Janne Teller - Nada

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Pierre Antón deja el colegio el día que descubre que la vida no tiene sentido. Se sube a un ciruelo y declama a gritos las razones por las que nada importa en la vida. Tanto desmoraliza a sus compañeros que deciden apilar objetos esenciales para ellos con el fin de demostrarle que hay cosas que dan sentido a quiénes somos. En su búsqueda arriesgarán parte de sí mismos y descubrirán que sólo al perder algo se aprecia su valor. Pero entonces puede ser demasiado tarde.

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Abrí la puerta con precaución y entré.

Una terrorífica visión apareció ante mí.

La clase A rodeaba a Fierre Anthon formando un medio círculo.

Las narices golpeadas y torcidas; las cejas, abiertas; les faltaban dientes; los labios, manchados e hinchados; los ojos, azules y rojos; alguna oreja medio arrancada, y un par de ellos parecía que casi no se podían tener en pie. Todos estaban empapados de sangre y serrín. Pero no fue eso lo que vi. Lo que vi fue odio.

Odio. Más odio. De todos contra todos.

Cerré la puerta y avancé pegada a la pared de la serrería.

Pierre Anthon los miraba uno a uno.

– ¡Sois, maldita sea, una pandilla de idiotas! -estalló y meneando la cabeza se adelantó un poco-. ¡Si no existe nada que importe, no hay nada por lo que enfadarse! ¡Y si no existe nada por lo que enfadarse, tampoco existe nada por lo que pelearse! -Los recorrió a todos con la mirada como retando a cada cual a oponerse a lo dicho-. Así que ¿qué estáis haciendo? -Dio una patada al serrín. Miró en dirección al montón y soltó una carcajada burlona-. ¿Os peleáis por ese montón de basura? -y lo señaló desdeñosamente, pero mirándolo se quedó absorto en algo, aunque no era posible saber el qué.

Se acercó un poco más y caminó con lentitud alrededor del montón. Durante rato contempló el ataúd del pequeño Emil con el cuerpo putrefacto de Cenicienta encima. Examinó la cabeza de la perra en lo alto del montón, después dejó deslizar la mirada por encima, del telescopio a la Dannebrog y a Jesús crucificado. Y de los guantes de boxeo a la serpiente sumergida en formol, a las seis trenzas azules y a la bicicleta amarillo neón sobre la alfombra de rezos, a Oscarito muerto y al tieso dedo índice de Jan-Johan. Entonces descubrió algo que no entendía.

– ¿Por qué esa tela? -preguntó señalando el pañuelo a cuadros.

– ¡Es significado! -gritó Sofie, histérica-. ¡Es significado!

Fierre Anthon desplazó la mirada de ella hacia nosotros. Fue como si algo empezara a cobrar conciencia en su mente.

– ¡Ah, sí, se trata de significado! -gritó colérico agarrando a Sofie. La tenía sujeta por los hombros y la zarandeó hasta que dejó de gritar-. ¿Y por eso lo habéis vendido?

– Significado -dijo Sofie con voz apagada.

– ¡Significado, ja! -Pierre Anthon se rió burlón-. Si este montón de basura ha significado alguna vez algo dejó de hacerlo el día en que os pagaron por él. -Se volvió a reír. Soltó a Sofie y miró a Gerda-. ¿Cuál es el precio por Oscarito, Gerda? ¿Cuál es?

Gerda no respondió. Tan sólo se sonrojó y miró al suelo.

Pierre Anthon contempló la bandera y volvió la vista hacia Frederik.

– ¡La patria! -se burló-. ¿De verdad que vendiste la patria por el maldito dinero, Frederik? – y meneó la cabeza-. ¡Feliz de verdad de no tener que ir a la guerra contigo de general!

A Frederik se le cubrieron los ojos de lágrimas.

– ¿Y la alfombra de los rezos, Hussain? ¿Ya no crees en Alá? -miró a Hussain, que estaba cabizbajo-. ¿Cuál es el precio de tu fe?

Pierre Anthon continuó, nombró los objetos del montón uno a uno y nosotros también empequeñecimos uno tras otro.

– Y tú, Jan-Johan, ¿por qué no te permitías perder toda la mano si, de todas maneras, has mandado tu dedo al diablo y lo has vendido al mejor postor? Y tú, Sofie, ¿qué te queda tras venderte a ti misma?

No le respondimos.

Permanecimos allí plantados rascando el serrír con los pies y sin atrevernos a mirar a Pierre Anthon n los unos a los otros.

– Si eso hubiera realmente significado algo, no 1o habríais vendido, ¿verdad? -concluyó con eso su parrafada manoteando en dirección al montón de significado.

