Carmen Gaite - Retahílas

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En Retahílas, el viaje que realiza una anciana al pazo familiar para morir, acompañada de su nieta Eulalia, y la llegada sorpresa de Germán, el sobrino de Eulalia, producirá durante esa noche un intenso diálogo entre los dos que dará lugar a seis monólogos, en los que cada uno reconstruirá y contará qué ha sido su vida hasta entonces.

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No se me ocurrió pensarlo siquiera cuando me vi justo delante del portal de casa de la abuela y noté que me paraba y me quedaba un rato mirando el cuarenta y tres de la puerta como una clave descifrada de improviso, ni cuando ya estaba sin saber cómo entrando y pidiéndole la llave a la portera y oyendo cómo me decía ella que pobre doña Matilde, que menos mal que veníamos a verla alguno, con lo malita que andaba, no, nada de abismo, al contrario, que había hecho muy bien es lo que pensaba, y luego en el ascensor de cristalitos esmerilados, sentada en el banco estrecho de terciopelo, qué alivio, era como un arrullo ese ruidito tan típico que hace al rozar la puerta en cada piso y el ritmo lentísimo con que sube, un sedante para los nervios.

"Por fin has llegado, ¡vamos!", me dijo en cuanto entré. Fue oír la puerta, incorporarse y ponerse a palpar cosas a los pies de la enorme cama. "Vamos, pasa, pasa -repetía-, nos tenemos que ir." Tenía llena la cama de ropas en desorden, como si hubiera estado tratando varias veces de hacer un equipaje. Casi no se la veía a ella, tan flaca, manipulando entre aquellos revoltijos. "Vamos, ayúdame, no sobra tanto tiempo. Quiero volver allá, ya sabes." La puerta está lejos de su cama, tenía poca luz y además no me había mirado ni podía esperarme. Si no es por lo de la cita, de dónde se me iba a ocurrir a mí pasarme a visitarla con lo deprimida que estoy todo el verano y la manía que me había tomado ella últimamente; ni sabía que hubiera empeorado ni nada de su vida desde la última vez, por marzo sería, cuando rompió en dos el bastón de bambú y me echó con cajas destempladas insultándome a gritos por el hueco de la escalera, tanto que me asusté y desde allí mismo fui directamente a contárselo a tu padre por si entre los dos tomábamos una determinación. Estaba muy ocupado y me hizo poco caso, dijo que a los viejos hay que dejarlos en paz y que no me quisiera meter a redentora como siempre, que a él también le insultaba como a cualquiera que apareciera por allí y sin saber siquiera si se estaba dirigiendo a vivos o a muertos. "Pues eso es lo grave -le dije yo-, que no sabe a quién habla." Pero él se empeñaba en quitarle importancia, un poco porque debía tener prisa y también porque pasa siempre así con los asuntos de la abuela, nos negamos a coincidir: otras veces soy yo la que le digo que es un exagerado cuando me viene con algún problema y quiere echarme el peso a mí para quitárselo él de encima; nada, el primero que se ha encontrado con el problema, ése que lo rumie y apeche con él, el otro no quiere saber nada. Así que dijo que era cosa de su temperamento, que desde la muerte de Paulina, aquella vitalidad condenada tenía que buscar cauces de desahogo por donde fuera. "Le pasa, en el fondo, igual que a ti -me dijo-, que necesitáis inventaros una actividad para dominar a alguien, sólo que a ella, la pobre, ya no le cuadra más que pegar gritos." Sabe perfectamente que lo que más me puede fastidiar es que me compare con la abuela, seguramente porque de verdad me parezco un poco a ella y me molesta parecerme, por lo que sea, pero le dije "mira que tienes mala leche, pero has dado en el clavo, porque ahora mismo me parezco a la abuela en las ganas que me darían, si tuviera un bastón de bambú, de rompértelo en la cabeza". Acabó echándome porque tenía mucha gente en la antesala, pero al mismo tiempo invitándome a comer para el día siguiente, y ya salió con una majadería que no pude soportar, que Colette se pondría también muy contenta. "Mira, déjame en paz -le dije-, ya estamos más vistos que el tebeo para que me vengas con frases de cumplido, prefiero mil veces que me llames hija de Satanás", porque