José Gironella - Los Cipreses Creen En Dios

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La novela española más leída del siglo XX
Ésta crónica de la época de la Segunda República es la novela española más leída del siglo XX. José María Gironella relata la vida de una familia de clase media, los Alvear, y a partir de aquí va profundizando en todos los aspectos de la vida ciudadana y de las diversas capas sociales.

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Al día siguiente, al levantarse, se colocó en la fila con la mejor voluntad. Llevaba aún pantalón corto y le ordenaron: «Di que te traigan unas medias. Negras».

– ¿Medias…?

– Sí. No vas a andar por ahí enseñando esos muslos.

Luego, en el patio, se instaló un barbero con una máquina y unas tijeras, y fue cortando al rape el pelo de todos los nuevos ingresados. Ignacio quedó estupefacto; no había pensado en aquello. Quería seguir el curso de los cabellos que le iban cayendo en el pantalón, en las mangas, en el suelo, pero unos y otros no tardaban en confundirse con los de los seminaristas que le habían precedido.

Todo lo aceptó. Que la inmensidad del edificio le diera vértigo, no le sorprendía. Era tan inmenso, que de repente parecía solitario, a pesar de cobijar a trescientos doce seminaristas y estar bajo la advocación de la Sagrada Familia. Pero tenía muchas ventajas. Estaba situado en el centro del barrio gótico. Todos los edificios circundantes eran nobles y su solidez le recordaba, sin saber por qué, la que a veces se desprendía del cuerpo de Carmen Elgazu. Por otra parte, y para que la ilusión fuera completa, se divisaba la cúpula de Correos y Telégrafos, donde trabajaba Matías Alvear.

Era muy niño. Se le escapaba el sentido de la palabra «trágico». Por ello no acertaba a definir la impresión que, de pronto, a las cuarenta y ocho horas, le causó el Seminario. Rezaba mucho, en la capilla miraba con fijeza el Sagrario, seguía el grave paso de los profesores pensando: «Cuando yo pueda llevar sotana…» En el patio, a la hora de recreo, era una auténtica furia pegándole patadas a una pelota de trapo, las únicas permitidas, porque las de goma saltaban la tapia y las invisibles niñas de un colegio vecino chillaban bromeando y se negaban a devolverlas. Se repetía mil veces por día: «Soy feliz, soy feliz». Pero le invadía el desasosiego.

Él lo atribuía a la brusca separación de la familia. «¿Qué estaría haciendo César, qué estaría haciendo Pilar?» Pero, a pesar suyo, observaba. Le pareció que la comida era escasa, aunque evidentemente la gula era un pecado. Le preguntó a otro chico: «¿No te parece que en este patio hay demasiado polvo? Fíjate, fíjate…» El chico le miró inquisitivamente y aquello selló sus labios por una semana.

A los ocho días tenía hambre. Un hambre atroz. Comprendía que trescientas bocas eran muchas y que el Seminario era pobre; pero tenía hambre. Y además, le dolían los ojos a causa de las bombillas. No había pantallas en ningún sitio. Las bombillas pendían del techo desnudas, amarillentas, temblando por dentro como viejos gusanos. ¡No mirarlas y sanseacabó! Pero una de ellas pendía precisamente frente a sus ojos, en la sala de estudio. Una bombilla horrible con hilillos internos que temblaban como fuego. Aquella bombilla le causaba intenso dolor en las sienes, y le parecía oír un zumbido. «Si pusieran una pantalla…»

La sola idea de que acaso no tuviera vocación le producía tal malestar, que se sentía capaz de soportarlo todo. ¡Vicario, vicario del pueblo! Y las asignaturas le interesaban. ¡Qué hermoso el latín, qué hermosa la Historia! El profesor de Historia era un hombre magnífico, que hablaba de los cartagineses como su padre, Matías Alvear, contaba aventuras de Madrid. «Musa, musae.» A su madre se le caería la baba oyéndole: «¡Hijo mío, estás hecho un predicador!»

Pero no todo el mundo se parecía al profesor de Historia. Los ayos, los ayos le tenían obsesionado, aunque en esto no estaba solo; a muchos otros seminaristas les ocurría lo mismo. Todos los ayos llevaban lentes con montura metálica y al leer libros santos durante las comidas arrancaban de sus pechos el más lúgubre tono de voz de que eran capaces. Ignacio pensaba: «Tal vez sea su voz». Pero le extrañaba que las voces de todos los ayos, sin excepción, fueran tan lúgubres. Su vecino le dijo: «Yo, durante el almuerzo, ni lo noto». Y era verdad. Durante el almuerzo llegaba luz de afuera, del patio, rayos de sol que brincaban en las cabezas redondas de los chicos, alegrándolas; pero a la hora de la cena era otro cantar. La tristeza de la noche había ganado los muros. El ayo se sentaba en el púlpito y una de las bombillas amarillentas, pegada a sus sienes, le iluminaba entre sombras chinescas. Y de este modo se ponía a leer.

