José Gironella - Los Cipreses Creen En Dios
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Ésta crónica de la época de la Segunda República es la novela española más leída del siglo XX. José María Gironella relata la vida de una familia de clase media, los Alvear, y a partir de aquí va profundizando en todos los aspectos de la vida ciudadana y de las diversas capas sociales.
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Le aterró la pérdida de la gracia, la pérdida de la blancura de su mano. Bajo las sábanas, él y Dios. Le aterrorizaba la confesión del día siguiente, la noche sería interminable.
Al toque de la campana fue a los lavabos. Un seminarista le tiró, bromeando, agua en la cara. Él frotaba, frotaba sin cesar.
Luego, en la capilla, se arrodilló en el confesionario. El confesor era el padre Anselmo, hombre sin tacha.
– Padre, he pecado.
El confesor le escuchó. Luego le hizo preguntas. «No sé, padre, no sé…» El padre Anselmo le habló de la pérdida de la vocación, le preguntó si los muros del Seminario se le antojaban tristes. «Pues… un poco sí, padre…»
¡Natural! El pecado entristece los ojos del alma. Le habló de las pasiones, citó las palabras «estercolero» e «infierno». Le dijo: «Si no te dominas, estás perdido».
Ignacio asentía con la cabeza, presa de un sufrimiento inexplicable. Porque en lo íntimo de su ser pensaba que lo que él necesitaba eran armas para defenderse, y, sobre todo, consuelo. Sufría ya que, por esfuerzos que hiciera, no conseguía justificar la palabra estercolero, ni la palabra infierno le causó el horror esperado.
Por lo demás, ¿cómo era posible que estuviera perdido? Salió del confesionario hipando.
A las pocas semanas se proclamó la República. Matías Alvear se alegró lo indecible. Al parecer, se alegró Gerona entera. Una llama tricolor iluminaba las casas a derecha y a izquierda del río. En Telégrafos, un compañero de trabajo le dijo al padre del seminarista: «¡A ver si tu hijo, en vez de dar hostias, las recibe antes de tiempo!» Matías se quitó el lápiz de la oreja, sin contestarle como se merecía, porque pensó que es ley que en todo movimiento haya exaltados.
Carmen Elgazu también se alegró. Ella no entendía de política, pero uno de sus hermanos, que había sido croupier en el casino de San Sebastián, le escribió que aquélla era la gran ocasión que tenían los vascos para hacer prevalecer sus derechos.
Ignacio, al recibir la noticia, se conmovió. Las caras de los profesores reflejaban una miedosa expectación. La palabra república, oída desde el interior del Seminario, sonaba a algo nuevo, reformador. Ignacio suponía que de un momento a otro llegaría un delegado de la autoridad y diría: «¡A ver, los seminaristas pobres, un paso al frente!» Y que por lo menos los alimentarían con abundancia durante un mes y que luego instalarían calefacción, celdas individuales, pantallas.
Un chico le dijo:
– Sí, sí. Todo eso lo harán en las escuelas laicas, pero en el Seminario…
Y, sin embargo, a Ignacio la noticia le había alegrado sin saber por qué, acaso porque le constaba que su padre consideraría aquello un gran adelanto, lo mismo que toda la familia.
Y así era. En realidad, sólo una persona en el piso de la Rambla lamentó la venida del nuevo régimen: Pilar.
Para su mentalidad infantil las palabras rey y reina eran mágicas. Significaban fiestas, carrozas, coronas; por el contrario, las palabras «presidente de la República» dejaban su imaginación totalmente huera. Cuando se lo dijo a su padre, éste sonrió:
– No seas tonta. Cuando seas mayor comprenderás que lo bueno que tiene es precisamente éso, que el presidente de la República sea un hombre como los demás.
Pero Pilar se retorcía las trenzas inquieta.
CAPÍTULO III
Al mes exacto de la proclamación de la República, en mayo de 1931, estando Matías Alvear de servicio en la oficina, el aparato telegráfico a su cargo comunicó que en Madrid ardían iglesias y conventos, entre ellos el de los Padres jesuitas en la calle de la Flor. Inmediatamente pensó que su hermano Santiago habría figurado entre los asaltantes. Y en efecto, no erró.
A los pocos días el propio Santiago se jactaba de ello en una carta, en la que decía que ya era hora de acabar con tanto cuento. Luego añadía que su hijo José -que por entonces debía de rozar los veinte años- se había portado como un hombre.
