Cuando termina el cántico de Open My Eyes, una mujer delgada, de pelo moreno corto, con un vestido largo y suelto de raso negro, se acerca al micrófono. Es Estelle Roberts, la médium predilecta de sir Arthur. Reina en la sala una atmósfera aún más intensa que durante los dos minutos de silencio. Estelle se balancea ligeramente en el escenario, con las manos unidas, la cabeza gacha. Todas las miradas convergen en ella. Despacio, muy despacio, empieza a alzar la cabeza; desune las manos y comienza a extender los brazos, sin abandonar el lento cimbreo. Al final, habla.
– Hay un gran número de espíritus aquí, con nosotros -dice-. Me están empujando muy fuerte por detrás.
Y, en efecto, parece que es así: como si se mantuviera erguida a pesar de la gran presión que ejercen sobre ella desde varias direcciones.
Transcurre un rato sin que ocurra nada, salvo más balanceos y embates invisibles. La mujer a la derecha de George susurra:
– Está esperando a que aparezca Nube Roja.
George asiente.
– Es su guía espiritual -añade la vecina.
George no sabe qué contestar. No pertenece a este ambiente.
– Muchos guías son indios.
La mujer hace una pausa, después sonríe y añade, sin el más mínimo rebozo:
– Pieles rojas, me refiero.
La espera es tan activa como ha sido el silencio; como si los espectadores presionaran tanto como los espíritus invisibles a la figura menuda de la señora Roberts. La espera se prolonga y la mujer que se balancea separa más los pies que pisan el suelo, como para equilibrarse.
– Me empujan, me están empujando, muchos no están contentos, la sala, las luces, el mundo que prefieren…, un joven, de pelo moreno peinado hacia atrás, de uniforme y correaje, tiene un mensaje…, una mujer, madre, tres hijos, uno de ellos fallecido y que está con ella…, un caballero anciano y calvo que fue médico no lejos de aquí con un traje gris oscuro pasó al otro lado de repente a causa de un terrible accidente…, un bebé, sí, una niña víctima de la gripe añora a sus dos hermanos, Bob se llama uno y sus padres… ¡Parad! ¡Parad!
Estelle grita de pronto, y con los brazos extendidos parece que empuja a los espíritus que se agolpan a su espalda.
– Son demasiados, sus voces se confunden, un hombre maduro con un abrigo oscuro que pasó gran parte de su vida en África… tiene un mensaje… hay una abuela de pelo blanco que comparte tu inquietud y quiere que sepas…
George escucha a la legión de espíritus que son objeto de una descripción fugaz. La impresión es que todos gritan para que les escuchen, pugnan por transmitir sus mensajes. A George se le ocurre una pregunta cómica pero lógica; ignora de dónde viene, como no sea una reacción a toda esta intensidad insólita. Si esos espíritus son, en efecto, el de ingleses e inglesas que han realizado el tránsito al otro mundo, ¿no deberían formar una cola como es debido? Si han sido promovidos a un estado superior, ¿por qué esa conducta de chusma turbulenta? Decide que no conviene comunicar esta idea a sus vecinos inmediatos, que ahora se inclinan y se agarran a la barandilla de latón.
– … un hombre con un traje cruzado, entre veinticinco y treinta años, tiene un mensaje…, una chica, no, unas hermanas que murieron de repente…, un caballero de edad, más de setenta, que vivía en Hertfordshire…
La lista continúa, y en ocasiones una breve descripción suscita un jadeo en algún recoveco remoto de la sala. La expectación alrededor de George es febril y exaltada; hay en ella también algo de miedo. Se pregunta qué se sentirá si un miembro difunto de tu familia te reconoce en presencia de miles de espectadores. Se pregunta si la mayor parte no preferiría que eso ocurriera en la intimidad de una sala de sesión oscura y con las cortinas corridas. O, posiblemente, que no sucediera en absoluto.
La médium vuelve a callarse. Es como si los espíritus rivales que farfullan a su espalda y a su alrededor guardaran también un momento de silencio. Entonces, de pronto, la médium despliega el brazo derecho y señala hacia George, al fondo de las butacas, en la otra punta de la sala.
