Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Cuando el vicario arrojó el primer puñado de tierra sobre el ataúd de mi madre, volví a mirar hacia el árbol. El caballero todavía estaba allí. Observándonos, según advertí. Había empezado a nevar, y miró hacia arriba. Pude ver su rostro.

Era el señor Frederick, aunque estaba muy cambiado. Como un personaje de cuento de hadas que ha sido víctima de una maldición, había envejecido súbitamente.

El vicario concluyó apresuradamente, y el hombre de la funeraria ordenó que, habida cuenta de las condiciones climáticas, la tumba se cubriera rápidamente.

Mi tía estaba junto a mí.

– Qué descaro -farfulló.

Creí que se refería al sepulturero o incluso al vicario. Pero cuando seguí la dirección de su mirada comprobé que se refería al señor Frederick. Me pregunté cómo podía saber quién era. Supuse que mi madre le habría dicho quién era en alguna visita de mi tía a Riverton.

– Qué descaro. Presentarse aquí -repitió meneando la cabeza y apretando los labios-. Ni siquiera en esta ocasión puede comportarse correctamente, después de todo lo que hizo.

Para mí sus palabras no tenían sentido. Cuando quise preguntarle a qué se refería, ella ya había dado media vuelta y estaba sujetándose el sombrero mientras le daba las gracias al vicario por el servicio. Interpreté que culpaba a la familia Hartford por los problemas de salud de mi madre, aunque la acusación me parecía injusta. Porque si bien era cierto que los años de servicio habían debilitado su columna, la artritis y el embarazo habían sido los responsables de que perdiera su trabajo.

De pronto todos los pensamientos relacionados con mi tía se evaporaron. De pie junto al vicario, con un sombrero negro en la mano, estaba Alfred.

Desde el otro lado de la tumba me miró y me hizo una seña.

Yo dudé y asentí torpemente. Me castañearon los dientes.

Él avanzó hacia mí. Yo no le quitaba los ojos de encima. Temía que, si lo hacía, él desaparecería. En un instante estuvo a mi lado.

– ¿Qué tal lo llevas?

Asentí otra vez. Aparentemente era todo lo que lograba hacer. En mi cabeza las palabras se arremolinaban a toda velocidad, no podía controlarlas. Había pasado semanas de dolor, de tristeza, de confusión, esperando su carta, pasando noches en vela mientras imaginaba el momento en que nos reuniríamos y las explicaciones que le daría. Y finalmente…

– ¿Estás bien? -preguntó. Su mano se extendió tímidamente hacia la mía, pero luego pareció recapacitar y volvió a posarla sobre el ala del sombrero.

– Sí -logré decir. Sentí la ausencia de su mano sobre la mía-. Gracias por venir.

– No podía dejar de hacerlo.

– ¿No te causará problemas?

– Ninguno, Grace -aseguró, haciendo girar el sombrero entre los dedos.

Esas últimas palabras quedaron flotando, solitarias, entre nosotros. Mi nombre sonaba familiar y frágil en sus labios. Dejé que mi atención se dirigiera a la tumba de mi madre, observé el rápido trabajo del sepulturero. Alfred miró en la misma dirección.

– Siento lo de tu madre.

– Lo sé -me apresuré a responder.

– Estuve con ella la semana pasada…

– ¿De verdad? -pregunté, dejando de mirar hacia la tumba.

– Le llevé un poco de carbón. El señor Hamilton dijo que no lo necesitábamos.

– ¿Eso hiciste, Alfred? -exclamé con admiración.

– Una noche hizo mucho frío, no me agradaba la idea de que tu madre enfermara.

Me sentí llena de gratitud. Me habría considerado culpable si mi madre hubiera muerto a causa del frío.

Sentí que una mano aferraba mi muñeca. Mi tía estaba de pie junto a mí.

– Ya han terminado. Ha sido un buen funeral. No creo que ella hubiera tenido queja alguna -señaló. Yo no había manifestado disconformidad, por lo que no entendí su actitud defensiva-. Estoy segura de que he hecho todo lo que estaba a mi alcance.

Alfred nos observaba.

– Alfred, ésta es mi tía Dee, la hermana de mi madre.

Mi tía lo miró entrecerrando los ojos, con una infundada sospecha que era natural en ella.

