alza tu brazo, valiente, y ve.
estamos todos suspendidos ante tu voz.
sigue cumpliendo tu radiante destino de invencible.
alza tu espada, y convoca y reúne a las gentes dispersas…”
así terminaba, para desgracia mía, el año 1489, y con él muchas otras cosas.
el siguiente empezó peor aún.
violando los pactos, fernando se apoderó de las torres de la malahá y de alhendín, mejoró sus defensas, e instaló en ellas una guarnición con municiones abundantes de boca y guerra. por su gran proximidad, serían dos puestos claves cuando amaneciera el nefasto día de ponernos sitio. yo me encontraba entre la espada y la pared: mi impopularidad crecía en granada a medida que se acercaban a ella los cristianos. envié a mi hombre de confianza, el visir el maleh, para reemprender negociaciones.
regresó con dos oficiales cristianos que yo ya conocía: martín de alarcón, ahora alcaide de moclín, y gonzalo de córdoba, ahora alcaide de illora. no olvido los ojos resbaladizos del primero y los ojos bajos del segundo al exponerme la demanda de sus reyes: rendición inmediata.
– don gonzalo… -insinué.
él bajo aún más sus ojos. fue don martín el que habló:
– grandes preparativos se están haciendo por toda andalucía; vos estáis solo aquí. si os retiramos nuestra ayuda, serán vuestros propios súbditos los que acaben con vos: ya don gonzalo ha tenido que libraros de ellos en varias ocasiones.
volví mis ojos a hernando de baeza, que asistía a la entrevista; también bajó los suyos. los capitanes, sin tener otra cosa que añadir, se despidieron. me daban dos días para comunicarles mi decisión. sin saber para qué, pedí dos más.
al tercero, volvió de sevilla aben comisa al que, consciente de que andaba por su cuenta en tratos con los reyes, había mandado a negociar.
– pon los pies en la tierra, boabdil. de acuerdo, según ellos, con lo estipulado en córdoba y en loja, los reyes exigen la entrega de granada sin dilación ninguna.
– no es cierto. aquí tengo el contenido literal de las capitulaciones -le respondí mostrándoselas.
– lo han previsto también. por si argüías eso, me participaron que rehusan respetar cualquier compromiso anterior que se oponga a sus órdenes de ahora.
antes de que se cumpliese el cuarto día del plazo llamé a los caballeros cristianos.
– en virtud de los tratos secretos que existen entre vuestros soberanos y yo, apoyado en mi propia voluntad y en mis necesidades y en las necesidades de mi pueblo, he determinado entregar la ciudad de granada y sus alfoces de acuerdo con las capitulaciones que firmemos a través de sus compromisarios y los míos. id a los reyes y decídselo así.
advertí un relámpago en los ojos de gonzalo de córdoba, no sé si de desestima, de alegría o de pena; en los ojos de martín de alarcón no advertí nada; en los de hernando de baeza, un gran asombro.
no había salido aún de granada cuando convoqué a los ministros, que eran muy pocos, a los jefes del ejército, a los alfaquíes, a los nobles y a los síndicos de los gremios y trabajos y barrios. les hablé con voz vibrante:
– al entrar mi tío, al que llamasteis con motivo “el zagal”, en la obediencia de los reyes cristianos, ha hecho infecundos los tratados de paz que yo tenía ajustados. anosotros no nos queda sino someternos, o apelar a las armas. mi intención no es, como propalan sinuosos rumores, dar al infiel ni la ciudadela de la alhambra ni vuestra ciudad. os he llamado a este salón de comares, donde en otro tiempo se acogió con arrogancia a los embajadores, para que me expreséis vuestro dictamen.
yo sé que muchos de vosotros habéis conspirado contra mí por considerarme vendido al oro y a la fuerza de los reyes cristianos -acallé con la mano un murmullo de protesta que se iniciaba-; yo sé que soy para vosotros “el zogoibi” -repetí aún con más rotundidad el gesto-; pero quizá hasta ahora no haya tenido la ocasión de manifestarme a vosotros como soy. siempre creí que llegaría a una conformidad con “el zagal”, que era a quien vosotros seguíais y admirabais -repetí el gesto por tercera vez-, aunque menos que yo. no ha sido así. “ el zagal” nos ha traicionado a vosotros y a mí -la frase no salió de mi garganta con la brillantez requerida-. ahora, al girar su rueda, la fortuna ha invertido los puestos, y soy yo el único sultán con que contáis. contestadme: ¿lucharéis junto al “ zogoibi” para proteger granada, o preferís que “el zogoibi”, respondiendo a su mote, les entregue granada a los cristianos? ¿ me forzaréis a aceptar un destino que me repele y una decisión vuestra que me haría sangrar?
el salón se llenó de un clamor solo; todos se comprometían a ser conmigo una mano para combatir al adversario. la primera voz que escuché fue la de abrahén el caisí; entrecerrando los ojos, le hice una seña de gratitud. había advertido que se cruzaban muchas miradas pesarosas; pero también advertí que ninguno osaría oponerse a la asamblea. por si acaso, insistí:
– ¿ lo juráis?
él sí ascendió a la cúpula del salón y descendió desde ella por los muros.
– hagamos, pues, la guerra santa, como nuestros antepasados, mientras dios nos mantenga.
antes de que se disolviese la asamblea, vinieron a decirme que el pueblo se había alzado en las eras de abenmordi y pedía a voces la guerra; una comisión suya subía desde la puerta de la explanada.
sin vacilar, salí a su encuentro rodeado por los notables. con los brazos en alto, como quien promete un anhelado premio, les prometí la guerra.
yo -y acaso todos- estaba seguro de que iba a ser la última de andalucía. y, con toda la devoción de la que era capaz, supliqué al omnipotente morir antes de que ella concluyese.
cuando en una fecha más o menos próxima -pero, en cualquier caso, taxativa- iba a dejar de serlo, me sentí sultán. la primera decisión que adopté fue la de organizar mi secretaría. al tipo de sultán que yo era, por el momento le servirían mejor los secretarios que las armas. las que había de emplear, antes que otra ninguna, era la habilidad, la precisión y la oportunidad. lo único que podía ganar era tiempo. para eso tenía que prolongar las negociaciones, a conciencia de adónde me conducirían.
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