La preocupación de Matías Alvear fue escamotear periódicos y cartas para que Carmen Elgazu no se enterara de aquello, y lo consiguió. En cambio, en el Seminario se filtró la noticia. Faltaba un mes para terminar el curso. Ignacio, pasado el primer estupor, reaccionó como su padre: «Unos cuantos exaltados, unos cuantos exaltados…»
César se enteró porque en los Hermanos de la Doctrina Cristiana no se hablaba de otra cosa. ¡Iglesias quemadas! El chico quedó hipnotizado. También pensó: «Quién sabe si mi primo de Madrid… Y mi tío…» Pero tampoco había visto la carta. Le pareció un deber desagraviar de algún modo a Dios. Al salir del Colegio tomó automáticamente la dirección de la Catedral. Y allá permaneció, solo y diminuto bajo la bóveda inmensa, hasta que el sacristán salió de un muro haciendo tintinear sus gruesas llaves.
El aspecto de la ciudad había cambiado. Carmen Elgazu regresó de la compra diciendo: «No sé qué les pasa. No pueden soportar que no hable en catalán». En todas partes se formaban corros, sobre todo en las esquinas y los puentes.
Matías Alvear había notado el cambio en la barbería donde acostumbraba a servirse. «¡Vamos a dar pal pelo a más de cuatro!», decían sin precisar. En el Neutral la radio tocaba todo el santo día La Marsellesa y el Himno de Riego . En los balcones de los partidos políticos que durante la Monarquía llevaban vida lánguida, el rótulo había sido barnizado de nuevo, y siempre se veían, bajo el asta de la bandera, dos o tres hombres fumando.
Aquel mes pasó de prisa e Ignacio se presentó a los exámenes finales. Su decisión estaba tomada, por lo que contestó a los profesores sin nerviosismo alguno. Ello le valió las mejores notas, que nunca había tenido. «¡Con lo contenta que estaría mi madre si esto fuera de veras!», pensaba. No había comunicado a nadie, ni siquiera al padre Anselmo, su proyecto. Siguió las costumbres del Seminario como si tal cosa. Escuchó los consejos para las vacaciones, subió a los dormitorios, preparó la maleta, se despidió afectuosamente de sus condiscípulos. Luego se fue a los lavabos y robó, como recuerdo, una bombilla.
Cruzó el umbral. ¡Gerona! Respiró. Bajó las escalinatas de Santo Domingo. Vio en los balcones las banderas y los hombres fumando. Subió al piso de su casa. Su madre había salido a la función de las Cuarenta Horas y el muchacho se alegró de ello. Prefería hablar primero con su padre a solas. Cuanto antes mejor. Ardía en deseos de hacer los proyectos de su nueva vida, orientarla en algún sentido concreto; pero temía la reacción de su madre. El disgusto que se llevaría sería tan grande, que la idea le anonadaba. Su padre era la única persona en el mundo que podía mitigar las cosas.
Había imaginado mil preámbulos. En el momento de la verdad dijo, simplemente:
– Padre, no quiero volver al Seminario.
Todo fue más fácil de lo que cabía esperar. Matías, que estaba pescando en el balcón, izó lentamente la caña. Luego dio media vuelta y miró a su hijo.
– No te preocupes. Ya lo esperaba.
Ignacio sintió un gran consuelo en su corazón. Quería dar un beso a su padre. Éste entró con lentitud en el comedor y dejó la caña en su rincón de siempre.
– Tu madre se llevará un gran disgusto.
– Ya lo sé.
Matías entró en la cocina a lavarse las manos.
– Vamos a ver si la consolamos.
La cosa se reveló difícil. Carmen Elgazu reaccionó más dramáticamente aún de lo que se había supuesto. Se lo comunicaron después de cenar, cuando Pilar ya se había acostado. Levantó los brazos y estalló en un extraño sollozo. Miró fijamente a Ignacio y estrujó el delantal. «Pero… ¿Por qué, por qué?» Ignacio optó por retirarse a su cuarto y Matías no sabía qué hacer. Fue preciso pasar la noche prácticamente en vela y al día siguiente llamar a mosén Alberto para que tratara de hacerla comprender. A Carmen Elgazu le parecía que, de pronto, se había convertido en una mujer estéril.
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