Salvador Aguilar - Regocijo en el hombre

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Regocijo en el hombre: краткое содержание, описание и аннотация

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Premio Eugenio Nadal 1983
Regocijo en el hombre es una documentada visión del mundo anglosajón y vikingo que nos ofrece tres relatos narrados en primera persona, cuyo resumen configura la historia en todos sus detalles. Un obispo, un rey y un príncipe. Tres protagonistas de un argumento común pero a la vez con una perspectiva propia. A lo largo del relato van surgiendo los conocimientos, las concepciones políticas, morales y religiosas de la mano de un escritor pródigo en recursos. El uso del lenguaje, los modos arcaicos de resonancias clásicas, mantiene su calidad a lo largo del libro, no desmayando su interés en ningún momento. Al final, es la solidaridad la que triunfa, la que enriquece a cada uno de nosotros, pues el hombre se regocija en el hombre, como canta el poema vikingo.

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Contemplamos los lugares en Cafarnaúm donde curó el Señor al paralítico y la sinagoga a la que envió al endemoniado, y las siete fuentes abundantísimas donde realizó el milagro de saciar al pueblo con cinco panes y cinco peces, colocados sobre una piedra que es ahora altar y ya sólo se contempla en parte, de tanto llevarse trozos los peregrinos para su salud, que para todo aprovecha. Y mucho temo que pronto los peregrinos acaben con él y pierdan para siempre el remedio santo.

Por los mismos parajes se encuentran los restos de la sinagoga maldita por el Señor, que estaban construyendo los judíos cuando les preguntó en qué se ocupaban y le replicaron displicentes que nada hacían. A lo que contestó el Señor que si nada hacían nada sería para siempre, y así cada noche se les caía lo que edificaban en la jornada. Y de aquí han tomado los gentiles el ejemplo de aquella reina, esposa del pirata Ulises, que se le destejía por la noche lo que aderezaba en el día.

Fue por estos lugares por los que caminando en gusano llegamos a la casa donde el apóstol Mateo ejercía de recaudador, y ello me incitó a poner en práctica la determinación que venía madurando, y aquí debo confesar que en empujarme tuvo parte principal Jordino, que últimamente me instigaba. Porque el general céltico que dirigía la cabeza tenía dispuesto torcer allí el sendero para Tarso y regresar por Constantinopla, olvidando a mis muy queridos monacales de Egipto.

Nunca hubiera ocasión de graves controversias en cuantos años durara el peregrinaje, que a todos nos animaba la vida en común, pues éramos cenobio ambulante. Aunque la paz se mantuviera principalmente por mi particular renuncia, desoyendo los constantes consejos de Jordino que nunca paró de importunarme. Y aunque el general pareciera renuente a dispensarme, siquiera fuese temporal, de la promesa de silencio, porque tenía en duda si su autoridad alcanzaba, algún día se desbocó mi lengua. Entonces dijo que, pues el pecado estaba consumado, mejor sería dispensarme, no fuera que lo repitiese, visto que no era suficiente para contenerme en la disciplina.

Nunca tuviera dificultades para mantenerme en ella mientras fuera eremita en el bosque, ni tampoco cuando la Providencia me regaló a la dulce vaquerilla, cuyos gestos resultaban siempre más graciosos y precisos que los libros de los gramáticos. Pero no acontecía así siendo peregrino, que yo renunciaba en favor de los hermanos a un caudal superior, de clara y confortadora agua, y en cambio era turbia la que recibía, teniendo encima que soportar las burlas de Jordino que mucho me zaherían. Y más de una vez protesté respetuoso porque nunca quedaba hueco junto a la vaquerilla durante la noche, rodeada su yacija de Halcones Peregrinos, custodiada por ellos como un tesoro. Y había de conformarme con otra hermana, arrugada y fláccida, cuando lo que me apetecía era la exuberancia y frescura de la vaquerilla, que además no me enojaba refiriéndome sus muchos pecados, mientras que a las hermanas, sobre recostarse en mi seno, les daba por la humildad y aprovechaban para vaciarme los pliegues de su alma.

Así que en llegando a la casa del Apóstol consumero -ocupaba en el gusano el penúltimo anillo y lo remataba la vaquerilla-, levanté un tanto la capucha para orientarme y conforme torcieron ellos hacia el norte derroté yo al sur, seguido por la vaquerilla con su gallardetón, pues ella no vislumbraba otro panorama caminando que los pies que la precedían, como cada cual. Y debo añadir aquí la secreta complacencia que me produjo emprender el camino divergente, que me hacía recuperar lo que tanto tiempo llevaba perdido. Tampoco debió de causar disgusto a la hueste mi determinación, pues escuché el suspiro de complacencia de Jordino.

