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Eduardo Mendoza: Riña de Gatos. Madrid 1936

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Eduardo Mendoza Riña de Gatos. Madrid 1936

Riña de Gatos. Madrid 1936: краткое содержание, описание и аннотация

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Premio Planeta 2010 Esta novela obtuvo el Premio Planeta 2010, concedido por el siguiente jurado: Alberto Blecua, Ángeles Caso, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Carlos Pujol y Rosa Regás. Un inglés llamado Anthony Whitelands llega a bordo de un tren al Madrid convulso de la primavera de 1936. Deberá autenticar un cuadro desconocido, perteneciente a un amigo de José Antonio Primo de Rivera, cuyo valor económico puede resultar determinante para favorecer un cambio político crucial en la Historia de España. Turbulentos amores con mujeres de distintas clases sociales distraen al crítico de arte sin darle tiempo a calibrar cómo se van multiplicando sus perseguidores: policías, diplomáticos, políticos y espías, en una atmósfera de conspiración y de algarada. Las excepcionales dotes narrativas de Eduardo Mendoza combinan a la perfección la gravedad de los sucesos narrados con la presencia, muy sutil, de su conocido sentido del humor, ya que toda tragedia es también parte de la comedia humana.

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Eduardo Mendoza Riña de Gatos Madrid 1936 Eduardo Mendoza 2010 Rosa - фото 1

Eduardo Mendoza

Riña de Gatos. Madrid 1936

© Eduardo Mendoza, 2010

Rosa estuvo a mi lado y

para ella es esta fábula

Pertenece a la extraña condición humana que toda

vida podía haber sido distinta de la que fue.

José Ortega y Gasset,Velázquez

Capítulo 1

4 de marzo de 1936

Querida Catherine:

Poco después de cruzar la frontera y de evacuar los enojosos trámites aduaneros, me he dormido arrullado por el traqueteo del tren, porque había pasado una noche de insomnio, acosado por el cúmulo de problemas, sobresaltos y agonías derivados de nuestra tormentosa relación. Por la ventanilla del tren sólo veía la oscuridad de la noche y mi propia imagen reflejada en el cristal: la efigie de un hombre atormentado por el desasosiego. El amanecer no trajo el alivio que a menudo acompaña el anuncio de un nuevo día. El cielo seguía nublado y la palidez de un sol mortecino hacía aún más desolado el paisaje exterior y el paisaje de mi propio espíritu. En estas circunstancias, al borde de las lágrimas, me quedé dormido. Al abrir los ojos, todo había cambiado. Lucía un sol radiante en un cielo sin límites, de un azul intenso, apenas alterado por unas nubes pequeñas, de una blancura deslumbrante. El tren recorría la yerma meseta castellana. ¡España por fin!

¡Oh, Catherine, mi adorada Catherine, si pudieras ver este magnífico espectáculo comprenderías el estado de ánimo con que te escribo! Porque no es sólo un fenómeno geográfico o un simple cambio de paisaje, sino algo más, algo sublime. En Inglaterra, como en el norte de Francia, por donde acabo de pasar, la campiña es verde, los campos son fértiles, los árboles son altos, pero el cielo es bajo y gris y húmedo, la atmósfera es lúgubre. Aquí, en cambio, la tierra es árida, los campos, secos y cuarteados, sólo producen mustios matojos, pero el cielo es infinito y la luz, heroica. En nuestro país andamos siempre con la cabeza baja y la vista fija en suelo, oprimidos; aquí, donde la tierra nada ofrece, los hombres andan con la cabeza erguida, mirando el horizonte. Es tierra de violencia, de pasión, de grandes gestos individualistas. No como nosotros, uncidos a nuestra estrecha moral y a nuestras nimias convenciones sociales.

Así veo ahora nuestra relación, querida Catherine: un sórdido adulterio sembrado de intrigas, dudas y remordimientos. Mientras ha durado (¿dos años, quizá tres?) ni tú ni yo hemos tenido un minuto de tranquilidad ni de alegría. Sumergidos en la pequeñez de nuestra mediocre climatología moral, no lo podíamos percibir, nos parecía algo insuperable que estábamos fatalmente obligados a sufrir. Pero ha llegado el momento de nuestra liberación, y es el sol de España el que nos lo ha revelado.

Adiós, mi querida Catherine, te devuelvo la libertad, la serenidad y la capacidad de disfrutar de la vida que te corresponde de pleno derecho, por tu juventud, tu belleza y tu inteligencia. Y yo también, solo pero reconfortado con el dulce recuerdo de nuestros abrazos, fogosos aunque inoportunos, procuraré volver a la senda de la paz y la sabiduría.

