– Porque no hay una mujer que dirija la casa -sentenció la señora Townsend, que mientras regresaba con una porción de pudín se lamía la nata del dedo-. Siempre es así cuando falta una mujer.
– Él pasa la mayor parte del tiempo en el salón -prosiguió Myra-, fumando su pipa y mirando por la ventana. O escuchando viejas canciones. A veces da miedo.
– Ya es suficiente, Myra -interrumpió el señor Hamilton, con cierta impotencia-. No nos corresponde criticar al amo -concluyó, y se quitó las gafas para frotarse los ojos.
– Sí, señor Hamilton -respondió Myra. Luego me miró y dijo rápidamente-. Tendrías que verlo, Grace. No lo reconocerías. Ha envejecido en muy poco tiempo.
– Lo he visto -afirmé.
– ¿Dónde? -preguntó el señor Hamilton algo alarmado y volvió a ponerse las gafas-. Espero que no haya estado vagando cerca del lago.
– Oh, no, señor Hamilton. Nada de eso -le aseguré-. Lo vi en el cementerio del pueblo, en el funeral de mi madre.
– ¿Estuvo en el funeral? -exclamó Myra abriendo los ojos.
– Lo distinguí observando en la colina que está junto al cementerio. Desde allí podía verlo todo.
El señor Hamilton miró a Alfred pidiendo confirmación. Él se limitó a encogerse de hombros.
– Yo no lo vi.
– Pero estaba allí -aseguré con firmeza-. Estoy segura de haberlo visto.
– Espero que sólo haya salido a dar un paseo, a tomar un poco de aire -comentó el señor Hamilton sin convicción.
– No caminó demasiado -advertí vacilante-. Se quedó de pie, como desorientado, mirando hacia la tumba.
El señor Hamilton y la señora Townsend se miraron.
– Sí, bien, siempre tuvo predilección por tu madre, mientras trabajó aquí.
– ¿Predilección? -exclamó la señora Townsend arqueando las cejas-. ¿Llama a eso predilección?
Los miré a ambos. En su expresión había algo que no podía comprender. Una información que yo desconocía.
– ¿Y cómo van tus cosas, Grace? -se interesó súbitamente el señor Hamilton, apartando los ojos de la señora Townsend-. Ya hemos hablado bastante de nosotros. Háblanos de Londres. ¿Cómo está la joven señora Luxton?
Sus voces sonaban lejanas. En mi mente algo se estaba definiendo. Susurros, miradas, insinuaciones que habían revoloteado en ella durante largo tiempo, empezaban a tomar forma de manera reveladora.
– ¿Y bien, Grace? -se impacientó la señora Townsend-. ¿Te ha comido la lengua el gato? ¿Qué noticias puedes darnos de la señorita Hannah?
– Lo siento, señora Townsend -me disculpé-. Estaba distraída.
Como todos me miraban ansiosos, les conté que Hannah estaba bien. Me pareció que era lo correcto. De otro modo, no habría sabido por dónde empezar: las discusiones con Teddy, la visita a la adivina, la inquietante afirmación de que ya estaba muerta. Decidí hablar, en cambio, de la hermosa casa, de los vestidos de Hannah y de sus elegantes invitados.
– ¿Y respecto a tus quehaceres? -preguntó el señor Hamilton, irguiéndose en su asiento-. ¿Es muy diferente el ritmo de Londres? Supongo que habrá mucha actividad. ¿Sois muchos de servicio?
Le dije que la plantilla era numerosa, pero no tan eficiente como la de Riverton. Eso pareció agradarle. Y entonces le conté la oferta que había recibido de lady Pemberton-Brown.
– Confío en que la habrás puesto en su lugar, con cortesía, pero con firmeza, como siempre te he aconsejado.
– Sí, señor Hamilton, por supuesto. Eso es lo que hice.
– Ésa es mi chica -exclamó, sonriendo como un padre orgulloso-. Glenfield Hall, nada menos. Tu reputación tiene que ser excelente si gente de su nivel ha tratado de contratarte. No obstante, hiciste lo correcto. En nuestro trabajo, ¿qué es más valioso que la lealtad?
Todos asentimos, expresando nuestro acuerdo, salvo Alfred, según pude advertir. También lo advirtió el señor Hamilton.
