Y además, por supuesto, estaban las cuestiones sexuales, que muchas veces no conducían a la armonía. George no llevaba casos de divorcio, pero como abogado tenía pruebas de sobra de la desdicha que podía infligir el matrimonio. Sir Arthur había hecho una larga campaña contra la opresión de las leyes de divorcio y había sido presidente durante muchos años de la unión por la reforma, hasta que le sustituyó lord Birkenhead. De un nombre en la lista de honor a otro: había sido lord Birkenhead, con su nombre civil de F. E. Smith, el que le había hecho a Gladstone preguntas inquisitivas en la Cámara sobre el caso Edalji.
Pero esto era marginal. Tenía cincuenta y cuatro años, vivía con un confort aceptable y tenía una visión en gran medida filosófica sobre su estado de soltero. La familia Edalji ya había perdido a su hermano Horace: estaba casado, se había trasladado a Irlanda y cambiado de nombre. George no sabía seguro en qué orden había hecho estas tres cosas, pero había un claro vínculo entre ellas, y el carácter indeseable de cada una contaminaba a las otras. Bueno, había estilos de vida diferentes; y la verdad era que ni él ni Maud habían tenido nunca muchas posibilidades de casarse. Se parecían en su timidez y en su aparente capacidad de ahuyentar a quienes se les acercaban. Pero ya había en el mundo suficientes matrimonios, y no había, desde luego, peligro de escasez de población. La convivencia de hermano y hermana era tan armoniosa como la de marido y mujer; en algunos aspectos, aún más.
En los primeros tiempos juntos, él y Maud volvían a Wyrley dos o tres veces al año, pero rara vez eran visitas felices. A George le despertaban demasiados recuerdos concretos. La aldaba de la puerta le sobresaltaba todavía, y por la noche, cuando se asomaba al jardín anochecido, a menudo vislumbraba debajo de los árboles figuras huidizas que aun sabiendo que no eran nada le asustaban. En Maud los efectos eran distintos. A pesar de lo mucho que quería a sus padres, cuando ponía el pie dentro de la vicaría se tornaba reservada e insegura; expresaba pocas opiniones y nunca se reía. George casi hubiera jurado que Maud estaba enfermando. Pero conocía la cura: se llamaba la estación de New Street y el tren a Londres.
Al principio, cuando él y Maud salían juntos, a veces la gente les tomaba por marido y mujer; y George, que no quería que nadie pensara que era incapaz de casarse, precisaba, minucioso: «No, es mi querida hermana Maud». Pero a medida que pasaba el tiempo, en ocasiones no se molestaba en corregir la confusión, y después Maud le tomaba del brazo y lanzaba una risita. Él suponía que pronto, cuando ella tuviera el pelo tan canoso como él, les tomarían por una vieja pareja casada y quizá ni siquiera se preocupara de rectificar el error.
Al cabo de un rato paseando sin rumbo, descubrió que se acercaba al Albert Memorial. El príncipe estaba sentado en su entorno dorado y reluciente, rodeado de todos los famosos del mundo. George sacó los prismáticos del estuche y empezó a ejercitarse. Recorrió despacio el monumento, por encima de las gradas donde prevalecían el arte, la ciencia y la industria, y por encima de la figura sedente del pensativo consorte, hacia un reino más alto. La rosca era difícil de controlar y a veces una masa de follaje borroso llenaba las lentes, pero al final emergió la imagen ordinaria de una maciza cruz cristiana. Desde allí siguió poco a poco el chapitel, que parecía tan densamente poblado como los espacios inferiores del monumento. Había hileras de ángeles y -justo debajo- un conjunto de más figuras humanas, vestidas con ropajes clásicos. Rodeó el Memorial, perdiendo el foco a menudo, y procuró identificarlas: una mujer con un libro en una mano y una serpiente en la otra, un hombre con una piel de oso y un garrote grande, una mujer con un ancla, una figura con una capucha y una vela larga en la mano… ¿Eran santos, quizá, o figuras simbólicas? Ah, allí por fin reconocía a una, de pie en un pedestal de una esquina: blandía una espada en una mano y una balanza en la otra. George observó complacido que el escultor no le había vendado los ojos. El detalle muchas veces había merecido su censura: no porque no entendiese su significado, sino porque otros no lo entendían. Los ojos vendados permitían a los ignorantes lanzar pullas contra los juristas; y eso George no lo toleraba.
