como era de prever, aquellos veinte años de tregua de jaén no llegaron al cabo. incluso duraron demasiado: lo que tardó “el fundador” en pisar firme dentro de granada y oír el eco de sus pasos.
alos dieciocho años se reanudaron las hostilidades. unos testimonios aseguran que fue por el apoyo que prestó “el fundador” a los mudéjares sevillanos que pretendieron asesinar a alfonso x; otros testimonios, que fue por una emboscada tendida por los cristianos para asesinar a mohamed i. cuando la sangre hierve y los contendientes se estiman preparados, cualquier pretexto es bueno. yo creo que todos los testimonios tienen aquí razón: la ruptura se produjo por ambas causas, si bien ignoro cuál de las dos se realizó antes, o si las dos se simultanearon. el caso es que mi antepasado interpuso otra vez la religión: solicitó socorro a los mariníes de marruecos, que habían sustituido definitivamente a los almohades; ellos le enviaron los primeros voluntarios de la fe; se hizo una guerra santa. en el nombre de dios fueron protegidos -y, por supuesto, alborotados antes- los mudéjares de jerez y de murcia, que se hallaban en las últimas. los años de relativa paz habían reforzado a mohamed: él era ahora en exclusiva el emir requerido. utrera y lebrija, a ejemplo de los otros y por las ingerencias del emir, también se sublevaron contra los cristianos.
andalucía echó a arder igual que una almenara; el fundador, robustecido y hábil, fue quien prendió la mecha. numerosos pueblos de la frontera se colocaron bajo su custodia. la granada se redondeaba grano a grano.
por poco tiempo. suegro y yerno cristianos sitiaron y redujeron a murcia; la redujeron en todos los sentidos, en los peores sentidos. y alfonso xosó atacar granada. sin éxito, pero lo osó, y fue bastante; en jerez y en medina sidonia sí tuvo éxito. la granada, antes de granar del todo, empezó a desgranarse y a ceñirse a sus lógicos límites. porque, además, a mohamed, que en otras circunstancias habría reaccionado de modo más tajante, se le planteó un gravísimo problema; tanto, que afectaba a la misma existencia y continuidad de la dinastía. mohamed había inaugurado el negocio de la política en arjona con un cuñado suyo, al que ofreció promesas y ventajas. los descendientes de su cuñado, los beni asquilula, tenían mejor memoria que mohamed.
cuando tomó el acuerdo -consigo mismo, como de costumbre- de nombrar sucesores suyos a sus propios hijos, y cuando casó a una hija con un sobrino no asquilula, sino hijo de su hermano ismail, que fue en vida gobernador de málaga, los beni asquilula, no sin cierta razón, opinaron que esa ciudad, que estaba en su poder, les iba a ser arrebatada. sin más demora, se hicieron vasallos directos del rey de castilla, y se fortificaron en málaga. el rey alfonso se sintió encantado de utilizar la vieja táctica cristiana del ‘divide y vencerás’. yo reconozco que cualquier arma, por muy sucia que sea, puede ser empleada por cualquiera: mis antepasados tampoco tuvieron, en ese sentido, ninguna preferencia.
la práctica de sembrar la discordia ha sido, contra nosotros, el arma más asequible y la más fructífera: una vez puesta en nuestras manos, nosotros mismos nos encargamos de que nos haga el mayor daño. pero es cierto también que los andaluces sólo hemos dejado de utilizarla contra los cristianos cuando no hemos tenido absolutamente ninguna posibilidad de hacerlo.
en el caso de los beni asquilula sí la tuvimos. el hijo mayor de mohamed i, el que le sucedería, consiguió separar a sus primos y a alfonso x; firmó una paz con éste en alcalá de benzaide [ahora se llama alcalá la real]. fue una paz muy cara: doscientos mil maravedíes por año, la renuncia a jerez y a murcia (ésta y sevilla eran los ojos del rey), y el plazo de un año para que los asquilula se subordinasen. una paz cara, pero ventajosa siempre que sus condiciones se cumplieran.
sin embargo, la última, que era para lo que se hacía, no se cumplió. alfonso, muy poco dado a guardar su palabra, escrita o no, se encogió de hombros: según él se trataba de asuntos familiares.
pero se encogió de hombros justo hasta que estuvieron a punto de encogerle la cabeza los ricos hombres de castilla, que estaban hartos de sus prepotencias. ( está claro que en todas partes cuecen habas.) los capitaneaba aquel nuño gonzález de lara, antes tan opuesto a nosotros; ahora proporcionó ayuda a mohamed contra los asquilula; no obstante, su ayuda resultó inútil. por eso, mohamed, medroso de las represalias de castilla por aliarse con los rebeldes, eligió pactar con los asquilula boca a boca; un marroquí, de esos devotos que se dedican a la guerra santa con mejor o peor fe, al tahurti, fue el intermediario. de nuevo convenía recurrir a la religión, poner los ojos en blanco, elevar el corazón y el brazo al dios común, y firmar el acuerdo entre parabienes y azoras. ynada más llegar a ese pacto, que pacificaba de momento a los asquilula, mohamed iechó mano -esta vez sí taxativamente- de la religión, si es que la religión nos sobrevive y no es sólo cosa de este mundo; echó mano del cielo por no saber echar pie a tierra desde el caballo que lo llevaba a una algara de castigo muy cerca de granada. el caballo era un purarraza, nervioso y negro como el cuervo; se desbocó; el emir, que montaba como nadie en el mundo, no acertó a desmontar. murió después de la oración del mediodía, el 12 de febrero de 1273, con más de setenta años. el reino, entre tiras y aflojas, había sido fundado. dice ibn jaldún que ocupaba desde ronda hasta elvira, con una extensión de diez jornadas de marcha de este a oeste, y con una anchura de dos jornadas del mar al norte…
empleé muchas horas -tardes y mañanas enteras- en redactar la historia de la dinastía. consulté con meticulosidad los documentos enviados desde granada; confronté unos con otros; agregué lo que en mi adolescencia había escuchado, lo que mi razón me sugería y lo que mi corta experiencia me apuntaba; pregunté incluso al alcaide, bastante versado en los dos siglos últimos, a pesar de que tiende, como cada cristiano, a erigirse en su eje. llegué a soñar, tan embebido estaba, con los mohamed, los yusuf y los ismail que me antecedieron. aveces con tal intensidad me puse en su lugar que conseguí explicar sus reacciones más inexplicables para los cronistas: algunos de ellos supieron esperar tanto que los resultados de algún acto, en apariencia ilógico, no se produjeron hasta años más tarde, acaso cuando ellos no estaban ya en el trono. el trabajo ocupó muchos de los queridos papeles carmesíes, que son aquí una frágil presencia de la alhambra…
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