Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Hannah lo siguió con la vista hasta que desapareció, perdido en un punto diminuto, en el resplandor del sol. Continuó observando el cielo vacío, el sol que no dejaba de brillar, que no se preocupaba por la guerra que arrasaba el continente vecino. De pronto se puso de pie, y con paso decidido se dirigió al banco del jardín donde había dejado su ropa. Cuando cogió su vestido negro, dejé la limonada y me acerqué a ayudaría.

– ¿Qué haces? -le preguntó Emmeline.

– Me visto.

– ¿Por qué?

– Hay algo que debo hacer en casa. -Hannah hizo una pausa y se arregló el corsé-. Una tarea de la señorita Prince, verbos en francés.

– ¿Desde cuándo? Estamos de vacaciones -observó Emmeline frunciendo la nariz.

– Le pedí que me dejara deberes.

– No lo hiciste.

– Lo hice.

– Bien, entonces yo también voy -declaró Emmeline sin moverse de su lugar.

– Muy bien -repuso fríamente Hannah-. Si te aburres, probablemente lord Gifford todavía esté en casa para hacerte compañía -agregó y se sentó a atarse los cordones de sus botas.

– Venga -insistió Emmeline, enfurruñada-, dime de qué se trata. Sabes que puedo guardar un secreto.

– Gracias a Dios -exclamó Hannah-. No me gustaría que nadie supiera que estoy practicando los verbos en francés.

Emmeline se sentó, observó a Hannah y comenzó a golpetear con sus piernas una de las alas de mármol de la estatua.

– ¿Me juras que eso es lo que harás? -preguntó inclinando la cabeza.

– Lo juro. Voy a casa a hacer unas traducciones -aseguró y me dirigió una mirada furtiva. Entonces comprendí que había dicho una verdad a medias. Iba a traducir, pero no escribiría en francés sino en taquigrafía. Miré al suelo, desproporcionadamente feliz en mi papel de cómplice.

Emmeline agotó sus últimos recursos. Meneó lentamente la cabeza y entrecerró los ojos.

– Mentir es pecado mortal, lo sabes.

– Sí, niña piadosa -respondió Hannah, riendo.

Emmeline cruzó los brazos.

– Bien, sigue guardando tus tontos secretos. No me importa.

– Me alegra que lo entiendas. Gracias por la limonada, Grace.

Hannah me sonrió, le correspondí y luego ella se alejó hacia el Camino Largo.

– Lo descubriré, lo sabes -gritó Emmeline-. Siempre lo hago.

No hubo respuesta. Emmeline resopló y cuando me volví para mirarla vi que las flores blancas que habían decorado su cabello estaban desparramadas sobre las piedras.

– ¿Ese vaso de limonada es para mí? -preguntó, mirándome con disgusto-. Estoy sedienta.

Esa tarde la visita a mi madre fue breve y, salvo por un detalle, no habría sido digna de recordar.

Habitualmente, mi madre y yo nos sentábamos en la cocina. Era el lugar donde había mejor luz para coser y donde solíamos pasar la mayor parte del tiempo antes de que yo comenzara a trabajar en Riverton. Sin embargo, ese día, cuando me recibió en la entrada, me llevó a la pequeña sala de estar contigua a la cocina. Sorprendida, me pregunté si no tendría otro invitado, porque raramente utilizaba esa habitación, que reservaba para las visitas importantes, como el doctor Arthur o el pastor de la iglesia. Me senté en una mesa junto a la ventana y esperé a que trajera el té.

Mi madre se había esforzado para que la sala luciera de la mejor manera posible, como advertí por algunos detalles. En la mesa que estaba junto a la pared había un jarrón que había pertenecido a mi abuela, de porcelana blanca con tulipanes pintados en el frente, conteniendo orgulloso un puñado de margaritas mustias. Y el almohadón que solía enrollar para usar detrás de la espalda mientras trabajaba estaba mullido y cuidadosamente colocado en medio del sofá. Como un astuto impostor, sentado allí todo orondo, contemplando el mundo como si su única función fuera decorativa.