Cuando sus padres fueron a verle, todo se le pasó. «¡Ya lo creo que me gusta!» Carmen Elgazu le llevó butifarra, queso, chocolate. Hubiera querido abrazarlos a todos una y otra vez, pero no daba tiempo. Diez minutos de conversación. César miró un momento al patio y dijo: «¡Qué bien debes de estar ahí!», y Pilar le tiraba de las orejas. Matías Alvear echó un vistazo a las paredes y luego al chico. Carmen Elgazu hablaba con el padre rector: «Muy bien, muy bien. Estudia mucho. Tal vez un poco criticón…» y se rió.

¡Criticón! Falta de obediencia, poco espíritu de sacrificio. Ignacio, en señal de penitencia, pensó en repartir entre sus condiscípulos la butifarra, el queso y el chocolate. Pero tenía hambre, un hambre atroz. Y en cuatro días se lo comió todo.

¡Qué bien le supo la visita de la familia! Le dieron a leer la última carta de la abuela: «Decidle a Ignacio que rezo por él todos los días».

Terminadas las provisiones, se plantó ante uno de los ventanales y vio su silueta. Entonces enrojeció. ¡Medias! Llevaba medias. Le pareció grotesco. Se pasó las manos por las piernas. «Aunque seminarista, soy hombre», se dijo. Luego vio la forma de su cráneo pelado. Se pasó la mano por él. Cien veces. Pensó en el mechón de pelo que caía sobre la frente de César. ¡Pensó incluso en las trenzas de Pilar! En el moño de su madre. Y en las plateadas sienes de su padre. Menos mal que sus trescientos condiscípulos iban de idéntica suerte. Menos mal que, aparte la familia, no se recibían visitas nunca.

La hora más alegre para él continuaba siendo la de la clase de Historia. Y luego, la de la pelota de trapo. Un día la tiró a propósito, por encima de la tapia, al patio de las chicas del colegio vecino. En todo el Seminario se hizo un silencio aterrador, y él mismo quedó sorprendido de su acto. Un ayo pasó por allí.

– ¿Qué le ocurre, Alvear? ¿Juega al tenis?

Y todo el mundo se rió.

El combate duró tres años. Durante el curso conseguía aclimatarse, porque se nutría en el Sagrario todas las mañanas y porque había una docena de personas que rezaban por él; pero al llegar las vacaciones estaba perdido. El contacto con la ciudad traía el desconcierto a su espíritu.

En primer lugar, la familia. El piso era alegre, pues Carmen Elgazu les sacaba brillo a todos los metales, y Pilar lo barría de arriba abajo a diario. Luego, el perchero. El flamante perchero en el que Matías Alvear colocaba el sombrero, siempre en el mismo gancho, hasta el punto que él, César y Pilar tenían una apuesta hecha para el día en que se equivocara. Luego, la radio galena. Matías Alvear había comprado una radio galena. Por desgracia, sólo se oía la emisora local, y aun en forma vaga y lejanísima. Pero algo es algo y todo aquello era alegre.

Luego, las distintas iglesias. Podía variar de templo, no ocupaba siempre idéntico banco en la misma capilla. Hoy al Sagrado Corazón, mañana a San Félix, pasado mañana a la Catedral.

Y, sobre todo, la gente. Ver pasar gente distinta, varia, la humanidad. Claro está, le estaba prohibido salir de paseo en horas de bullicio y más aún levantar la vista en dirección a paredes y carteleras. Pero… en su casa había un balcón que daba a la Rambla. Espléndido palco al mediodía, a la hora en que toda la juventud de la población se daba cita bajo el sol, y antes de cenar, a la salida del trabajo.

El balcón de la Rambla turbaba el espíritu de Ignacio. Tanto, que consiguió que su madre accediera a ponerle pantalones largos, porque no quería ser visto con medias; por desgracia, en lo tocante al pelado al rape no había nada que hacer y mosén Alberto, sabio sacerdote que a través de las confesiones de la madre de Ignacio se había convertido en amigo de la familia, le había dicho al muchacho: «Mala señal, si verdaderamente deseas llevar el pelo largo».

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