Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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Era años después de que ocurriera el septiembre negro. Ocho o nueve después de que se armara la terrible matanza; las guerrillas palestinas volvían a moverse con libertad en Jordania. Entonces ya no nos protegíamos de los jordanos, sino de los judíos, que eran capaces de perseguirnos hasta muchos quilómetros en el interior del país.
Mohammed, sin embargo, había establecido su base de operaciones con extremo cuidado, en un lugar casi inaccesible y tan recóndito que resultaba imposible de detectar desde el aire. Nuestras tiendas, trenzadas de pelo de camello, se fundían en la naturaleza tan perfectamente que el campamento pasaba inadvertido a cien metros. El fuego sólo se encendía al atardecer, cuando el humo podía confundirse con la neblina; en las noches de mucho frío, encendíamos los braseros dentro de las tiendas y tapábamos las brasas con material aislante para que no se viera el rescoldo desde lo alto. Pasábamos semanas sin lavarnos. Alguna vez, Marta y yo conseguíamos escaparnos a Aqaba, con la excusa de que tenía que mandar mis películas a mis agentes en los Estados Unidos. Solíamos quedarnos tres o cuatro días en el hotel Coral Beach, inmersos en un lujo que nos parecía inimaginable, bañándonos interminablemente en el mar Rojo, haciendo el amor voluptuosamente bajo las palmeras y a la luz de las estrellas. Muy de vez en cuando, Mohammed, Pedro, Dennis, Marta y yo subíamos al Lawrence's Well, arriba en la montaña, a llenar nuestras grandes pieles de camello con agua del manantial. Pero eran excursiones arriesgadas, en las que siempre existía el peligro de toparse con una patrulla jordana de las que pernoctaban en el fortín de Beau Geste. Todo muy romántico. Perfectamente espantoso.
La noche anterior habíamos cruzado la frontera, hacia el norte de Elat, con la intención de volar unos depósitos de municiones que sabíamos había al otro lado de la ciudad. Mohammed conducía el Land Rover que iba delante. Yo iba inmediatamente detrás en el viejo jeep, con Pedro sentado a mi lado. Rodábamos sin luces y ya bastante despacio, porque nos estábamos acercando al wadi. En los semblantes de los compañeros, diez eran, que venían con nosotros se notaba perfectamente la tensión que precede a una acción guerrillera; las caras jóvenes, barbilampiñas, siempre adornadas de bigotes, por ralos y raquíticos que fueran, estaban tirantes, con los ojos muy abiertos, como los de los caballos asustados. Movían las manos constantemente, acariciando los cañones de sus metralletas, tocando los gatillos con dedos nerviosos. Como siempre, nos proponíamos atravesar el riachuelo por la revuelta de Ichlan, el único punto que sabíamos estaba sin vigilancia. Al otro lado del riachuelo había una colina escarpada de imposible acceso; los israelíes nunca la vigilaban, y nosotros habíamos encontrado este viejo y casi reseco wadi que la atravesaba como un túnel escondido entre matorrales y sombras. Hacía semanas que yo le decía a Mohammed que aquel lugar ya no era seguro y que algún día nos pillarían. Pero en esta ocasión no se trataba de pegar tiros suicidas, sino solamente de colocar unos explosivos; diez quilos de plástico a los que Dennis ya había puesto las espoletas. Una marcha nocturna larga y un trabajo sencillo. Los israelíes se preocupaban más del Golán y de la frontera con el Líbano que del flanco sur: en el sector de Elat no tenían más que reservistas.
Esta vez nos estaban esperando. Nos cazaron como a palomas, cuando vadeábamos el centro del wadi.