Aunque la sala estaba particularmente limpia -años de servicio doméstico le habían permitido a mi madre lograr niveles de excelencia- no la recordaba tan pequeña y fea. Las paredes amarillas, que alguna vez tuvieron un aspecto alegre, se veían descoloridas, y combadas hacia dentro, como si únicamente la presencia del viejo sofá y las sillas las salvaran del derrumbe. Los cuadros, marinas que habían inspirado muchas de mis fantasías infantiles, habían perdido su magia, y me parecían deslucidos y mal enmarcados.

Mi madre trajo el té y se sentó frente a mí. La observé mientras lo servía. Sólo había dos tazas, es decir, que no habría otros invitados. El arreglo de la habitación, las flores, el almohadón mullido…, eran para mí.

Tomé la taza que me ofrecía y advertí que estaba mellada en el borde. Era una falla diminuta, pero el señor Hamilton jamás la habría tolerado. En Riverton no se admitían tazas desportilladas, ni siquiera para la servidumbre.

Mi madre sostuvo su taza con las dos manos y vi que sus dedos se montaban uno sobre el otro. En esas condiciones, no entendía cómo podía coser. Me preguntaba desde cuándo estaría tan mal y cómo se ganaba la vida. Todas las semanas yo le enviaba una parte de mi sueldo, pero seguramente no era suficiente. Abordé cautelosamente el tema.

– No es asunto tuyo -respondió-. Me las apaño.

– Pero, madre, deberías habérmelo dicho. Puedo enviarte más dinero. No tengo en qué gastarlo.

Su rostro demacrado oscilaba entre la actitud defensiva y la derrota. Por fin, suspiró.

– Eres una buena chica, Grace. Estás cumpliendo con tu deber. No tienes que preocuparte por la mala fortuna de tu madre.

– Por supuesto que sí.

– Sólo te pido que te asegures de no cometer los mismos errores.

Me armé de valor, y me atreví a preguntar suavemente:

– ¿Qué errores, madre?

Ella miró hacia otro lado. Yo esperé, con el corazón trémulo, mientras ella se mordía el agrietado labio inferior. Me preguntaba si por fin me confiaría los secretos que desde siempre habían estado silenciosamente presentes entre nosotras.

– Shhh -fue todo lo que dijo, mirándome a la cara, como si diera un portazo que cerraba la posibilidad de acceder al tema. Luego irguió el mentón y me preguntó, como de costumbre, por la casa y la familia.

¿Qué esperaba? ¿Un cambio repentino, absolutamente singular, en los hábitos de mi madre? ¿Una confesión de sus desgracias pasadas que explicara su aspereza, que nos permitiera tener la comprensión mutua que nunca habíamos logrado?

Tal vez sí. Ya sabes, era joven. Esa es mi única excusa.

Pero ésta es una historia real, no una ficción, y por lo tanto no debe sorprenderte que aquello que yo esperaba no se hiciera realidad. En cambio, tragué el amargo bocado de la desilusión y le hablé de las muertes, sin que pudiera evitar el tono petulante de mi voz mientras relataba las recientes desgracias de la familia. Primero el mayor; el rostro sombrío con que el señor Hamilton había recibido el telegrama ribeteado en negro; los dedos de Jemina, tan temblorosos que no le permitían abrirlo; y luego lord Ashbury, apenas unos días más tarde.

Mi madre meneó lentamente la cabeza, un gesto que destacaba su cuello delgado, y dejó su taza de té.

– Eso he oído decir, aunque no sabía en qué medida los chismes eran ciertos. Sabes tan bien como yo cuánto le gusta cotillear a la gente de este pueblo.

Asentí.

– ¿Cuál fue entonces la causa de la muerte de lord Ashbury? -preguntó.

– El señor Hamilton dice que fue una acumulación de todo. En parte, un ataque, y en parte, el calor.

Mi madre asentía mientras se mordía el carrillo.

– ¿Y qué opina la señora Townsend?

– Que no fue por nada de eso. Cree que, sencillamente, murió de pena. -Bajé la voz, y adopté el mismo tono reverente que había utilizado la señora Townsend-. Dice que la muerte del mayor destruyó el corazón de Su Señoría. Que cuando lo mataron todas las esperanzas y los sueños de su padre cayeron con él en suelo francés.

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