Kate Morton - La Casa De Riverton

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Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.

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Miré el reloj. No me esperaban hasta dentro de media hora. Decidí que tomaría una taza de té. La que me había servido mi madre me había dejado un gusto amargo.

En la mesa de la cocina encontré la tetera todavía tibia, con su cubierta de lana.

La puse sobre el fogón y cogí una taza. La olla silbaba ruidosamente cuando apareció Myra, que se asombró al verme.

– Es Jemina -anunció-. El bebé está en camino.

– Si no lo esperaba hasta septiembre.

– Ya, pero eso él no lo sabe -repuso, arrojándome una pequeña toalla-. Lleva arriba esto y un recipiente con agua fría. No puedo encontrar a los demás y alguien tiene que llamar al médico.

– Pero no llevo el uniforme…

– No creo que a la madre o al niño les importe -señaló Myra y desapareció en el despacho del señor Hamilton para llamar por teléfono.

– Pero ¿qué debo decir? -pregunté a la habitación vacía, a mí misma, a la toalla que tenía en la mano-. ¿Qué hago?

Myra asomó la cabeza por el vano de la puerta.

– Bueno, no lo sé. Tendrás que inventar algo -contestó, agitando una mano en el aire-. Simplemente dile que todo está en orden.

Puse la toalla sobre mi hombro, llené un recipiente con agua y subí, siguiendo las indicaciones de Myra. Me temblaban las manos y vertí algunas gotas de agua en la alfombra del pasillo formando oscuras manchas de color bermellón.

Cuando llegué a la habitación de Jemina, vacilé. Desde el otro lado de la sólida puerta llegaba un quejido ahogado. Inspiré profundamente, golpeé y entré.

La habitación estaba a oscuras, salvo por un potente rayo que se colaba entre las cortinas tímidamente abiertas. El haz de luz estaba salpicado con motas de polvo. La cama de caoba era una masa oscura en el centro de la habitación, donde Jemina estaba tendida, muy quieta, respirando trabajosamente.

Me acerqué a la cama y me agaché tímidamente junto a ella. Dejé el recipiente en la pequeña mesilla.

Jemina gimió y yo me mordí el labio. No sabía qué hacer.

– Está bien -susurré suavemente, como mi madre me decía cuando tuve escarlatina-. Está bien.

Ella se estremeció, y dio tres bocanadas de aire, apretando los ojos cerrados.

– Todo irá bien -repetí. Humedecí la toalla en el agua y la doblé para ponerla sobre su frente.

– James… -le oí decir-. James… -El nombre sonaba hermoso en sus labios.

No había nada que pudiera decir ante eso, por lo que permanecí en silencio.

Se sucedieron más quejidos, más gemidos. Ella se retorcía, llorando sobre la almohada. Sus dedos buscaban un imposible consuelo en la sábana vacía que estaba a su lado.

Luego volvió la serenidad. Su respiración se sosegó.

Le quité el paño de la frente. El calor de su piel lo había entibiado. Lo sumergí nuevamente en la palangana con agua, lo escurrí, volví a plegarlo y me acerqué para ponerlo otra vez sobre su frente.

Jemina abrió los ojos, parpadeó, trató de reconocer mi cara en la oscuridad.

– Hannah -farfulló, suspirando.

Su error me sorprendió. Y me agradó infinitamente. Abrí la boca para corregirla pero me contuve cuando ella alargó su brazo y tomó mi mano.

– Qué bien que estés aquí -declaró, apretándome los dedos-, tengo tanto miedo, no puedo sentir nada.

– Todo está en orden. El bebé está descansando.

Mis palabras parecieron calmarla un poco.

– Sí, siempre es así justo antes de que nazca. Es sólo que… Es demasiado pronto -dijo y giró la cabeza. Cuando volvió a hablar su voz era tan débil que tuve que esforzarme por entenderla-. Todos quieren que sea un niño, pero no puedo. No puedo perder otro.

– Eso no sucederá -señalé, con la esperanza de que así fuera.

– Sobre mi familia pesa una maldición -afirmó, con el rostro todavía oculto en la almohada-. Mi madre me lo advirtió, pero no la creí.

Pensé que había perdido el juicio. Que el dolor la había trastornado volviéndola presa de supersticiones.

