En ese momento, una pareja de aviones de color púrpura -indiferentes a la belleza de la escultura- bajaron en picado y se posaron sobre el bloque de mármol, antes de volver a emprender el vuelo para rozar la superficie del estanque y llenar su pico de agua. Mientras los observaba, el calor agobiante hizo surgir súbitamente en mí el imperioso deseo de hundir mi mano en el agua fresca. Miré hacia atrás, en dirección a la casa, ya lejana, demasiado sumida en su dolor para advertir que una criada, al fondo del jardín sur, hacía una pausa para refrescarse.
Dejé la bandeja en el borde de la fuente y apoyé tímidamente en los azulejos una de mis rodillas acaloradas, cubierta por las medias negras. Me incliné hacia adelante, extendí la mano hacia el agua donde se reflejaba el sol, y la aparté cuando sentí el primer contacto. Me remangué y volví a alargar la mano, lista para sumergir el brazo.
Entonces oí una risa, que resonó como música tintineante en el sereno día estival.
Permanecí inmóvil, escuchando. Incliné la cabeza y miré más allá de la estatua.
Pude distinguir a Hannah y Emmeline, pero no en el cobertizo de los botes, sino sentadas al otro lado, en el borde de la fuente. Mi sorpresa se acrecentó: ambas se habían quitado los vestidos de luto y sólo llevaban puesta la enagua, la prenda interior que cubría el corsé y los calzones con puntilla de encaje. También se habían deshecho de sus botas, que estaban olvidadas en el sendero de piedra. El cabello recogido en una larga trenza brillaba con el sol. Volví a mirar hacia la casa, sorprendida por su osadía. Me preguntaba si mi presencia podía considerarse una forma de complicidad, y en ese caso, si eso me preocupaba o si deseaba que así fuera.
Emmeline estaba acostada boca arriba, con los pies juntos, las piernas flexionadas. Las rodillas, tan blancas como su enagua, saludaban al claro cielo azul. Había doblado un brazo para permitir que su cabeza descansara sobre él. El otro -mostrando una piel pálida y blanca, que no parecía conocer el sol- se extendía hacia el agua. La muñeca giraba dibujando perezosamente un ocho en la superficie y provocando minúsculas olas.
Hannah estaba sentada a su lado, con una pierna ligeramente curvada y la otra flexionada de tal modo que podía apoyar el mentón en la rodilla. Los tobillos jugaban indolentemente en el agua. Los brazos rodeaban la pierna flexionada y en una de las manos sostenía una hoja de papel increíblemente fina, casi transparente bajo el resplandor del sol.
Yo saqué el brazo del agua, me arreglé la manga y recuperé la compostura. Eché un último vistazo a los destellos de la fuente y tomé otra vez la bandeja.
Cuando estuve más cerca de las hermanas, pude oír su conversación.
– … creo que es espantosamente obcecado -declaró Emmeline. Luego se metió en la boca una fresa del montón que habían recogido y arrojó el tallo hacia el jardín.
Hannah se encogió de hombros.
– Papá siempre ha sido muy testarudo.
– De todos modos, su rotunda negativa es una estupidez. Si David tiene entusiasmo suficiente para escribirnos desde Francia, lo menos que puede hacer es leer lo que nos cuenta.
Hannah miró hacia la escultura. Al inclinar la cabeza el brillo titilante de las olas de la fuente se reflejó en su rostro.
– David ha hecho quedar a papá como un tonto, haciendo a sus espaldas justo lo que le había pedido que no hiciera.
– Bah, de eso ha pasado casi un año.
– Papá no perdona fácilmente. Y David lo sabe.
– Pero es una carta tan divertida… Vuelve a leer la parte en la que cuenta el lío con la comida, lo del budín.
– No pienso leerla otra vez. No debería haberlo hecho las primeras tres veces. Es demasiado vulgar para oídos inocentes. -Hannah sostuvo la carta frente a sí, y su sombra se proyectó sobre la cara de su hermana-. Aquí, por ejemplo, lee tú misma. Hay una ilustración muy elocuente en la segunda página.
Una cálida brisa agitó el papel y pude distinguir las líneas negras de un dibujo en el extremo superior.
