estaban tan nerviosos que convenía, en consecuencia, ponerlos más aún. no mandé a nadie en los diez días; sólo mandé a el maleh que le escribiera a zafra con subterfugios. la carta era como tenía que ser: incoherente. le informaba que había recibido una suya con el salvoconducto, “y estoy maravillado de que hamet el ulaila no os dijera mi enfermedad” (era una fantasía), “porque desde el día que de aquí partisteis no me levanté de la cama, y yo os juro en dios y por mi ley que toda la noche me levanté al bacín, con perdón, diez y doce veces, y creo que tengo frialdad, y asimismo creo que tengo diviesos en el brazo” (¿quién podría, pese a la gravedad de la situación, no reírse?), “y no puedo vestir salvo la camisa sola, y hoy pienso que el cirujano me los abra”. por tan diversas y lastimosas peripecias no fue a ver a los reyes: “ juro por dios y por el quitamiento de mi mujer, que soy servidor de sus altezas de corazón y voluntad limpia, y como vos deseáis que esta ciudad sea suya, ese mismo es mi deseo”.
y, puesto que porfiaban que bastaba de cartas y se remitían a una entrevista personal, y él no podía ir, “ved vos, si os pareciese, que vengáis y que traigáis poder de sus altezas para que concluyáis acá.
enviadme a hamet y yo os enviaré a mi primo y a la guardia, si quisiéreis, para recibiros”. en una hijuela secreta le ofrecía ir, si mejoraba; pero que no podía estar más de una hora en santa fe y había de tornar la misma noche, “porque esta gente no me deja holgar, y me exige en los negocios como si estuviese sano: bien lo visteis cuando estabais aquí”.
yo me figuraba a zafra, enloquecido, mandando a diestro y siniestro mensajes y billetes. en sólo un día supe de cinco personajes granadinos a los que trataba de seducir. alos míos y a mí no nos convenía excedernos: las negociaciones tenían que hacerse con el maleh y sin el conocimiento de nadie; aunque no creía yo que zafra tirase, publicándolas, piedras contra su tejado. por eso, el maleh volvió a escribirle. le confesaba que había mejorado del vientre, aunque se le quedó dolor de cabeza. “ con todo, determino con la ayuda de dios ir a la presencia de sus altezas y paréceme, si a vos os parece bien, llevar conmigo al hijo de aben comisa, porque llevando al hijo se atará el padre y trabajará con nosotros.” la cita era para la noche del viernes al sábado; el consentimiento se daría el jueves por la noche; y el viernes, de día, habían de hacerse ahumadas, que era la contraseña, en la alquería de churriana, a la que debía ir, para que él se encontrase seguro, don gonzalo fernández de córdoba. el final de la carta era un galope: no podía estar sino una hora; las capitulaciones del común de la ciudad, y las mercedes y sobornos, tenían que estar ya escritas; los privilegios de la familia real quedarían para después de la entrevista con sus altezas; sus dos mil reales por año habían de doblarse a cuatro mil; saludos a don gonzalo, y “al escribano samuel, que tenga todas las escrituras sacadas en arábigo y saludos, y fecha lunes”. en la hijuela privada, le agradecía los dos zamarros que le había regalado para abrigarse, y le interrogaba sobre el tipo de poder mío que debía llevar: “ lo pediré a mi señor, aunque para conmigo no será menester nada de esto, que con lo que quedare con el sultán mi señor aquello ha de ser”. no sé si lo escribió para que lo leyera yo y descansara más en él; pero tampoco sé si incluyó en el sobre una segunda hijuela además de la de los zamarros. prefería creer que no.
esa misma noche intercepté una carta de el pequení que él no me había mostrado. la copié, y le di paso libre. proponía mejorar las condiciones: un plazo de dos meses o de cincuenta días; la entrega de un lugar o dos - mondújar o andarax o dalías- antes del fin del plazo, con lo que se “ablandaría” la gente, y serviría para ver su voluntad; petición de un salvoconducto para un mensajero; licencia para la sementera una vez que estuviesen las voluntades “blandas” (qué manía la de este alfaquí, como la de todos los sacerdotes, por ablandar a golpes); permiso de ir y venir para la gente, “lo que la ablandará mucho; en cuanto a los cautivos, cuantos más sean más bien hay en ello, y mucha blandura, y que de las tahas de las alpujarras sea yo alcaide como era muley zuleigui, y lo pido desde ahora porque creo que otros lo pedirán, y en lo de mi ida allá, tengo un huésped que me la estorba” (fantasía también). “ téngame por excusado, que yo iré la primera vez que venga hamet.” ( hamet era el que me dio la carta. en el fondo, todos lo mismo: traidores de ida y vuelta: vender bien el burro, que no era suyo además, y no arriesgarse a dar la cara, inventando para ello huéspedes o diarreas.)
cuando al amanecer del sábado volvió de santa fe el maleh, lo encontré ensimismado y pensativo.
– ni yo mismo sé por qué -me explicó-. todo ha ido bien. todo ha ido demasiado bien. quizá por eso me preocupo. no logro fiarme de esos reyes. esta vez no han hecho hincapié en el punto del plazo. dan la impresión de que esperan conseguirlo por otras vías, gracias a otros manejos. algo me huele mal. y, por si fuera poco, en el camino de vuelta se me han ocurrido algunos capítulos del común, y otros tuyos (incluso algunos míos) que faltaban. puesto que están en buena disposición, apretemos las tuercas, que luego será tarde. si me autorizas, escribiré a zafra ahora mismo, y que complete con esta tanda los legajos.
se sentaba a escribir, cuando agregó:
– vi a don gonzalo, y me dijo que aceptaría una invitación tuya a visitarte.
lo que escribió fue un anuncio del envío de nuevas solicitudes, y otro del envío de unos alpargates para la mujer de zafra. y, por supuesto, la petición para él de la alhóndiga del pescado, con derechos y provechos y, si no, la plaza de los zapateros y el provecho del degüello de ganados de la aduana, “aunque la mayor merced que me habéis de hacer es que tenga yo favor en casa de sus altezas y con todos sus servidores, y que me cuenten como uno de ellos, y que me quede la casa de sus altezas abierta para suplicar por todos los que me vinieren a rogar, como tengo hoy en casa de mi señor; no sea que se haga lo que han menester de mí, y después me echen”. yrogaba el secreto una vez más, y que, para guardarlo, se castigase en santa fe a quien hablara con cualquier moro en donde fuera, y que se pregonara la prohibición, porque él había escuchado lo que no le gustaba en el real. ( por lo que me dijo, le habían llamado hijo de puta.) y, como en un rapto, añadió una posdata: que habían llegado dos navíos a adra con mil fanegas de trigo cada uno y con noticias de que, en vélez, once navíos desembarcarían trigo de limosna y caballos, “y estoy maravillado de vuestra armada cómo los deja pasar.
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