– Encantada -saludó. Luego se dirigió a mí-: Tenemos que irnos, señorita -me ordenó, mientras se acomodaba el sombrero y se ajustaba la bufanda-. El propietario vendrá mañana a primera hora y la casa tiene que estar impecable.

Eché un vistazo a Alfred. Maldije el muro de incertidumbre que aún se erigía entre nosotros.

– Bueno, supongo que lo mejor será que…

– En realidad -me interrumpió Alfred- me preguntaba si… es decir, la señora Townsend había pensado que tal vez pudieras venir a tomar el té con nosotros.

Alfred miró a mi tía.

– ¿Por qué motivo está tan interesada? -inquirió ella desdeñosamente.

Alfred se encogió de hombros. Sin dejar de mirarme, se balanceaba sobre sus talones.

– Sería una visita a sus antiguos compañeros. Un poco de cháchara, para recordar los viejos tiempos.

– No lo creo oportuno -contestó mi tía.

– Sí -respondí yo con firmeza, encontrando al fin las palabras.

– Muy bien -afirmó Alfred. Percibí alivio en su voz.

– Bueno, como quieras. No es asunto mío -declaró mi tía-. Pero no tardes mucho. No pienses que voy a hacer sola toda la limpieza.

Mientras Alfred y yo caminábamos por el pueblo, pequeños copos de nieve, demasiado livianos para cuajar, quedaban suspendidos en la brisa como motas en el agua estancada. Durante un rato anduvimos sin hablar. El húmedo camino de tierra amortiguaba el ruido de nuestros pasos. En las tiendas las campanillas sonaban para anunciar que un cliente entraba o salía. Ocasionalmente, algún automóvil atravesaba velozmente el camino.

Cuando ya estábamos cerca de Bridge Road, comenzamos a hablar de mi madre. Le conté a Alfred el episodio del botón enredado en la cartera de una transeúnte, del ahora lejano día en que vi el espectáculo de títeres, de la manera en que el destino me había librado del orfanato.

– Creo que tu madre fue muy valiente. Tiene que haber sido difícil afrontar todo sola.

– Nunca se cansaba de decírmelo -confesé, con más amargura de la que hubiera deseado.

– Tu padre debería avergonzarse por haberla abandonado de esa manera -opinó Alfred cuando dejamos atrás la calle donde estaba la casa de mi madre y el pueblo se transformó de pronto en campo.

Al principio creí que había oído mal.

– ¿Mi qué?

– Tu padre. Su vergonzoso comportamiento no benefició a ninguno de los dos.

No pude contener mi ansiedad.

– ¿Qué sabes sobre mi padre?

Alfred se encogió de hombros ingenuamente.

– Sólo lo que tu madre me contó. Dijo que ella era joven y lo amaba, pero que era un amor imposible, habló de las responsabilidades que él tenía para con su familia, pero en realidad no fue clara.

– ¿Cuándo te lo contó? -le pregunté, con una voz tan tenue como la nieve.

– ¿Qué?

– Lo de mi padre.

Me envolví en el chal, ciñéndolo firmemente alrededor de los hombros.

– En los últimos tiempos solía visitarla con frecuencia. Estaba muy sola desde que te fuiste a Londres. Cuando tenía un rato le hacía compañía y conversaba con ella.

Me preguntaba si era posible que, después de haberme ocultado celosamente sus secretos durante toda la vida, mi madre al fin hubiera hablado con tanta espontaneidad.

– ¿Te dijo algo más?

– No -contestó Alfred-. No mucho. Nada más sobre tu padre. Para ser honesto, yo era quien más hablaba, ella era más dada a escuchar, ¿verdad?

Yo no sabía qué pensar. Todo lo ocurrido ese día era muy perturbador. El entierro de mi madre, la inesperada llegada de Alfred, la revelación de que él y mi madre se veían regularmente y habían hablado sobre mi padre. Un tema vedado para mí, sobre el cual ni siquiera osaba preguntar. Cuando llegamos a la entrada de Riverton apuré el paso, para liberarme de mis emociones. Agradecí estar en medio de la niebla que flotaba en el sendero largo y oscuro. Me dejé llevar por una fuerza que parecía atraerme inexorablemente.

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