Ángeles Caso - Contra El Viento

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Premio Planeta 2009.
La niña São, nacida para trabajar, como todas en su aldea, decide construirse una vida mejor en Europa. Tras aprender a levantarse una y otra vez encontrará una amistad nueva con una mujer española que se ahoga en sus inseguridades. São le devolverá las ganas de vivir y juntas construirán un vínculo indestructible, que las hará fuertes. Conmovedora historia de amistad entre dos mujeres que viven en mundos opuestos narrada con la belleza de la realidad. Una novela llena de sensibilidad para lectores ávidos de aventura y emoción. Ángeles Caso vuelve a cautivar con una historia imprescindible para leer y compartir.

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Ella deseaba para sí misma una vida de independencia. Las mujeres más satisfechas y mejores que había conocido -doña Natercia y doña Benvinda- vivían sin maridos. No solas, eso no: estaban acompañadas de muchas amigas, y familiares, y multitud de niños ajenos, gentes que las querían y las apoyaban, de quienes ellas cuidaban con ternura y cuya cercanía era tal vez mayor que la de ese hombre con el que compartes tu cama, que conoce de memoria el sabor de cada parte minúscula de tu piel, la dureza de tus pechos y la estrecha calidez de tu sexo, que alcanza el placer dentro de ti y se desborda una y otra vez en tus entrañas, que combate y entrega y rebusca y gime arrebujado en tus brazos como si hubiera llegado el fin del mundo, pero que jamás se molestará en

averiguar si te sientes desdichada o feliz, si te crees dueña del suelo que pisas y el aire que respiras o tiemblas de miedo cuando te levantas por las mañanas y sabes a ciencia cierta que la vida va a agredirte, que se abalanzará sobre ti y tratará de devorarte a mordiscos, dejándote en los huesos.

Se imaginaba de mayor viviendo en una casa tranquila cerca del mar, una casa pintada de colores, con grandes ventanas por las que penetraría la luz y la brisa, con un jardín en el que creciesen las buganvillas y los jazmines, y una acacia llena de florecillas blancas que diese una buena sombra acogedora. No tendría marido ni hijos, pero habría muchas gentes entrando y saliendo, y una cocina espaciosa en la que todo el mundo pudiese encontrar lo que deseaba. Una casa como la de doña Benvinda. Ella solía comer allí los domingos. Su jefa preparaba una gran olla de cachupa e invitaba a diez o doce personas. La mujer disfrutaba viendo a São sentada a su mesa. Le había cogido mucho cariño desde el principio. Igual que le había ocurrido a doña Natercia, le daba mucha rabia que aquella muchacha inteligente hubiese tenido que dejar de estudiar por falta de dinero. Le gustaba ver cómo trabajaba con tanta obstinación y respeto, como si realmente atender el teléfono y tomar nota de los encargos y organizar los envíos fuesen tareas importantísimas. La conmovía la rara mezcla de fortaleza e inocencia que conformaban su personalidad, su bondad y su decisión. Se preguntaba qué sería de ella en el futuro. Tenía una larga vida por delante, y en ella cabría aún mucho sufrimiento. Era seguro que alguien intentaría manipularla, que la engañarían y le harían daño. Alguien la arañaría y trataría de robar su energía. Pero estaba igualmente convencida de que São resistiría, de que mantendría los pies bien firmes en el suelo, y la cabeza alta, y la mirada resuelta y sonriente. Sería una extraordinaria superviviente, ocurriera lo que ocurriera.

Una tarde, después de cerrar el negocio, mientras las otras empleadas corrían a reunirse con sus enamorados, Benvinda la invitó a tomar un helado. Caía un aguacero furioso. El agua corría en arroyos por las calles. Los coches pasaban salpicando de lodo a los peatones, que gritaban y protestaban y luchaban por guarecerse yendo de portal en portal. Se sentaron a una mesa de la heladería junto a la ventana. La lluvia rebotaba contra los cristales y caía enloquecida sobre el tejado, produciendo un ruido ronco y brutal, como de catástrofe. Una vez a salvo, Benvinda dejó que su gran risa se expandiera un instante por la sala. Luego, inesperadamente, suspiró y pareció llenarse de nostalgia:

– En España llovía mucho -dijo-. Pero nunca con esta fuerza. Era una lluvia mansa y constante. Y en invierno solía nevar. Siempre me asombraba el silencio con el que cae la nieve, como si el mundo se hubiera quedado inmóvil y sólo los copos tuvieran vida.

– Debe de ser bonito. Me gustaría verlo.

– ¿Nunca has pensado en irte a Europa?

