No sé exactamente qué sucedió esa tarde cuando el gran Hans ayudó a Sofie a entregar su inocencia. Al día siguiente sólo había allí una pizca de sangre y algo de mucosidad en un pañuelo a cuadros que estaba en todo lo alto del montón de significado, y Sofie caminaba de forma rara, como si sintiera dolor al mover las piernas. No obstante era Sofie la que se mostraba orgullosa e inaccesible, mientras que el gran Hans solícito corría a su alrededor como si intentara complacerla.
– Seguro que quiere hacerlo otra vez -susurró Gerda a mi oído y se rió maliciosamente, olvidando por completo que no me hablaba desde lo de Oscarito.
No le respondí, pero más tarde intenté sacarle a Sofie qué había sucedido y cómo.
No quiso contarme nada. Se limitaba a andar por ahí con aspecto de haber descubierto un secreto que si bien era terrible le había dado acceso a la clave de algo de enorme significado.
¿Enorme significado? ¿Mucho significado? ¿El máximo significado?
Sólo faltaban tres entregas para que pudiéramos mostrar a Fierre Anthon el montón de significado, entonces él nos prometería que nunca más se quedaría allí sentado en el ciruelo chillándonos: faltaban el piadoso Kai, la guapa Rosa y Jan-Johan.
Sofie escogió al piadoso Kai. Debía entregar a Jesús clavado en la cruz.
Jesús clavado en la cruz no sólo era el Todopoderoso del piadoso Kai, era también lo más sagrado de la iglesia de Taering, y la iglesia de Taering era básicamente lo más sagrado de la ciudad. Por lo tanto Jesús clavado en la cruz era lo más sagrado que podíamos imaginar, en caso de que creyéramos en esas cosas. Y quizá lo fuera aunque no lo creyéramos.
Jesús clavado en la cruz era una figura colgada en la pared justo detrás del altar que infundía temor en los niños y conmovía a los adultos, con su corona de espinas y las gotas de sangre transformadas en nobles regueros bajando por su cara sagrada, retorcida de dolor y divinidad, y esos clavos atravesándole manos y pies, clavados en la cruz hecha de madera de rosal y muy hermosa según las palabras del cura. Incluso yo, que insistía en que Jesús Nuestro Señor no existía y por tanto no significaba nada, sabía que Jesús clavado en la cruz tenía un enorme significado. Sobre todo para el piadoso Kai.
Necesitaría ayuda.
La ayuda es tuya. La ayuda es nuestra. La ayuda somos nosotros.
Una vez más traje las cartas a la serrería, esta vez la baraja con payasos en el reverso. Y volvimos a echarlo a suertes.
Fueron Rikke-Ursula, Jan-Johan, Richard y Maiken los que sacaron las cartas más altas y los que ayudarían al piadoso Kai, aunque él se aferraba a que eso él ni podía ni debía hacerlo. Se ablandó un poco cuando Jan-Johan dijo que, conociendo él también el código del candado, podría ir a la serrería a rezar a su Jesús clavado en la cruz cuando le apeteciera. Y que por supuesto lo devolveríamos a la iglesia tan pronto como el tema estuviera resuelto.
Yo no estuve allí, pero Rikke-Ursula sin sus seis trenzas me contó el lunes por la mañana, durante la hora de música, que no todo había ido lo bien que habían imaginado.
El piadoso Kai se escondió en la iglesia, tal y como se acordó, tras la última misa del domingo. Y cuando la iglesia estuvo en silencio y no quedó ni un alma, Rikke-Ursula, Jan-Johan, Richard y Maiken llegaron y propinaron tres golpes flojos y tres fuertes en la puerta, y el piadoso Kai les abrió. Pero a partir de entonces todo se torció.
Primero el piadoso Kai se echó a llorar.
Fue cuando los demás se encaramaron al reclinatorio y rodearon el altar mientras él sollozaba y suplicaba, con auténtico desespero, que le dejaran quedarse en el otro lado, apartado del Cristo. Maiken tuvo que permanecer a su lado para que no se escapara. Y no sirvió de nada que ella le contara repetidas veces que nunca había visto a Jesús Nuestro Señor con su telescopio, a pesar de que lo había buscado mucho, y eso que valía para todos los astrónomos del mundo. El piadoso Kai se tapaba los oídos y chillaba tan fuerte que era imposible que la oyera, así que al final ella se calló. Y también porque temía que sus chillidos pudieran ser oídos desde fuera.