– ¡Sí, allí! ¡Le veo! Veo la forma espiritual de un joven soldado. Busca a alguien. Busca a un caballero casi calvo.
Al igual que todos los que tienen un panorama de la sala, George escruta atentamente, a medias esperando que la forma se vuelva visible y a medias intentando identificar al hombre de pelo escaso. Estelle levanta la mano y se la pone encima de los ojos, como si las lámparas de arco le entorpecieran la percepción del espíritu.
– Aparenta unos veinticuatro años. Lleva uniforme caqui. Erguido, robusto, un bigotito. La boca un poco caída en las comisuras. Transitó de repente.
La médium hace una pausa y ladea la cabeza hacia abajo, como haría un abogado para tomar una nota del pasante que tiene a su lado.
– Dice que 1916 fue el año del tránsito. Te llama con claridad «tío». Sí, «tío Fred».
Un hombre calvo, al fondo del anfiteatro, se pone de pie, asiente y con la misma celeridad vuelve a sentarse, como inseguro del protocolo.
– Habla de un hermano que se llama Charles -continúa Estelle-. ¿Es correcto? Quiere saber si la tía Lillian está contigo. ¿Comprendes?
Esta vez el hombre se queda sentado y asiente vigorosamente.
– Me dice que hay un aniversario, el cumpleaños de un hermano. Cierta preocupación en casa. No hay motivo. El mensaje continúa…
De golpe, la señora Roberts da un brinco hacia delante, como impulsada desde detrás con violencia. Se da media vuelta y exclama:
– ¡Ya vale ! -Parece como que empuja hacia atrás-. ¡Ya vale, he dicho!
Pero cuando se vuelve hacia el público es evidente que se ha interrumpido el contacto con el soldado. La médium se tapa la cara con la mano, se aprieta la frente con los dedos y pone los pulgares debajo de las orejas, como si intentara recobrar el necesario equilibrio. Por último, aparta las manos de la cara y extiende los brazos.
Ahora el espíritu es el de una mujer de entre veinticinco y treinta años cuyo nombre empieza por J. Fue promovida cuando daba a luz a una niña que realizó el tránsito al mismo tiempo que ella. Estelle recorre con la mirada las filas delanteras, en pos de la madre que avanza con el espíritu de un bebé en los brazos y que trata de localizar a su marido abandonado.
– Sí, dice que se llama June… y está buscando a… R, sí, R… ¿se llama Richard?
Al oír esto un hombre se levanta como un resorte de su asiento y grita:
– ¿Dónde está? ¿Dónde estás, June? June, háblame. ¡Enséñame a nuestra hija!
Está trastornado y pasea en derredor una mirada fija, hasta que una pareja de ancianos, con aire de apuro, le obliga a sentarse.
La médium Estelle, como si la interrupción no se hubiera producido, de tan concentrada que está en la voz del espíritu, dice:
– El mensaje es que ella y la niña te observan y te cuidan en tu aflicción presente. Te están aguardando en el otro lado. Son felices y quieren que seas feliz hasta que los tres volváis a estar juntos.
Al parecer, los espíritus se están volviendo más ordenados. La médium identifica y transmite mensajes. Un hombre busca a su hija. A ella le interesa la música. Él sostiene una partitura abierta. Se establecen iniciales, después nombres. Estelle comunica el mensaje: el espíritu de un gran músico está ayudando a la hija; si ella sigue trabajando con ahínco, el espíritu del músico seguirá influyéndola.
George comienza a distinguir una pauta. Los mensajes transmitidos, ya sean de consuelo, de aliento o de ambas cosas, son de una índole muy general. Lo mismo ocurre, al menos en principio, con las identificaciones. Pero luego, como remache, viene un detalle que la médium muchas veces tarda un rato en buscar. George cree muy improbable que esos espíritus, si existen, sean tan increíblemente incapaces de expresar su identidad sin que la médium se vea obligada a un juego de adivinanzas. El supuesto problema de transmisión entre los dos mundos, ¿no será sólo un ardid para realzar el dramatismo -de hecho, el melodrama- hasta el instante culminante en que alguien del público asiente, o levanta un brazo, o se pone de pie como si le llamaran, o se lleva las manos a la cara, estremecido de estupor y júbilo?
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