José Gironella - Los Cipreses Creen En Dios

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La novela española más leída del siglo XX
Ésta crónica de la época de la Segunda República es la novela española más leída del siglo XX. José María Gironella relata la vida de una familia de clase media, los Alvear, y a partir de aquí va profundizando en todos los aspectos de la vida ciudadana y de las diversas capas sociales.

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Y con todo, en los primeros veranos no le había ocurrido nada de particular, salvo que en los paseos que daba con su hermano César, el seminarista parecía éste y no Ignacio, habida cuenta la manera de andar y los comentarios que los incidentes provocaban luego en uno y otro.

Éste era uno de los detalles que más habían llamado la atención de Matías Alvear. El contraste se iniciaba en el momento de elegir itinerario. Ignacio proponía siempre correrías alegres: al valle de San Daniel, donde cantaban aguas y pájaros; a un lejano recodo del Ter, donde podían bañarse… ¡con poca ropa! César, por el contrario, no se prestaba a tal complicidad, sino que decía: «No, no, yo prefiero las murallas, la Catedral, el Camino del Calvario».

Ignacio se veía obligado a acceder, y entonces el regocijo era el de César. Porque para el pequeño la Catedral, mole inmensa, con sus corredores, escalinatas -¿cómo llegar al campanario?-, altares jamás iluminados, y fosos, era una granítica caja de sorpresas que le encandilaba y en la que hubiera pasado las vacaciones enteras. Lo mismo que en los conventos, cuya sola fachada le enamoraba, por su seriedad. Lo mismo que el Camino del Calvario, con las catorce capillitas blancas que iban jalonando la colina, hasta llegar a la cima, donde una ermita presidía todos los alrededores de la ciudad. ¡Sí, sí, definitivamente César prefería esto al mar de allá abajo, al mar de Málaga! Sobre todo desde que Ignacio le dijo un día: «Un seminarista me ha asegurado que por ahí, por San Félix, deben de encontrarse las Catacumbas».

¡Las Catacumbas! César soñó noches enteras con esta palabra.

Luego, Matías Alvear oía los comentarios que hacían uno y otro. Al parecer, los dos hermanos discutían siempre durante el trayecto, si no de palabra, pues César era muy tímido y muy callado e Ignacio le quería mucho y además procuraba refrenar sus propios impulsos, por lo menos de obra. Matías Alvear contaba siempre lo que les ocurría al subir al castillo de Montjuich, montaña árida e impresionante, donde todavía asomaban huesos de cuando la guerra con los franceses.

Al parecer, Ignacio quería saltar entre las piedras y los huesos, respirar hondo, y golpearse el pecho de felicidad; César, no. Se detenía, y en cada piedra, brizna de hierba o reflejo mineral, veía lo de siempre: el milagro. «¡Bien, darlo por sabido y adelante, echar a correr!» No, al parecer César quería darle vueltas a ese milagro, y meditarlo. Con lo cual la tarde corría de prisa y había que regresar a casa sin que Ignacio hubiera podido ver la mitad ni la cuarta parte de las cosas que se había propuesto.

– ¿Te parece lógico todo esto? -le decía Matías Alvear a Carmen Elgazu. Ésta contestaba:

– ¿Qué mal hay en ello? Ignacio está encerrado todo el año. Necesita expansionarse.

Carmen Elgazu no dudaba en absoluto respecto de Ignacio. Sabía que al llegar septiembre el muchacho le diría: «Madre, hay que preparar las camisas, los calzoncillos, los calcetines. Y que las iniciales sean visibles…» Por ello, cuando los veía regresar, les daba a uno y otro la merienda que se merecían y luego les decía, con la mayor naturalidad: «Sentaos, chicos, que hay carta de la abuela». Y en la manera de sentarse uno y otro para escuchar, Carmen Elgazu se convencía de que estaba en lo cierto. «Nada, nada -pensaba-. César parece más respetuoso porque es más tímido. Pero Ignacio oye todo sin pestañear.»