Guardó los prismáticos en el estuche y desplazó la atención de las figuras monocromas y pétreas a las coloreadas y móviles de su alrededor, del friso esculpido al lienzo vivo. Y en aquel momento le asaltó la comprensión de que todo el mundo iba a morir. En ocasiones se paraba a meditar sobre su propia muerte; había llorado la de sus padres -de la del padre hacía doce años, de la de la madre seis-; había leído en la prensa notas necrológicas y asistido al funeral de colegas, y ahora estaba allí para la gran despedida a sir Arthur. Pero hasta entonces no había comprendido -aunque era más una conciencia visceral que una comprensión mental- que todo el mundo tenía que morir. De niño le habían informado de este hecho, aunque sólo en el contexto de que todos -como el tío Compson- seguían viviendo después, bien en el seno de Cristo o, si habían sido malos, en otro sitio. Miró alrededor. El príncipe Alberto ya había muerto, por supuesto, así como la viuda de Windsor que le había llorado; pero aquella mujer con la sombrilla moriría, y su madre, a su lado, moriría antes, y aquellos niños morirían más tarde, aunque si había otra guerra quizá muriesen antes, y aquellos dos perros que estaban con ellos morirían también, y los músicos a lo lejos y el bebé en su cochecito, hasta aquel bebé, incluso si llegaba a ser tan viejo como el más viejo habitante de la tierra, ciento cinco, ciento diez años, los que fueran, moriría igualmente.
Y si bien George se aproximaba ya al límite de su imaginación, fue un poco más lejos. Si conocías a algunos que habían muerto, podías pensar en ellos de una manera u otra: como difuntos, totalmente extinguidos, cuyo cadáver constituía la prueba fehaciente de que su ego, su esencia y su individualidad ya no existían; o bien podías creer que en algún lugar, de algún modo, según qué religión profesaras, y el fervor o la tibieza con que la profesaras, seguían vivos, o de una forma prevista por textos sagrados o de alguna otra forma aún incomprendida. Era una de las dos; no había una postura transaccional entre ambas, y George, en privado, tendía a pensar que la extinción absoluta era la más probable. Pero cuando uno estaba en Hyde Park una tarde calurosa de verano, entre miles de seres humanos, pocos de los cuales estarían pensando en la muerte, era menos fácil pensar que aquella cosa intensa y compleja llamada vida sólo fuese un azar acontecido en un oscuro planeta, un momento fugaz de luz entre dos eternidades de tinieblas. En aquel entorno era posible sentir que toda aquella vitalidad tenía que perdurar de algún modo, en algún sitio. George sabía que no estaba a punto de sucumbir a un arrebato de sentimiento religioso; no iba a pedir a la Asociación Espiritista de Marylebone algunos de los libros y folletos que le habían ofrecido cuando les compró la entrada. También sabía que seguiría sin duda viviendo como hasta entonces, practicando como el resto del país -y sobre todo a causa de Maud- los ritos generales de la Iglesia de Inglaterra, y los practicaría con una especie de desgana y de imprecisa esperanza hasta la hora de la muerte, en que descubriría la verdad del misterio o -lo más probable- no descubriría nada. Pero aquel día, mientras un caballo y su jinete pasaban por delante, tan condenados a fenecer como el príncipe Alberto, pensó que veía un poco de lo que sir Arthur había llegado a ver.
Todo esto le dejó sin resuello y empavorecido; se sentó en un banco para serenarse. Miró a los viandantes, pero sólo veía a muertos caminando; presos en libertad condicional a los que podían llevarse en cualquier momento. Abrió Memorias y aventuras y empezó a pasar páginas para distraerse. Y al instante dos palabras saltaron ante sus ojos. Eran de un tipo de imprenta normal, pero le llamaron la atención como unas mayúsculas: «Albert Hall». Una mente más supersticiosa o crédula podría haber encontrado un significado a la coincidencia. George se negó a verlo como algo más que una casualidad. Con todo, leyó y se distrajo. Leyó que, casi treinta años atrás, a sir Arthur le habían invitado a actuar de juez en un concurso de forzudos celebrado en el Albert Hall; y que, después de una cena con champán, al salir a la noche desierta había descubierto que unos metros más adelante caminaba el ganador, un tipo sencillo que se disponía a recorrer las calles de Londres hasta la hora de subir al tren de vuelta a Lancashire. George se siente de pronto en un vivido país de ensueño. Hay niebla y el aliento de la gente es blanco, y un forzudo con una estatuilla de oro no tiene dinero para pagarse una cama. Lo ve por detrás, como lo vio sir Arthur; ve el sombrero ladeado, la tela de una chaqueta tensada por hombros poderosos, una estatuilla portada al desgaire debajo de un brazo, los pies de ésta mirando hacia atrás. Perdido en la niebla, pero a la espalda tiene a su salvador corpulento, afable, con acento escocés y al que no le arredra actuar. ¿Qué será de todos ellos -el abogado injustamente acusado, el corredor de maratón extenuado, el forzudo sin dinero- ahora que sir Arthur les ha dejado?
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