Fernando Schwartz - Al sur de Cartago

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Un Famoso Fotógrafo Bélico Intenta Descubrir Las Claves De Una Gigantesca Conspiración A Escala Internacional.

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– Lo mato -murmuró Nina Mahler.

– Los bancos, las grandes compañías que tienen y funcionan con ordenadores, han establecido, naturalmente, salvaguardas, métodos defensivos contra robos. Es muy sencillo de hacer: en el programa, a lo largo de sus distintas fases, se van poniendo contraseñas, que impiden pasar de una fase a otra si no son correctamente utilizadas. De este modo, es fácil, por ejemplo, depositar dinero. Pero sólo un cajero que disponga de la contraseña podrá retirarlo. Pues bien… Stanley Rifkin era un ingeniero, empleado en la Security Pacific Bank de Los Ángeles. Sabía que había tres series de contraseñas para acceder al dispositivo de transferencias del banco. Conocía dos y, tras muchas horas de cálculo y prueba, consiguió encontrar, hace muchos años, la tercera. En 1978, dio al ordenador del banco la orden de que transfiriera 10.500.000 dólares a una cuenta numerada, abierta en Suiza a su nombre. Aún se está riendo. Éste es el método más sencillo de robo. Más sencillo y menos peligroso que el de la lanzadera térmica y el rififí, ¿verdad? -Lanzó una breve carcajada, algo así como el graznido de un pato. Muy desagradable. Además, habían sido 10.332.000 y no 10.500.000-. Un programador medianamente hábil puede dejar abierta la puerta para meter en el programa una instrucción determinada que, una vez cumplido su objetivo de robo, se autoborre: el robo se ha consumado sin dejar rastro alguno. Por ejemplo, un ingeniero francés, resentido con su compañía porque le había puesto en la calle, hizo que el ordenador de la empresa borrase la totalidad de las informaciones almacenadas en su memoria al cabo de dos años. Verdadero terrorismo informático, ¿eh? Imagínense ustedes lo que podría ocurrir si un enemigo consiguiera acceder a un computador gubernamental sin que el Gobierno se enterara. Podría alterar datos, cambiar instrucciones, borrar memorias…, en una palabra, crear una confusión tal que podría desestabilizar al propio país. -Gardner levantó la vista y guardó silencio por un momento. Después, dijo lentamente-: Nos preguntamos, señores, si algún enemigo de la CÍA ha conseguido penetrar la información que está depositada en su computador central.

Nina dio un largo silbido. -Caray.

John Lawrence hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– No se les escapa a ustedes la gravedad de lo que estoy diciendo.

– A lo mejor digo una tontería -dije, mirando a Nina-, pero un computador como el de la CÍA debe estar más protegido que la fórmula de la Coca-Cola. -Me saqué un pañuelo del bolsillo y me soné ruidosamente.

Gardner esperó a que hubiera terminado de sonarme, mirándome con impaciencia.

– Está muy protegido, sí. Las barreras de seguridad son enormes. Pero, por muchas medidas que se tomen, siempre queda el elemento humano. Aunque nunca una sola persona tiene todos los datos de seguridad, no cabe descartar la existencia de uno o más topos… espías al servicio de otras potencias…

– Pero, ¿sabemos que haya ocurrido? -preguntó Nina.

– Eso es lo malo -dijo John Lawrence, mirando a Gardner-. Que no estamos seguros…

– Nuestros primos de enfrente, ¿eh?, nuestros primos de enfrente piensan que es posible. Christopher, quiero que investigue ese asunto…

– ¡Pero si no sé nada de informática!

– No va a investigar cómo se ha hecho, si es que se ha hecho, Rodríguez. Lo que nos interesa es quién y para qué. Y qué -añadió -. El cómo es puramente académico y ya se ocuparán los técnicos de inventar nuevas salvaguardas.

– El cómo no es académico, director… Vamos, creo yo.

– Me da igual lo que usted crea, Rodríguez.

Y, como por arte de magia, ya estábamos nuevamente intercambiándonos lindezas. Nina me volvió a dar una patada por debajo de la mesa. Guardé silencio.