Entretanto Jan-Johan y Richard intentaban descolgar a Jesús.
Pero Jesús estaba bien clavado y a pesar de que estaban sudando no se soltaba. Entonces Rikke-Ursula se acercó a él. Y en el mismo instante de tocarle el pie clavado y con sangre le quemó la mano. Rikke-Ursula tuvo que reconocer que a pesar de no creer en semejantes chorradas se asustó de lo lindo. Estaba tan vacía la iglesia y era tan inconmensurable, que de pronto fue como si la figura de Jesús cobrara vida. Despacio y sin que nadie lo tocara, Jesús se deslizó por sí mismo rechinando y aterrizó en el suelo con un fuerte golpe, rompiéndose justamente la pierna que Rikke-Ursula había rozado.
Fue una de las cosas más horribles que Rikke-Ursula había experimentado jamás hasta la fecha.
Estaban todos a punto de salir corriendo, pero llegado este punto, no podían dejar a Jesús allí tirado. Así que, a pesar de que pesaba terriblemente, entre todos consiguieron levantarlo y arrastrarlo hasta el reclinatorio y allí lo empujaron hasta tenerlo medio colgando encima. Era tan extraño que Jesús pesara tanto, que daba igual que el piadoso Kai no quisiera, tuvo que ayudar a llevarlo. Ahora eran cinco y, aun así, les costó arrastrarlo hasta la calle donde les esperaba la carretilla de los periódicos.
Eran las siete y media y había oscurecido cuando atravesaron las calles con Jesús crucificado en la carretilla de los periódicos del piadoso Kai. A pesar de ello tuvieron que detenerse un par de veces y esconderse detrás de los árboles para no ser vistos por los transeúntes.
El piadoso Kai lloró todo el camino hasta la serrería repitiendo que eso no podía, que él no podía. Y Rikke-Ursula, a quien seguía quemándole la mano, estuvo a punto de darle la razón. Y Maiken repetía que ella nunca había visto ni a Jesús ni a Nuestro Señor mirando por su telescopio, más que nada como si intentara recordárselo a sí misma. Y el mismo Jan-Johan, a quien de normal nada lo echaba para atrás, estaba nervioso y arisco y no podía hacer el trayecto todo lo rápido que hacía falta. Ünicamente Richard parecía impasible, pero fue sólo hasta llegar a la serrería y comprobar que el código del candado no servía. Entonces también él perdió los nervios; chilló, aulló y propinó patadas, primero a la puerta y luego a la carretilla, de tal suerte que Jesús clavado en la cruz cayó al suelo y se rompió la otra pierna.
El piadoso Kai se puso histérico del todo y dijo que era una blasfemia romperle la pierna a Jesús crucificado, y que ya no podrían devolverlo a la iglesia cuando hubieran convencido a Pierre Anthon de que Jesús era parte del significado, y que él nunca más podría aparecer por la casa del Señor. Después Jan-Johan le chilló que cerrara el pico y que ¿no había dicho precisamente Jesús que todo pecador sería perdonado si creía en él? Eso apaciguó al piadoso Kai y casi le hizo sonreír de nuevo; entonces el código funcionó porque lo *que pasaba era que habían olvidado los números correctos.
En ese momento surgió un nuevo problema.
Cuando entraron en la serrería arrastrando a Jesús clavado en la cruz, fue Cenicienta, la perra de Sorensen, la que se salió de quicio.
Sin quicio. Más desquicio. ¡Perra quejona, perra tontona!
Cenicienta ladraba y ladraba e intentaba morderles cada vez que trataban de acercar a Jesús al montón de significado. Y al final tuvieron que irse a casa y abandonar a Jesús tirado en mitad del enmohecido serrín.
Y se convirtió en un problema de verdad el Jesús y la cruz tirados en mitad del serrín.
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