Pierre Anthon había ganado.

Pero entonces cometió un fallo. Nos dio la espalda.

XXIV

Fue Sofie la primera en salir corriendo hacia él; si los demás nos hubiéramos quedado quietos, Pierre Anthon se la hubiera sacado fácilmente de encima. Pero no lo hicimos. Jan-Johan la siguió, después Hussain, luego Frederik, Elise, Gerda, Anna-Li, el piadoso Kai, Ole y el gran Hans, y ya no quedaba sitio en su cuerpo para pegarle al mismo tiempo.

No sé si fue horroroso o no.

Viéndolo ahora de forma retrospectiva pienso que debió de ser muy horroroso. Pero no es así como lo recuerdo. Lo recuerdo más como caótico. Y bueno. Tenía sentido pegar a Pierre Anthon. Sentido el darle patadas. A pesar de que yaciera en el suelo sin posibilidad de defenderse y progresivamente dejara también de intentarlo.

Fue él quien nos arrebató el montón de significado, igual que un día nos arrebató el significado. Él tenía la culpa de todo. De que Jan-Johan hubiera perdido su dedo índice, de que Cenicienta estuviera muerta, de que el piadoso Kai hubiera profanado su Jesús, de que Sofie hubiera perdido la inocencia, de que Hussain hubiera perdido la fe, de que…

Él tenía la culpa de que hubiéramos perdido las ganas de vivir y de tener un futuro, y de nuestra confusión.

Lo único que sabíamos era que Fierre Anthon tenía la culpa. Y que pagaría por ello.

No supimos cuál era el estado de Pierre Anthon cuando abandonamos la serrería.

Yo sé qué aspecto tenía, aunque no fue lo que le dije a la policía.

Yacía raramente desfigurado con el cuello colgando hacia atrás, azul y con la cara hinchada. La sangre le brotaba por la nariz y la boca, y le había teñido el dorso de la mano con la que intentó protegerse. Tenía los ojos cerrados, pero el izquierdo, hinchado, estaba cómicamente torcido bajo la ceja partida. Su pierna derecha yacía rota describiendo un ángulo del todo antinatural, y su codo izquierdo estaba doblado en sentido contrario.

Cuando nos fuimos reinaba un silencio total y no dijimos adiós.

Ni los unos a los otros ni a Pierre Anthon.

XXV

La serrería en desuso ardió toda la noche y también un poco a la mañana siguiente. Después todo acabó.

Yo llegué por la mañana, la última. La mayoría de los compañeros estaban ya allí. Nos saludamos pero no hablamos entre nosotros.

Miré lo que había quedado: un humeante edificio destruido por el incendio.

No podía distinguirse lo que había sido una serrería ni lo que había sido un montón de significado. Exceptuando los restos de muros carbonizados, lo demás era sólo ceniza.

Poco a poco fueron apareciendo los que faltaban y pronto estuvo toda la clase reunida. Nadie dijo nada. Ni a los padres, ni a la policía, ni al Taering Martes ni a la gente del museo de Nueva York. La prensa mundial no apareció, pero si hubiera venido sé que tampoco le hubiéramos dicho nada.

No preguntamos por Pierre Anthon, y pasó un poco de tiempo antes de que se relacionara su desaparición del día anterior con el incendio de la serrería. Ocurrió cuando, por la tarde, hallaron sus restos carbonizados allí, en ese edificio asolado. Cerca de lo que una vez fue el montón de significado.

Cuando la policía elucubró la idea de que Pierre Anthon había incendiado el montón de significado y la serrería en desuso porque se negaba a aceptar que nosotros habíamos hallado el significado y con ello nos habíamos ganado la fama, no les contradecimos. Simplemente era triste que él mismo hubiera quedado atrapado en el fuego.

Fuimos al funeral.

Algunos de nosotros lloramos incluso.

Sintiéndolo, creo; yo debería saberlo porque yo era una de ellos. Perdimos el dinero del museo porque a nadie se le había ocurrido asegurar el montón de significado. Pero no llorábamos por eso. Llorábamos porque era todo muy triste y muy bello, con todas esas flores y también las rosas blancas de nuestra clase, porque el pulido y no resquebrajado ataúd, pequeño aunque el doble de grande que el del pequeño Emil Jensen, brillaba a más no poder, reflejándose en las gafas del padre de Pierre Anthon, y porque la música serpenteaba dentro nuestro y se agrandaba queriendo salir pero no podía. Y era así tanto si creíamos en el Dios al que cantábamos como en otro o en ninguno.

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