esperado todo este tiempo, Grace, porque quería tener algo que ofrecerte. Algo más de lo que soy ahora.
Seguramente no. Habría sido un escándalo. La gente lo habría sabido. Yo lo habría sabido, ¿o no?
Recuerdos, retazos de alguna conversación, flotaban en mi memoria. ¿A eso se había referido lady Violet cuando le mencionó a lady Clementine «ese asunto infame»? ¿La gente lo supo? ¿Había surgido el escándalo en Saffron, veinte años atrás, cuando una mujer del lugar fue expulsada de la finca, preñada por el hijo de su ama?
Pero si hubiera sido así, ¿por qué lady Violet me había aceptado como criada? Sin duda yo era un indeseado recordatorio de lo sucedido.
A menos que mi empleo fuera una especie de recompensa. El precio que debía pagar a cambio del silencio de mi madre. Por eso ella se había mostrado tan segura, tan confiada en que habría un puesto para mí en Riverton.
Entonces lo supe. Era muy simple. El pez nadó hacia la claridad, sus escamas brillaron como nunca, ¿Cómo no lo había descubierto antes? La amargura de mi madre. La incapacidad del señor Frederick para volver a casarse. Todo adquiría sentido. Él también había amado a mi madre. Por eso había venido al funeral. Por eso me miraba de esa manera tan extraña, como si hubiera visto un fantasma. De ahí su alivio cuando me fui de Riverton, y que le dijera a Hannah que no era necesaria allí.
– Grace, me pregunto si… -continuó Alfred tomando mi mano.
Hannah. Nuevamente el descubrimiento me dejó atónita.
Ahogué una exclamación. Eso explicaba tantas cosas: la solidaridad, sin duda fraternal, que nos unía.
Las manos de Alfred sujetaron las mías, impidiendo que me desmayara.
– Vamos, Grace -dijo sonriendo nerviosamente-, no te desmayes ahora.
Mis piernas no me sostenían. Sentí que se quebraban en un millón de minúsculas partículas que caían como la arena cae de un cubo.
¿Lo sabía Hannah? ¿Sería ése el motivo por el que había insistido en que la acompañara a Londres, eligiéndome cuando sintió que todos los demás la abandonaban, y arrancándome la promesa de que nunca la abandonaría?
– Grace, ¿te sientes bien? -preguntó Alfred. Su brazo me servía de apoyo.
Asentí, tratando de hablar, sin conseguirlo.
– Bien, porque todavía no he dicho todo lo que quería. Aunque presiento que ya lo has adivinado.
¿Adivinado? ¿Lo que ocurrió entre mi madre y Frederick? ¿Lo que sucedió con Hannah? No, Alfred había estado hablando de… ¿de qué? De su nuevo negocio, de su amigo de la guerra…
– Grace -Alfred tomó mis manos entre las suyas, me sonrió y tragó saliva-, ¿me harías el honor de ser mi esposa?
Sentí una repentina ráfaga de lucidez. Parpadeé. No pude responder. Los sentimientos y pensamientos me avasallaban. Alfred me había pedido que me casara con él. Alfred, a quien adoraba, estaba de pie frente a mí, con el rostro congelado, esperando que le respondiera. Mi lengua trataba de modular palabras que mis labios no podían pronunciar.
– ¿Grace? -repitió Alfred mirándome con los ojos muy abiertos, llenos de aprensión.
Sentí que en mi rostro aparecía una sonrisa, me oí reír. No podía parar. También estaba llorando. Las lágrimas humedecían mis mejillas. Supongo que era un ataque de histeria. En los últimos y breves instantes habían sucedido demasiadas cosas. Demasiadas para asimilarlas de golpe. El impacto de comprender la clase de relación que me unía al señor Frederick, a Hannah. La sorpresa y el deleite de la propuesta de Alfred.
– Grace, ¿significa eso que aceptas? -preguntó Alfred, observándome desconcertado-. Quiero decir, ¿que aceptas casarte conmigo?
Casarme con él. Yo. Era mi sueño secreto y sin embargo cuando se hacía realidad descubría que me encontraba totalmente desprevenida. Hacía tiempo que lo había catalogado como una fantasía juvenil. Había dejado de imaginar que alguna vez pudiera volverse realidad. Que alguien me haría esa proposición. Que Alfred me haría esa proposición.
Asentí, y logré dejar de reír. Me oí decir «sí». Fue apenas un susurro. Cerré los ojos. La cabeza me daba vueltas. Un poco más alto: «Sí».
Alfred dio un grito de alegría y yo abrí los ojos. Lo vi sonreír, rebosante de alivio. Una pareja que pasaba por la otra acera se volvió para mirarnos y Alfred les gritó: «¡Ha dicho sí!». Luego volvió a mirarme, y apretó los labios. Trataba de no sonreír para poder hablar. Aferró mis brazos. Estaba temblando.
– Tenía la esperanza de que aceptarías.
Asentí otra vez, sonreí. Pasaban demasiadas cosas.
– Grace -pronunció suavemente-, me preguntaba… ¿puedo darte un beso?
Supongo que dije «sí» porque a continuación él levantó una mano para sostener mi cabeza, se inclinó hacia mí y sentí la rara y placentera extrañeza del contacto de sus labios en los míos. Fríos, suaves, misteriosos.
El tiempo parecía transcurrir lentamente.
Alfred retrocedió y me sonrió, tan joven, tan apuesto a la luz del atardecer.
Luego enlazó su brazo con el mío -era la primera vez que lo hacía- y comenzamos a caminar por la calle. No hablábamos, simplemente caminábamos juntos, en silencio. Sentí a través de la tela de mi camisa el roce de su contacto. Me estremecí. Su calidez, su presión, eran una promesa.
Alfred acarició mi muñeca con los dedos enguantados y experimenté una excitación desconocida. Mis sentidos se habían agudizado, como si alguien me hubiera despojado de una gruesa capa de piel, lo que me permitía sentir más intensamente, más libremente. Me acerqué un poco más. Pensaba cuántas cosas habían cambiado en el transcurso de un día. Había descubierto el secreto de mi madre, había comprendido la naturaleza del vínculo que me unía a Hannah, Alfred me había pedido que me casara con él. Estuve a punto de contarle mis deducciones acerca de mi madre y el señor Frederick pero las palabras murieron en mis labios. Tendríamos tiempo de sobra más adelante. La revelación era demasiado reciente, quería disfrutar a solas, un poco más, del secreto de mi madre. Y quería saborear mi propia felicidad, de modo que permanecí en silencio y seguimos caminando, con los brazos entrelazados, en dirección a la casa de mi madre.
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