Janne Teller - Nada

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Pierre Antón deja el colegio el día que descubre que la vida no tiene sentido. Se sube a un ciruelo y declama a gritos las razones por las que nada importa en la vida. Tanto desmoraliza a sus compañeros que deciden apilar objetos esenciales para ellos con el fin de demostrarle que hay cosas que dan sentido a quiénes somos. En su búsqueda arriesgarán parte de sí mismos y descubrirán que sólo al perder algo se aprecia su valor. Pero entonces puede ser demasiado tarde.

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– ¡No quieres ver el montón de significado porque no te atreves! -gritó Sofie lo más alto que pudo.

– ¡Si vuestro montón de basura tuviera el más mínimo significado, no sería yo el que no quisiera reconocerlo! -dijo Pierre Anthon condescendiente y añadió, sosegado, casi compasivo-: Pero no lo tiene porque de otra manera no lo habríais vendido, ¿verdad?

Por primera vez desde aquello de la inocencia, vi lágrimas en los ojos de Sofie.

Se las secó con el puño, tan rápido que yo más tarde dudé de si lo que había visto era real. A eso último ella no le respondió. Y desde aquel día Sofie daba un rodeo para llegar a la escuela.

Faltaba sólo una semana para el 8 de abril.

Faltaba sólo una semana para que el museo empaquetara, precintara y se llevara el montón de significado.

Faltaba una semana para que Pierre Anthon se quedara para siempre con la verdad.

Los demás, tácitamente, nos habíamos dado por vencidos, pero, aun así, sería insoportable que Sofie se rindiera. Y eso era lo que estaba a punto de ocurrir. Al menos era lo que yo creía. Pero Sofie no se rindió. Sofie perdió el juicio.

XXIII

Ocurrió de repente, aunque ahondando en ello y pensando en lo sucedido los últimos días, podía uno darse cuenta de que ya se veía venir. De pronto Sofie se mostraba pacífica e indulgente cuando estaba con nosotros en la serrería, y de pronto se ponía a correr dándose cabezazos contra los pilares y lanzando patadas al serrín para rociar con él el montón de significado. Y se hubiera encaramado a él y lo hubiera despellejado de no ser por Ole y el gran Hans, que la inmovilizaron.

Era el día antes de que la gente del museo viniera a empaquetar el montón de significado y llevárselo, y el significado -o lo que quedara de él- abandonaría Tsering para siempre.

– ¡No es suyo, es nuestro significado! -chilló Sofie y entonces caímos en la cuenta de que era la primera vez en seis días que Sofie hablaba.

– ¡Se lo hemos vendido!

– ¡El significado no se vende! -Sofie aporreó con los puños a Ole en el pecho y en la barriga, y pude ver que le hacía daño. Luego el gran Hans le agarró el brazo y se lo retorció hacia la espalda, y en ese momento fue Sofie quien sintió dolor.

Yo sabía que Sofie tenía razón.

El significado no se vende. O lo tienes o no lo tienes. El haber vendido el montón de significado hizo que éste perdiera su significado. Si es que lo había tenido alguna vez. Pero sobre eso no me interrogué en ese momento porque si nunca lo había tenido, no era Sofie la que tenía razón sino Pierre Anthon.

– ¡Es lo que hemos hecho y por eso ya no existe! -respondió Ole con una rabia tan enconada que dejaba claro que él también reconocía que no deberíamos haberlo vendido.

– ¡Entonces esto ya no significa nada! -gritó Sofie.

– Acaba ya, Sofie. Que se vaya a la porra ese montón, ya no importa -gritó el gran Hans. Y yo pensé que con el dinero del museo siempre podría comprarse una bicicleta nueva y mejor que ésa amarillo neón. Así que, para él, claro que podía irse todo a la porra.

– ¡Si el montón no significa nada, entonces Pierre Anthon tiene razón y en ese caso no hay nada que importe! -continuó diciendo Sofie-. ¡Nada!

– Cállate, Sofie -gritó Gerda.

– Sí, cierra el pico, Sofie -sonó la voz de Jan-Johan.

– Cierra el pico, Sofie -corearon Elise, Hussain, Rikke-Ursula, el piadoso Kai y un montón más .

Pero Sofie no cerró el pico. Al contrario. Se puso a chillar más alto.