Y, no obstante, el tercer verano fue decisivo. Ignacio se contuvo más que nunca, disimuló, se mordía los labios y el alma, pero el balcón de la Rambla le atraía de una manera fatal. Y así como en las vacaciones anteriores contemplaba el ir y venir en abstracto, el de la vida discurriendo tranquila, los chicos que compraban mantecados, la gente que bailaba sardanas, al verano siguiente los ojos se le iban tras las parejas. Muchachos y muchachas mayores que él… unos y otras con brillante cabellera. Riéndose, cuchicheándose cosas al oído, de repente cogiéndose de la mano o del brazo.

¡Cogerse de la mano! Ignacio no sabía lo que era. Sólo había llevado de la mano a Pilar, algunas veces en que ésta le acompañaba a misa, cuando Carmen Elgazu le decía a la muchacha: «¡A ver si eres más devota, Pilar, que parece que en la iglesia te pinchan!», y otra vez le tomó de la mano César, en ocasión de aparecer en el cielo el arco iris. Pero su hermana era su hermana, y lo de César le resultó desagradable; en cambio, ir de la mano con una chica de quince, de catorce, de dieciséis…

Aquel pensamiento se le clavó en la mente como los auriculares de la galena se clavaban en las orejas de su padre. Y por más que hizo no consiguió arrancarlo. A veces se contemplaba su palma derecha, impecable, casta, que no había rozado nada que no fuera sagrado. Y notaba en ella un ligerísimo temblor, en las diminutas estrías de la piel, en la raya del corazón, en la de la cabeza y, sobre todo, en la de la vida. Sufría mucho por ello y se daba cuenta de que, aun sin mirarlas, había visto las carteleras de los cines. ¡Santos Dios! «Madre, hay que preparar las camisas, los calzoncillos, los calcetines.» «Vicario de pueblo, para ayudar a las niñas bizcas y a la gente que viaja en tercera.» A veces se despertaba sobresaltado. Le parecía tener ante sí el Padre Superior señalándole con el índice: «¡Alvear! ¿Por qué has tirado otra vez la pelota de trapo al otro lado de la tapia?»

Ignacio volvió al Seminario arrastrando los pies. Una docena de personas rezaba por su vocación, entre ellas César. Y, sin embargo, en cuanto la puerta se cerró tras él, se dijo: «No hay nada que hacer». Ya no se trataba del hambre, del horario absurdo, de los corredores sombríos. Ponía objeciones tremebundas, desarrolladas con la edad. ¿Por qué los profesores no le hablaban nunca de la pobreza, de la miseria que sufría el mundo, de la que había en Gerona, por el barrio de Pedret y la calle de la Barca? ¿Por qué aquella religión puramente defensiva? Tenía catorce años. Iba para quince. ¿Cómo entendérselas luego, cuando saliera sacerdote, con las personas que pecaban en el mundo, con los amigos de su padre que bromeaban al ver pasar la procesión, con los chicos que escamoteaban el dinero en sus casas para comprarse helados, con las parejas cuyas manos temblaban al enlazarse…? A Ignacio le parecía que las trescientas cabezas que se educaban allí acabarían siendo trescientas cabezas trágicas. Trágicas… ¡Era preciso salir de allí! De lo contrario, entre las trescientas cabezas se contaría la suya.

Combatió hasta que las imágenes entrevistas en el verano se acumularon de tal suerte en su cerebro que le mancharon. No supo cómo ocurrió, no acertó a explicárselo. Navidad se acercaba; la cúpula de Correos resplandecía al sol invernal. Todo el día estudió y jugó como un jabato para agotarse. De pronto, al toque de silencio, después de rezar las oraciones en la capilla, todos los seminaristas subieron en fila a los dormitorios, haciendo resbalar las manos a contrapelo en la barandilla de la escalera.

En silencio entró cada cual en su pequeña morada, corrió las blancas cortinas, se desnudó. Al cabo de diez minutos todas las camas habían crujido, incluyendo la suya. Oyéronse los pasos del ayo, la luz se apagó.

Entonces Ignacio, sin saber cómo, descubrió su cuerpo. Quedó inmóvil y aterrorizado. Le pareció que acababa de verter su última probabilidad. Lloró quedamente y hubiera jurado que oía el llanto de Carmen Elgazu. Y no obstante, una extraña dulzura invadía su cuerpo… ¡Qué misterio, Señor! Escuchó el silencio del dormitorio. Y al no oír una sola respiración fatigosa, una sola convulsión, entendió que todos los demás seminaristas dormían un sueño santo y se sintió culpable único.

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