Mis pasos resonaron en las blancas piedras del sendero y atrajeron la atención de Emmeline, que me vio, de pie detrás de Hannah,
– ¡Limonada! -exclamó, olvidando por completo la carta, y levantando el brazo que tenía en el agua-. ¡Qué bien!, me muero de sed.
Hannah se volvió hacia mí, y guardó la carta en su corsé.
– Grace -saludó sonriente.
– Estamos tratando de escondernos del viejo verde -explicó Emmeline, mientras se sentaba de espaldas a la fuente-. Oh, este sol es delicioso, se me ha ido directamente a la cabeza.
– Y a las mejillas -agregó Hannah.
Emmeline alzó la cara hacia el sol y cerró los ojos.
– No me importa. Quiero que todo el año sea verano.
– ¿Lord Gifford ya se ha ido, Grace? -preguntó Hannah.
– No podría asegurarlo, señorita -contesté, apoyando la bandeja en el borde de la fuente-, pero diría que sí. Estaba en el salón hace un rato, cuando serví el té, y la Señora no dijo que tuviera previsto quedarse.
– Espero que no -declaró Hannah-. Ya hay suficientes cosas desagradables en este momento, sin necesidad de que él ande buscando pretextos para mirar mi vestido toda la tarde.
Junto a un macizo de madreselvas rosadas y amarillas había una pequeña mesa de jardín de hierro forjado. La acerqué a la fuente para servir el almuerzo. Afirmé sus patas curvas entre las piedras del sendero, apoyé la bandeja y comencé a servir la limonada.
Hannah sostenía el tallo de una fresa y lo hacía girar entre el dedo pulgar y el índice.
– ¿Pudiste oír algo de lo que dijo lord Gifford? -inquirió.
Dudé. Se suponía que yo no escuchaba lo que se decía mientras servía el té.
– Sobre las propiedades del abuelo, sobre Riverton -especificó. No me miraba, por lo que sospeché que se sentía tan incómoda por preguntarlo como yo por tener que responder.
Tragué saliva y dejé la jarra en la mesa.
– No estoy segura, señorita…
– ¡Lo oyó! -exclamó Emmeline-, lo sé porque se ha sonrojado. ¿Lo oíste, verdad? -preguntó inclinándose hacia mí-. Bien, dinos, ¿qué sucederá? ¿Será para papá? ¿Nos quedaremos aquí?
– No lo sé, señorita -repuse, encogiéndome, como lo hacía cada vez que me enfrentaba a la altivez de Emmeline-. Nadie lo sabe.
Emmeline tomó un vaso de limonada.
– Alguien debe de saberlo -indicó altanera-. Lord Gifford, seguramente. ¿Por qué ha venido si no? ¿Qué otro motivo podría traerlo hasta aquí, aparte de hablar acerca del testamento del abuelo?
– Lo que quiero decir, señorita, es que depende.
– ¿De qué?
– Del bebé de la tía Jemina -afirmó entonces Hannah, y me miró-. ¿Es así, Grace?
– Sí, señorita -reconocí serenamente-, al menos creo que es lo que dijeron.
– ¿Del bebé de la tía Jemina? -preguntó Emmeline.
– Si es un varón -explicó pensativa Hannah- todo le corresponde a él. Si no, papá será lord Ashbury.
Emmeline, que acababa de llevarse una fresa a la boca, se tapó los labios con la mano y rió.
– ¿Te imaginas a papá siendo dueño de la finca? Es demasiado torpe. -El lazo de seda que ceñía su enagua se había enganchado en el borde de la fuente, deshilachándose. Una larga hebra zigzagueaba por su pierna. Debía tenerlo presente para zurcirlo más tarde-. ¿Crees que él quiere que nosotras vivamos aquí?
Oh, sí, pensé para mis adentros. Deseaba que así fuera. Riverton había estado sumamente silencioso durante el año anterior. No había nada que hacer salvo volver a quitar el polvo de las habitaciones vacías y tratar de no pensar demasiado en los que aún seguían luchando en la guerra.
– No -aseveró Hannah con firmeza-. Papá no toleraría estar lejos de su fábrica.
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