de sobra se sabe que Colette a mí no me puede ver, lo traen los manuales; y cumplidos Germán conmigo, eso no, es lo único que me debe, no se los aguanto. Conque precisamente ese día, mitad por rabieta y mitad por hartazgo, volví a tomar una vieja decisión, la de romper con lazos familiares para in eternum. "Se acabó -me dije en cuanto salí de allí-, se acabaron todos. Parientes y trastos viejos, pocos y lejos"; como si se pudiera, pero en fin, por lo menos esa vez me lo tomé más en serio que otras, hasta antesdeayer. Así que, fíjate, de no haber sido por lo rodado que vino todo, por la cita fallida, por encontrarme de pronto, después de los nervios y el calor de todo el día cuando no sabía dónde irme a caer muerta, delante del portal fresco y oscuro con su cuarenta y tres dorado encima, en uno de esos momentos en que las únicas raíces posibles remiten a la infancia, cómo se me iba a haber ocurrido subir a verla otra vez después de lo del bastón y, sobre todo, que es a lo que voy, cómo entiendes tú que ella me fuera a estar esperando. Pues nada, a pesar de eso era posible y no pude dudar que se estuviera dirigiendo precisamente a mí. No había yo pronunciado una palabra, ni ella ve apenas, ni me había mirado tampoco, ni dijo mi nombre, pero me hablaba a mí. Lo acepté porque era una evidencia demasiado clara para que pudiera extrañar, por la simple razón de que aquel mensaje solamente yo en el mundo habría sido capaz de entenderlo. "Hay que disponerlo todo, ¿has entendido?, ¡volver allí!", y como no le contestaba, la voz la tenía cada vez más alterada y nerviosa, pensé que estaba a punto de sufrir un ataque de ira de los suyos. Avancé hacia la cama totalmente serena y decidida; sentía que era como si me quitaran una piedra atravesada impidiéndome durante años la entrada del aire libre, obturándome los sueños, aplastándome los deseos. Y así, aunque el desorden de la habitación, su olor a cerrado y a medicina, los diferentes huecos dejados en el colchón por un cuerpo que se ha debatido en soledad, me evocasen mis propias zozobras y exasperaciones, germinadas entre las cuatro paredes del cuarto que acababa de abandonar y la comparación tendiera a ampliarse disparando mi imagen a cincuenta años de distancia con lo cual se volvía mío propio aquel enconado envejecer que estaba presenciando y que iba a dar en la mar que es el morir, lo cierto es que había recibido también al mismo tiempo con sus palabras, cuando me hacían ese encargo postrero, una especie de talismán contra el asalto de la incertidumbre, y de pronto respiraba bien y me sentía el cuerpo y notaba la firmeza del suelo debajo de mis pies. Así que le dije con una voz clara y segura: "Sí, he entendido, abuela"; y cuando se lo dije, ya junto a los pies de su cama, apoyada en aquella gran barandilla de hierro dorado, levantó los ojos, me miró y, te lo juro, es la mirada más seria que he recibido, aquí metida la tengo ya para siempre; era horrible saber -porque lo sentías- que unos ojos que casi no ven están abarcando, sin embargo, como desde la cresta de una ola, ese momento y todo lo de muy atrás a él y lo de muy después, conteniéndome a mí en una situación semejante a aquella, y también a ti, y a los hijos de tus hijos, nadie habría podido ver tanto ni tan allá. Se quedó así un poco con las manos en el aire, cogiendo una de aquellas prendas oscuras, y yo me senté en la cama y empecé a doblar ropas y a apartarlas, y entre el revoltijo me topaba con sus manos, qué frías las tenía y qué duras, como garras de gavilán. Se las acaricié. "Anda, deja -le decía-, no te preocupes, el equipaje lo haré yo." Y entonces se puso a llorar y a darme muchos encargos, relacionados casi todos con el acarreo del baúl y con una especie de inventario apresurado e incoherente de su contenido, y en medio de aquellos recados no hacía más que repetir como una salmodia: "Ha llegado la hora, ¿sabes?, ha llegado la hora". Fue cuando bajé a participarle a la portera que nos íbamos y a pedirle que subiera un rato mientras yo salía a contratar la ambulancia y a poneros el telegrama a vosotros.

G. Dos.

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