– Esta noche va usted a cenar a casa de Meryl Hathaway. El director de la CÍA me encarga que le diga que allí tendremos ocasión de hablar de este asunto con él.

Sin añadir palabra, Gardner recogió su reloj y sus papeles, se levantó de la mesa y salió de la habitación.

Hubo un momento de silencio. Luego, dije:

– Con este hombre siempre tengo la impresión de que me hace vigilar hasta en la cama. No puedo ir a cenar en paz a ningún sitio.

– Humm -dijo Nina -. Le encanta dar la impresión de que está al tanto de todo. Es lo más pomposo que he visto en mi vida. Y, además, no tiene ni idea de informática.

John Lawrence la miró, enarcando las cejas. Nina sonrió.

Me levanté. Hice una mueca de dolor. Cuando estoy sentado durante mucho tiempo, al levantarme se me ha dormido invariablemente el pie y luego me duele. Es un latigazo repentino.

Nina me miró con cierta preocupación maternal y se llevó el pulgar derecho a la boca.

Me di la vuelta y me apoyé en la mesa.

– Vamos a ver si por lo menos yo me entero de algo, Nina. Un ordenador es un aparato que, debidamente instruido por el hombre, hace operaciones a mucha mayor velocidad que cualquier ser humano, tiene una memoria monstruosa metida en unas cintas y cuando le pides un dato, te lo da.

– Correcto.

– Por eso se le llama un cerebro electrónico. Nina Mahler asintió.

– Sí, señor.

– Y, además, los ordenadores de la última generación -añadí con la satisfacción de conocer el nombre que se les da-son capaces de pensar…

– No, amor. La capacidad de pensamiento y de decisión presupone capacidad de reflexión ética, instinto, emociones… sentimientos, vamos. Y eso no lo tienen los ordenadores. Los ordenadores no hacen más que reproducir a gran velocidad los datos que tienen archivados en sus memorias y no son capaces de superar las instrucciones que se les han dado. Para pensar por su cuenta, tendrían que tomar decisiones independientes a partir de las instrucciones. Y eso no puede ocurrir.

– Vaya -dije, y me rasqué la barbilla. Me senté nuevamente en uno de los sillones y saqué un cigarrillo.

– No fumes más, anda -me dijo Nina.

No hice ni caso y encendí el cigarrillo. La primera bocanada me entró en los pulmones como un volcán y me provocó un ataque de tos. Nina levantó los ojos al cielo. Estornudé ruidosamente.

– Pareces una caja de ruidos, Chris.

– Vamos a… -carraspeé.-Vamos a ver…

– Lo que quieres saber es por qué un ordenador puede darte la opción que debes seguir en un momento determinado.

– Exacto.

– Eso no es pensar, mi vida. Eso es un cálculo de probabilidades. Y tú eres quien ha introducido los datos para que el cerebro sopese las probabilidades. En otras palabras, si al cerebro le has dicho que, para tomarte un plato de sopa, puedes utilizar una cuchara, un tenedor o un cuchillo o puedes sorber, al mismo tiempo le has indicado cuáles son las ventajas y desventajas, en determinadas condiciones, de utilizar uno u otro procedimiento, dependiendo de lo caliente que está la sopa, de lo líquida que es, de la prisa que tienes o de la cantidad que, en cada momento, te quieres llevar a la boca. Si le preguntas su opinión, te dirá lo que, considerando las circunstancias, es más eficaz para el consumo óptimo de la sopa.

– ¡Qué horror!

– Así es la vida. Pero las máquinas, son máquinas. Más o menos sofisticadas, pero con limitaciones. Es nuestra única esperanza como seres humanos. Imagínate lo que sería si un montón de chatarra, que no siente ni frío ni calor, pudiera objetivamente empezar a tomar decisiones más allá de nuestra voluntad, aplicando la lógica más pura. Acabaríamos teniendo un mundo sin subnormales, sin tontos cariñosos, sin frío, sin moscas, sin locura. ¿Te imaginas? La locura sería inmediatamente eliminada. Dios nos libre…

– Estoy seguro de que la filosofía es buena consejera -dijo John Lawrence desde el otro lado de la mesa. Nina le miró como si le viera por primera vez -. Pero creo que os estáis apartando del problema.

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