Largas eran las jornadas y duro el sacrificio que el desierto interminable imponía; más doloroso todavía me era por la vaquerilla, inmenso tesoro rescatado que volvía a alegrarme con su confortadora dulzura, como las mieles del paraíso. Así proseguimos hasta que nos recibieron los santos monjes catalinos en su monasterio recostado en las faldas del Sinaí, en cuya cima permaneció Moisés cuarenta abrasadores días y cuarenta gélidas noches, mientras en el valle fabricaban el becerro de oro allá por los parajes donde, apacentando el rebaño de su suegro, le hablara Dios desde la zarza.

Nos quitaron las sandalias y nos lavaron los cansados pies, como Nuestro Salvador hiciera con sus discípulos, y mucho se lo agradecimos. Nos reconfortaron además con sus humildes alimentos que nos parecieron manjares tras el largo ayuno del desierto, donde comimos cuantas clases de criaturas el Señor nos puso delante. Todos los frailes nos obsequiaban con camuesas, amén de otras frutillas cultivadas en sus huertos particulares.

Permanecimos en tan santa compañía hasta restaurar nuestras fuerzas, sujetos a las reglas que nos ponían en pie a maitines para comenzar el oficio nocturno, y seguíamos con laudes, primas, tercias, sextas y nonas, concluyendo con vísperas y completas antes de acostarnos, que lo hacíamos con gusto después de la santa dedicación.

Subir a la cumbre del Sinaí nos llenó de emoción: no quise hollarla con las sandalias, pues estaba pisando tierra santa, y las heridas que me producían las afiladas piedras me dolían menos que debieron las lanzadas al costado de Nuestro Señor Jesucristo, que las soportó por todos nosotros. Desde aquella altura contemplaba Egipto, el Mar Rojo, la Palestina, y hasta el Mar Pantélico se adivinaba, desde Grecia hasta Alejandría, y a derecha e izquierda el dilatadísimo país de los sarracenos que parecían poseídos como huestes infernales, pues el diablo nunca ceja en su lucha contra los cristianos, y de ello hartas pruebas tenía. Mirando más cerca contemplábamos al pie el valle donde llovieron el maná y las codornices que calmaron el hambre y confortaron el desaliento del pueblo elegido.

Cruzamos el Mar Rojo y nos adentramos por los áridos desiertos camino del río Nilo, en busca de los primeros asentamientos de mi reverenciado padre San Antonio, fundador primero de los eremitas, que tengo por convencimiento ser la más santa de todas las vidas dedicadas al servicio divino. Sin escatimarle alabanzas a la vida comunitaria, que a poco fundó el no menos reverenciado padre mío Pacomio, quien ya permitió consumir el pan, además de los vegetales, el queso, el pescado, la fruta y el mosto. Con lo que vino a llenarse la Tebaida de monasterios con apretados racimos de monjes, vírgenes y viudas. Lo que impulsó a otros a aumentar su soledad, encadenados a una roca o inmóviles en el suelo, y hasta mantenerse treinta años encima de una columna, y no es que permaneciera ocioso pues desde su altura despachaba con sabios y prudentes consejos a quienes le planteaban problemas espirituales y humanos.

La ruta se nos convertía ahora en más placentera, conforme jornada tras jornada descendíamos por la ribera del río, gozando las maravillas con las que Nuestro Señor nos regalaba. La vaquerilla, quien al encontrarnos en solitario se subía el capuchón y levantaba la vista dejando reír sus ojos claros, manifestaba ahora una alegría que antes perdiera porque, me confesaba con gestos, sólo por disciplina y acatamiento soportara el rigor de la Hermandad, bien fatigosa por cierto, que cada noche la agobiaba con todo su peso hasta robarle la alegría y el contentamiento, aunque nunca rehusara la obligación, pues sobre la disciplina le mandaba el carácter -jamás negara a nadie lo que ella pudiera proporcionarle, que en eso pecó siempre por generosa-. Y no estaría disgustado el diablo lúbrico, el único de la legión que siguió morándome a juzgar por las muestras, que los otros seis mil y seiscientos sesenta y cinco parece que retornaron con su abad Meliar, para martirizar a otros monjes, según colegí por algunas palabras de Jordino, que se consideraba suficiente. Ahora transcurría el día feliz viendo la alegría resucitada de la vaquerilla, quien me contentaba por las noches cuanto podía desear, y además descansaba cuanto me placía. Que sobre servir a Dios con el rezo y el sacrificio, la santa vida y el cilicio, no quedaba otra cosa que mantener satisfecho al diablo para que todos nos estuviéramos en paz; pedíame la vaquerilla con sus desenvueltos gestos que, pues constituíamos una comunidad perfecta, nunca más nos juntáramos con Halcones ni monjes de ningún tipo, que ser eremita le resultaba lo más perfecto, y en ello coincidíamos.

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