– Las maldiciones no existen -indiqué suavemente.

Oí un ruido, una mezcla de risa y sollozo.

– Oh, sí. Es la misma que mató al hijo de nuestra querida y difunta reina. La maldición hace que se desangren. -Jemina se quedó quieta, se pasó la mano por el vientre y giró para mirarme. Su voz era apenas más que un susurro-. Pero las niñas… la maldición no cae sobre ellas.

La puerta se abrió. Myra apareció, seguida por un hombre de mediana edad y una expresión de permanente censura, que resultó ser el médico, aunque no era el doctor Arthur, el médico del pueblo. Acomodamos las almohadas, Jemina se enderezó y encendimos una luz. En determinado momento advertí que había recuperado mi mano. Después me apartaron de la cama y me expulsaron de la habitación.

Las horas pasaron, anocheció, y yo esperé, dando vueltas por la cocina rogando que todo saliera bien. Aun cuando tenía montones de cosas que hacer para entretenerme, el tiempo parecía haberse detenido. Debía servir la cena, abrir las camas, recoger la ropa limpia para el día siguiente. Pero todo el tiempo mi mente seguía junto a Jemina.

Por fin, cuando a través de la ventana de la cocina vi el último resplandor del sol ocultándose en el oeste, detrás del bosque, se oyeron los pasos de Myra bajando la escalera, con el recipiente y la toalla en la mano.

Habíamos terminado de cenar y aún estábamos sentados a la mesa.

– ¿Y bien? -preguntó la señora Townsend, aferrando ansiosamente el pañuelo junto a su pecho.

– Bien… -repitió Myra, dejando la palangana y la toalla en la mesa de la cocina. Luego nos miró sin poder contener una sonrisa-. A las ocho y veintiséis minutos la madre ha dado a luz a un bebé, pequeño, pero saludable.

Aguardé impaciente.

– Sin embargo, no puedo evitar sentir cierta pena por ella -agregó Myra levantando las cejas-. Es una niña.

Eran las diez en punto cuando regresé, después de recoger la bandeja de la cena de Jemina. Se había quedado dormida, con la pequeña Gytha arropada entre sus brazos. Antes de apagar la lámpara que estaba junto a la cama, me detuve un momento para mirar a la minúscula niña: los labios fruncidos, un mechón de cabello rojizo, los ojos cerrados con fuerza. No era una heredera sino un bebé, que viviría, crecería, amaría. Y un día, tal vez, tendría sus propios hijos.

Salí de la habitación de puntillas, llevando la bandeja. Sólo mi lámpara alumbraba el oscuro pasillo, y mi sombra se proyectaba sobre la fila de retratos que colgaban de las paredes. Mientras el nuevo miembro de la familia dormía profundamente al otro lado de la puerta, unos cuantos antepasados Hartford hacían su silenciosa vigilia, observando serenamente la entrada de una casa que alguna vez les perteneció.

Cuando pasé junto al salón principal advertí que una tenue luz se filtraba por debajo de la puerta. En medio de las dramáticas circunstancias de la noche, el señor Hamilton se había olvidado de apagar la lámpara. Gracias a Dios, sólo yo lo había visto. A pesar de la bendición del nacimiento de su nueva nieta, lady Violet se habría puesto furiosa si hubiera descubierto que se violaban sus normas sobre el luto.

Abrí la puerta, y me detuve, petrificada. Allí, en el sillón de su padre, estaba el señor Frederick. El nuevo lord Ashbury.

Tenía las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en una mano, de modo que su rostro quedaba oculto.

En la mano izquierda tenía la carta de David. Pude reconocerla por el inconfundible dibujo del extremo superior. La carta que Hannah había leído junto a la fuente, la que había hecho reír nerviosamente a Emmeline.

La espalda del señor Frederick se estremecía. A primera vista podría haberse dicho que también él reía. Entonces escuché un sonido que nunca he olvidado. Que jamás olvidaré. Un sollozo ahogado, gutural, profundo, inconscientemente lúgubre. Permanecí allí un instante, incapaz de moverme. Después me di la vuelta, fui hacia la puerta y la cerré tras de mí, para no seguir siendo un oculto espectador de su pena.

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