P.S. No creo que debas afligir a tu mando con la confesión de nuestra aventura. Sé lo mucho que le dolería saber traicionada una amistad que se remonta a los días felices de Cambridge. Por no hablar del sincero amor que te profesa.

Tuyo siempre,

Anthony

– ¿Inglis?

La pregunta le sobresaltó. Absorto en la redacción de la carta, apenas si había reparado en la presencia de otros viajeros en el compartimento. Desde Calais había tenido por única compañía a un lacónico caballero francés con el que había intercambiado un saludo al principio del trayecto y otro al despedirse, en Bilbao; el resto del tiempo el francés había dormido a pierna suelta y después de su marcha, lo había hecho el inglés. Los nuevos pasajeros habían ido subiendo en sucesivas estaciones intermedias. Aparte de Anthony, como el elenco de una compañía itinerante de comedias costumbristas, ahora viajaban juntos un viejo cura rural entrado en años, una moza joven de rudo aspecto aldeano y el individuo que le había abordado, un hombre de edad y condición inciertas, con la cabeza rasurada y ancho bigote republicano. El cura viajaba con una maleta mediana de madera, la moza con un abultado fardel, y el otro con dos voluminosas maletas de piel negra.

– Yo no hablo inglés, ¿sabe usted?-prosiguió diciendo ante la aparente aquiescencia del inglés a su pregunta inicial-. No Inglis. Yo, espanis. Usted inglis, yo espanis. España muy diferente de Inglaterra. Different. España, sol, toros, guitarras, vino. Everibodi ole. Inglaterra, no sol, no toros, no alegría. Everibodi kaput.

Guardó silencio durante un rato para dar tiempo al inglés a asimilar su teoría sociológica y añadió:

– En Inglaterra, rey. En España, no rey. Antes, rey. Alfonso. Ahora no más rey. Se acabó. Ahora República. Presidente: Niceto Alcalá Zamora. Elecciones. Mandaba Lerroux, ahora Azaña. Partidos políticos, tantos como quiera, todos malos. Políticos sinvergüenzas. Everibodi cabrones.

El inglés se quitó las gafas, las limpió con el pañuelo que asomaba por el bolsillo superior de la americana y aprovechó la pausa para mirar por la ventana. Sobre la tierra ocre que se extendía hasta el límite de la mirada no había un solo árbol. A lo lejos vio un mulo montado a mujeriegas por un labriego con manta y chambergo. Sabe Dios de dónde viene y a dónde va, pensó antes de volverse a su interlocutor con expresión adusta, dispuesto a no mostrar predisposición al diálogo.

– Estoy al corriente de las vicisitudes de la política española -dijo fríamente-, pero como extranjero, no me considero autorizado a inmiscuirme en los asuntos internos de su país ni a emitir opiniones al respecto.

– Aquí nadie se mete con nadie, señor -dijo el locuaz viajero algo decepcionado al comprobar el dominio del castellano de que hacía gala el inglés-, no faltaría más. Sólo lo decía para ponerle al tanto de la cuestión. Por más que uno esté de paso, no viene mal saber con quién se las ha de haber, llegado el caso. Un suponer: yo estoy en Inglaterra por hache o por be, y se me ocurre insultar al Rey. ¿Qué pasa? Que me enchironan. Es natural. Y aquí, lo mismo, pero al revés. Con lo que vengo a decir que de un tiempo a esta parte las cosas han cambiado.

No se nota, pensó el inglés. Pero no lo dijo: sólo quería poner fin a aquella charla insulsa. Hábilmente dirigió los ojos al cura, que seguía la perorata del republicano con un disimulo entreverado de desaprobación. La maniobra dio el resultado apetecido. El republicano señaló al cura con el pulgar y dijo:

– Aquí, sin ir más lejos, tiene usted un ejemplo de lo que le venía diciendo. Hasta hace cuatro días, éstos hacían y deshacían a su antojo. Hoy viven de prestado y a la que se desmanden los corremos a boinazos. ¿O no es así, padre?

El cura cruzó las manos sobre el regazo y miró de hito en hito al viajero.

– Ríe mejor el que ríe el último -respondió sin amedrentarse.

El inglés los dejó enzarzados en un duelo de dichos y paráfrasis. Lento y monótono, el tren seguía su camino por una llanura desolada dejando una gruesa columna de humo en el aire puro y cristalino del invierno meseteño. Antes de volverse a dormir oyó argumentar al republicano:

– Mire, padre, la gente no quema iglesias y conventos sin ton ni son. Nunca han quemado una taberna, un hospital ni una plaza de toros. Si en toda España el pueblo elige quemar iglesias, con lo que cuestan de prender, por algo será.

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