A mí me salvó que me cayera encima, con la cabeza atravesada por un balazo, uno de los muchachos más jóvenes que había en el grupo. Ibrahim se llamaba; se había unido a nosotros hacía apenas unos días y éste era su bautismo de fuego. Recuerdo bien que, en el resplandor de la noche, distinguí perfectamente el orificio que le había hecho la bala. Un agujero negro y redondo donde había estado el lagrimal. Toda la parte de atrás del cráneo se había desintegrado y sobre mi camisa escurría una masa sanguinolenta y viscosa. Mohammed tiró de mí." ¡Vamos, Chris, vamos!" Toda la espantosa escena quedará grabada para siempre en mi memoria: había cadáveres por todos sitios, unos flotando boca abajo en el agua estancada, otros enganchados a los matorrales de la orilla. Sobre la arena, quejándose suavemente con sollozos entrecortados, se desangraba un pobre chico, apenas adolescente, que la noche antes mostraba orgullosamente su primer rifle mientras miraba con adoración a Marta.
Nos arrastramos penosamente hasta los matorrales y, a gatas, llegamos a los camiones. Nos pusimos a conducir como locos hacia el campamento. Mientras yo guiaba sin decir palabra, con el estómago aún revuelto de asco y rabia, Pedro, a mi lado, me miraba en silencio y en sus rasgos latinos no había ni un atisbo de la jocosidad, algo amenazante, que era usual en él, incluso en los momentos de mayor peligro. Con estos latinoamericanos nunca se sabe si la risa de un instante va a estallar en la violencia irracional del siguiente. Yo creo que tenemos algo genéticamente desarreglado y que no nos funcionan bien las neuronas.
Tardamos algo más de dos horas en llegar al campamento, saltando por encima de las matas, utilizando la vieja pista de las caravanas de camellos. A la luz de los faros, el horizonte que nos rodeaba parecía convertirse en una gigantesca muralla de árboles y fantasmas espesos; de no haber sabido que no había nada a nuestro alrededor que no fuera la inmensa llanura desértica y que sólo al fondo, a lo lejos, se levantaban las escarpadas rocas del wadi Ramm, habría podido pensarse que viajábamos por un pasillo estrecho y ominoso.
Al llegar al campamento, nos detuvimos, frenando violentamente, y resbalando sobre la superficie polvorienta. Mientras se posaba nuevamente la arena que habían levantado nuestras ruedas, Mohammed y yo apagamos nuestros respectivos motores. Me quedé sentado frente al volante con las dos manos apoyadas en él; tenía la piel cubierta de barro y sangre. Durante un buen rato, el único ruido que se oyó en la noche estrellada fue el chasquido metálico de los motores enfriándose.
Suspiré profundamente y levanté la vista. Allí, en el umbral de la tienda, con la angustia haciéndole cruzar las manos sobre el pecho, estaba Marta, silenciosa y asustada, mirándonos. Lentamente, saqué las piernas del jeep y me incorporé. Marta se acercó corriendo y se refugió en mis brazos. No sabía yo que empezaba nuestra última noche juntos y que, apenas unas horas después, la vida me privaría para siempre de su consuelo, de la vitalidad inagotable de su piel. A lo mejor, un día me acostumbraré a su muerte. Pero lo que nunca le perdonaré a Pedro es que me impidiera atesorar el recuerdo de Marta, que no me avisara de que nunca más podría besar sus pechos y anudar su vientre, de que no podría grabar su risa y su mirada en mi memoria. Pedro dejó que el consuelo de aquella noche fuera rutina y no excepción final.
Cuando me desperté, me dolían los brazos y los tobillos. Por unos segundos no acerté a comprender la razón de esta incomodidad. Me di la vuelta trabajosamente para buscar a Marta, pero no estaba a mi lado. Era, evidentemente, muy temprano: empezaba a clarear difusamente y, en el aire limpio de la madrugada, los objetos apenas si tomaban fijeza poco a poco.
Intenté moverme y traer mis brazos hacia adelante para mirarme las muñecas. No pude. Me miré los pies. Los llevaba desnudos. Vi que los tobillos estaban atados con alambre y me di cuenta de que también me habían sujetado las manos. Levanté la mirada.
– Se acaba de despertar el espía -dijo Pedro-. Hola, espía.
No contesté.
Detrás de Pedro apareció la figura rechoncha de Dennis, con su eterna mirada de sorpresa.
– Mira, Dennis -dijo Pedro con una sonrisa-. Nuestro buen hermano se acaba de despertar y se siente incómodo.
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