– Nada -chilló-. ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!…

Sofie chilló y chilló. Tan fuerte y agudo que nos pitaban los oídos y nos dolía en lo profundo de los huese-cillos. Pero lo peor de todo fue que con el grito pareció que se desmoronaba todo. Como si el montón de significado verdaderamente dejara de tener significado y con ello también lo perdiera todo lo demás.

Primavera, verano, otoño, invierno, gozo, pena, amor, odio, nacimiento, vida, muerte.

Todo podía ya irse a hacer puñetas.

Igual. Uno. Nada.

No sólo yo lo percibía así.

Tras esa revelación fue como si el Demonio se apoderara de todos nosotros.

Hussain pegó a Rikke-Ursula porque fue ella la que había tenido la idea de la alfombra de rezos. El gran Hans la emprendió a patadas con Hussain agradeciéndole lo de la bicicleta. Elise arañó a Ole y le mordió tan fuerte como pudo. Entonces Rikke-Ursula pegó a Elise, y Sofie se lanzó sobre el gran Hans tironeándole del pelo y pude ver cómo le arrancaba mechones abundantes. Jan-Johan se lanzó sobre Sofie y la molió a palos. Con la ayuda del piadoso Kai porque también había sido ella la que había tenido la idea de Jesús y la cruz. Frederik le plantó a Maiken una bofetada en la cara y enseguida empezaron a rodar los dos por el serrín hasta que Maiken pudo deshacerse de él porque lady Guillermo le dio una patada a Frederik en mitad de las costillas. Maiken se lanzaba ahora sobre Gerda, mientras Anna-Li lanzaba al suelo a lady Guillermo justo antes de que la pequeña Ingrid golpeara a Anna-Li con una de sus viejas muletas en la cabeza; y después Henrik le quitó la otra muleta y la pequeña Ingrid cayó al suelo.

No vi nada más porque Gerda saltó sobre mi espalda desde atrás y me caí al suelo con ella encima y rodamos las dos por el serrín, revueltas con los demás. Nuestros puños golpeaban con fuerza a pesar de no estar entrenados. Yo tiré a Gerda del pelo y ella a mí. Luego me agarró mi pendiente y tiró de él y chillé de dolor. Aprovechando su sorpresa por haberse quedado con el pendiente en la mano pude quitármela de encima y me levanté de un salto. Me palpé la oreja y mi mano quedó mojada de asquerosa sangre caliente. Y también había sangre esparcida por la barahúnda de cuerpos combatiendo que mi mirada captó, brotaba de los rostros de mis compañeros de clase y despacio iba manchando tanto el serrín como el suelo de cemento.

Parecía que quisiéramos matarnos.

Y de pronto supe que tenía que ir a buscar a Pierre Anthon.

Conseguí deshacerme a patadas de Gerda, que me agarraba por las piernas, con esfuerzo salí del tumulto, desaparecí por la puerta y bajé corriendo por la calle.

Corrí todo lo rápido que pude.

Como nunca antes había corrido.

Resollaba y me dio una punzada y dolor de garganta y en las piernas, pero seguí corriendo. No sabía qué le diría a Fierre Anthon para conseguir que me acompañara a la serrería. Sólo sabía que necesitaba, tenía que llevármelo.

Fierre Anthon estaba sentado en su rama del ciruelo y, vacío, miraba a la nada.

Pude ver su suéter azul, desde lejos, entre los incipientes brotes verde claro. No paré de correr hasta llegar al árbol, me detuve súbitamente en la acera y por un momento no pude decir palabra; tosía, escupía y jadeaba en busca del aire que se negaba a llenar mis pulmones. Fierre Anthon me miraba sorprendido y no poco divertido con mis fatigas.

– ¿A qué se debe el honor, Agnes? -dijo amistosamente, pero con una clara intención de risa burlona por debajo.

Yo no me inmuté por la burla.

– Sofie ha enloquecido -balbuceé tan pronto como volvió a mí el aliento para hablar-. Todos se atacan. Tienes que acompañarme.

Iba a añadir algo más para convencerle, aunque no sabía exactamente qué. Pero Pierre Anthon ya se deslizaba por la rama sin decir palabra, se quedó colgado de los brazos un instante y luego se dejó caer sobre la hierba. Desapareció por el patio y apareció poco después con su vieja bicicleta de hombre; pedaleó con fuerza, sin dejarme posibilidad alguna de seguir su marcha.

Cuando llegué a la serrería, su vieja bicicleta estaba tirada en el borde de la zanja y a él no se le veía por ninguna parte. Había un silencio de muerte.

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