– Supongo que Alfred te ha contado sus planes -indicó, levantando una ceja encanecida.
– ¿Qué planes? -pregunté, mirando a Alfred.
– Estaba tratando de encontrar la ocasión de decírtelo -comenzó a explicar Alfred, sonriéndome mientras se acercaba para sentarse junto a mí-. Me voy, Grace, se acabó el «Sí, señor» para mí.
Primero pensé que nuevamente se iría de Inglaterra, justo cuando comenzábamos a hacer las paces.
Mi expresión le hizo reír.
– No me iré lejos. Sólo dejo el servicio. Un amigo que conocí durante la guerra me ha propuesto que nos asociemos en un negocio.
– Alfred… -No supe qué decir. Estaba aliviada, pero también preocupada por él-. ¿Dejarás el servicio? ¿A qué clase de negocio te dedicarás?
– Mecánica. Mi compañero es increíblemente habilidoso. Me puede enseñar a reparar motores y ese tipo de cosas. Mientras tanto, me ocuparé de dirigir el garaje. Pienso trabajar mucho y ahorrar dinero, Gracie. Ya he logrado reunir algo. Algún día tendré mi propio negocio. Seré mi propio amo. Ya verás.
Más tarde, Alfred me acompañó de regreso al pueblo. La fría noche caía rápidamente sobre nosotros y caminábamos a toda velocidad para no congelarnos. Si bien me agradaba estar en compañía de Alfred, y me sentía aliviada porque habíamos resuelto nuestras diferencias, no hablé demasiado. Mi mente estaba ocupada tratando de unir fragmentos de información, y de encontrarle un sentido al resultado. Por su parte, Alfred parecía contento de poder caminar en silencio, su mente también parecía estar atareada aunque con otro tipo de pensamientos, totalmente diferentes.
Yo pensaba en mi madre. En su amargura siempre latente, su convicción, o al menos su idea, de que la suya era una vida desafortunada. Esa era la madre que yo recordaba. Y sin embargo, desde hacía algún tiempo tenía indicios de que no siempre había sido así. La señora Townsend la recordaba con cariño. El señor Frederick, tan difícil de contentar, había tenido predilección por ella.
¿Pero qué había sucedido? ¿Qué había transformado a la joven criada con su sonrisa secreta? Comenzaba a sospechar que la respuesta era la clave para descubrir muchos de los misterios de mi madre. Y la solución estaba ante mis ojos. Acechaba, como un pez escurridizo. Sabía que estaba allí, podía percibirlo, vislumbrar su forma difusa, pero, cada vez que estaba a punto de alcanzar esa silueta borrosa, se esfumaba.
Sin duda era algo relacionado con mi nacimiento, mi madre nunca lo había ocultado. Y estaba segura de que el fantasma de mi padre estaba presente: había hablado de él con Alfred, pero nunca conmigo, del hombre al que había amado y con quien no había podido vivir. ¿Por qué motivo? Le había dicho a Alfred que era a causa de su familia, sus responsabilidades.
– Grace.
Mi tía sabía quién era, pero tenía la boca tan cerrada como mi madre. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que pensaba de él. A lo largo de mi infancia había escuchado infinidad de conversaciones a media voz entre mi madre y mi tía, en las que ésta le reprochaba su mala elección, acusándola de haber caído en su propia trampa, no quedándole más opción que resignarse a vivir en ella. Mi madre lloraba cuando la tía Dee le daba unos golpecitos en el hombro a modo de brusca condolencia: «Es mejor que te hayas alejado. No habría salido bien. Te has librado de ese lugar». Ese lugar. Aun siendo una niña, sabía que se refería a la gran casa de Hastings Hill. Y sabía también que el desprecio que la tía Dee sentía hacia mi padre sólo era igualado por el que le provocaba Riverton. Las dos grandes catástrofes en la vida de mi madre, como le gustaba decir.
– Grace.
Un desprecio que, al parecer, incluía al señor Frederick.
«Qué descaro», había dicho al verlo durante el funeral. «No puede comportarse correctamente, después de todo lo que ha hecho». Me preguntaba cómo mi tía podía saber quién era el señor Frederick, y qué había hecho para que ella reaccionara de esa manera.
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