– Muchas veces. Siempre. Desde pequeña. Pero ¿cómo? No tengo papeles. No tengo dinero. Algún día…

– A lo mejor yo podría ayudarte.

São se puso roja. Ni siquiera logró responder. Agitó los brazos en el aire, como si se ahogara. Benvinda se echó de nuevo a reír:

– ¿Eso quiere decir que aceptarías?

– Sí, sí, desde luego que sí…

– Puedo hablar con mis hermanas. Viven en Holanda. Me deben una: se fueron gracias al dinero que yo les di, y las cosas no les han ido mal. Ellas te conseguirían un visado de turista. Luego tendrías que arreglártelas.

– Pero no tengo dinero para el billete…

– Yo te lo dejaría. Podrías devolvérmelo poco a poco.

– ¿De verdad…? ¿Me lo está diciendo de verdad…?

– ¿Tú crees que te engañaría? Me gustaría que tuvieses una vida mejor. Te la mereces. Debes intentarlo.

Tres meses después, todo estaba arreglado. São tuvo que abrir una cuenta bancaria. Doña Benvinda le dejó, además del dinero para el billete de avión, los sesenta mil escudos que debían acreditar ante las autoridades holandesas que tenía dinero suficiente para viajar como turista y que no iba a ponerse a mendigar por las calles, o quién sabe si a robar y hasta asesinar. Sin ese requisito, jamás le concederían el visado.

En realidad, no tenía pensado llegar a Holanda. Se quedaría en Portugal, y allí trataría de apañárselas para conseguir los permisos de trabajo y de residencia. Lucharía por un empleo, sería criada en una casa o camarera en un bar o cajera en un supermercado, mano de obra barata para un puesto de trabajo ínfimo, y tendría que arreglárselas para mantenerse y devolverle el préstamo a doña Benvinda y seguir mandando dinero a su madre y a Jovita y ahorrar para el futuro. O tal vez sería aún peor. Tal vez no le concedieran los permisos y se quedaría entonces en situación ilegal, y se vería obligada a aceptar las condiciones que algún desalmado quisiera imponerle para trabajar, privada de todo derecho, y caminaría por las calles muerta de miedo, escondiéndose a la vista de cualquier policía que pudiera retenerla y expulsarla de nuevo hacia su país, perdiendo de paso lo poco que hubiera podido lograr.

Claro que São aún no sabía todo eso. Intuía que obtener los papeles no sería fácil, pero para ella Europa era todavía un lugar de lluvia mansa y blanca nieve silenciosa, el espacio de todas las oportunidades, el ámbito que le permitiría salir definitivamente de la penuria, la región donde cabían todos los sueños. Era el hogar que Noli le había descrito cuando eran pequeñas, aquel lejano verano en la aldea, sentadas a los pies de los mangos, una casa llena de juguetes y libros y cuadernos y lápices, y los veloces autobuses que conducían hacia bosques infinitos y praderas de hierba dulce sobre las que se podía caminar descalza, y un delicioso arroyo de agua fresca para aliviar el calor. Nunca había visto un arroyo ni una pradera de hierba. Nunca le habían sobrado los libros ni los lápices. Ahora lo iba a conseguir.

Se sentó junto a la ventanilla del avión y no dejó de mirar ni un solo instante. El aparato sobrevoló primero el mar, con sus aterradoras profundidades oscuras. Luego, durante mucho tiempo, pasó por encima de las arenas desoladas del Sahara y las pardas cimas del Atlas. Entonces aparecieron las llanuras cultivadas y las aldeas desperdigadas, y de nuevo el mar. Y al fin Europa, los grandes ríos prodigiosos, las ciudades enroscadas sobre sí mismas, y por último Lisboa, como un mirador sobre el agua. Vista desde el aire, Lisboa era hermosa. Enorme y hermosa. São se sentía feliz. Cabo Verde había quedado lejos, muy lejos. Y se había vuelto muy pequeño.

Bigador

São se instaló en casa de una prima de su madre. Era un piso pequeño, tan sólo dos habitaciones que ocupaban el matrimonio y sus cuatro hijos. A ella le dejaron el sofá de la sala, donde dormía encogida y martirizada por el calor, que merodeaba como un criminal por las calles estrechas de aquel barrio de las afueras de Lisboa, pegándose al asfalto, a las paredes mal protegidas, a los cuartos diminutos en los que el aire no podía circular. Aun así, sabía que había tenido suerte: después de muchos intentos, cartas a su madre y llamadas telefónicas, había logrado localizar a Imelda, y ella se había ofrecido a acogerla durante unos días y ayudarla a encontrar empleo.

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