Fernando Schwartz - Al sur de Cartago
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– John, John. ¿Cómo quieres que le explique a este portorriqueño tercermundista los matices de la técnica, si no se entera primero de lo que es la vida?
– Déjate de historias, Nina, y sigue.
– Como decía el bueno de Gardner, el ordenador de nuestros primos de enfrente es más bien un monstruoso archivo. Lo tiene absolutamente todo dentro. Evidentemente, la mayor parte de los datos es secreta. Una porción importante, muy secreta. Y un porcentaje pequeño, tan reservado que, probablemente, no tienen acceso a él más que el presidente, el director de la CÍA y me imagino que Gardner.
– Un momento, un momento -dije, levantando una mano-. ¿No puede un experto robar los datos?
Nina hizo un gesto negativo con la cabeza.
– Los operadores y programadores son, en primer lugar, de absoluta garantía. Ellos son los que introducen los datos. Pero, además, ninguno de ellos introduce todos los datos de un asunto; se los reparten por trozos probablemente ininteligibles. Y, por añadidura, para tener acceso al ordenador, tienen que inscribir primero su propia clave, que queda grabada para que haya constancia de quién usa el cerebro en cada momento. Y, además, tienen que conocer la contraseña de cada eslabón del programa. Y, además, nunca están solos cuando trabajan. Y, además, si quieren hacer una perrería, como poner una instrucción espúrea… qué sé yo… derivar una línea hacia otro ordenador… algo así, el monstruo avisa, echa humo, grita, da calambre. En fin, se pone como una tigresa en celo.
– Bueno, pero alguien tiene que pedirle a la máquina que imprima un papelito para que lo vea el presidente -dije con lógica aplastante.
– Hombre, el propio presidente. O el director de la CÍA. O Gardner. -Nina se quedó pensativa y, al cabo de un momento, se puso a sonreír-. Fíjate si Gardner fuera un espía ruso. Tendría su gracia. No, Chris, amor, no necesitan a nadie. Tienen su propia pantalla…
– Gardner, no -dijo John Lawrence.
– Bueno, Gardner no. Los otros dos, probablemente utilizan una clave especial que les facilita el acceso a toda la información que quieran…
– Nina, me voy a poner pesado -interrumpí-. Alguien tiene que programar la clave y meterla en el ordenador.
– No. Eso es fácil. El programador lleva el programa hasta el momento en que es preciso introducir una clave final. Luego, se sienta a la máquina el director de la CÍA, pongamos por caso, e instruido de cómo hay que hacerlo, pone su tontería personal. Qué sé yo… algo así como: ABC 32 cuá cuá 3 mamá. A partir de ese momento, se pueden meter datos, pero como el operador no sepa decir ABC 32 cuá cuá 3 mamá, nunca será capaz de volverlos a leer.
Levanté la mano, riendo.
– Está bien, está bien, Nina. Me lo creo. Y, ahora, ¿qué?
– Bueno, ahora, vas a tener que averiguar por qué nuestros primitos sospechan que algo está mal. Y te van a tener que explicar cómo ha podido ocurrir. Por tanto, el cómo es importante -añadió con una sonrisa dirigida a John Lawrence -. Una vez más, nuestro ilustre jefe ha dicho una tontería. -Apoyando las manos en la mesa, se levantó pesadamente y el esfuerzo la hizo jadear.-Vámonos… amor. Aquí no hay nada más que hacer. John… -añadió con la respiración entrecortada, a modo de saludo.
Volvimos lentamente hacia su cubículo. Saqué el pañuelo de mi bolsillo y me soné.
– Puah. Estoy fatal. Se me va a caer la nariz. Odio Washington.
– Lo mejor que puedes hacer, bellezo, es darte una sauna, a ver si se te despejan las meninges. Si no, el hombre más varonil de los Estados Unidos no va a estar en forma para propinarle su famosa sonrisa a Meryl Hathaway.
– Me daré una sauna -contesté, ignorando deliberadamente la pequeña puntada de celos que se adivinaba en la voz de Nina. Es lo menos que se puede esperar de ella-. No sé si voy a poder aguantar a los dos directores juntos.
– ¿Quieres un consejo, amor?
– No.
– Trátalos como si fueran un par de tarántulas. Sólo desconfiando de ellos y no creyéndote sus mentiras llegaremos a desentrañar la madeja y a resolver la operación cordón sanitario.
– ¿Cordón qué?
– Sanitario, amor, sanitario -contestó, sentándose nuevamente detrás de su mesa -. Se trata de proteger la información de los Estados Unidos de infecciones exteriores, ¿no? Cordón sanitario -concluyó, haciendo una seca afirmación con la cabeza, como si prestara solemnidad definitiva a un asunto de Estado.
Dejé el bastón en una esquina de la habitación y me senté en el borde de su mesa de trabajo, apoyando una nalga sobre ella y dejando que mi pie malo descansara en el suelo. Me dolía más que de costumbre. Algo debió notárseme en la cara porque Nina me volvió a mirar con preocupación. Pero no dijo nada. Me conocía demasiado bien y sabía que hacerme observaciones de tipo maternal podía ser peligroso.
Cuando las piernas y la velocidad son un instrumento fundamental de trabajo, sienta muy mal quedarse cojo. Para dedicarse a sacar fotos en un campo de batalla o corriendo en una manifestación, es preciso poder moverse deprisa y con agilidad. Puedo garantizarlo. Por eso ya no saco fotos bélicas, y todas esas cosas románticas que se dicen sobre la resignación de hombría y sobre el sacrificio silencioso son, en mi caso, cantos celestiales. Además, mi cojera ofende a mi sentido de la estética y de la armonía. Toda mi vida, pelo largo o no, blue jeans o no, he cuidado de mi cuerpo de forma puntillosa, tan inmaculadamente como de mi cocina. Pues, para haberme propuesto cuidarlo de esa manera, el resultado ha sido bastante catastrófico. Pero no hay que hacerme mucho caso; a veces me desborda la amargura.
Tenía una larga cuenta que saldar con Pedro. El día en que perdí cuatro dedos de mi pie derecho hacía un calor espantoso. Era a finales de abril. La ligereza de la primavera del desierto se había fundido ya en la calina oprimente del interminable verano. Ya temblaba la luz blanquísima en el horizonte y, sobre las rocas, se habían agostado los matorrales. No quedaba más que polvo y sequedad. La alfombra de flores moradas con que se recubre el desierto en febrero y marzo se había vuelto marrón y estéril. Lo que, hacía apenas unos días, eran charcas de agua de lluvia remansada en las que bebían mulas y camellos, se había convertido en arañazos agrietados de color ocre. Sólo aquí y allá aparecían puntos más oscuros en donde la tierra estaba aún húmeda.
Nuestro campamento estaba establecido al pie de unas quebradas en el wadi Ramm, al sur de Jordania, cerca de Aqaba. Es, en verdad, un espectáculo sobrecogedor, vasto e infinitamente silencioso. Comprendo bien a Lawrence de Arabia, que, cuando pasó por allí durante la primera guerra mundial hostigando a los turcos, se quedó mudo e impresionado durante días. "Nuestra pequeña caravana estaba avergonzada y silenciosa -escribió-, asustada y tímida de exhibir su pequeñez en presencia de tan gigantescos macizos." Colinas, rocas, estribaciones torturadas y wadis estallan de repente, emergiendo de la arena polvorienta y casi negra. Y, hasta donde alcanza la vista, se divisan montes retorcidos, de color miel donde les ilumina el sol y marrón oscuro cuando les inunda la sombra. Son cadenas de piedra, casi sólo intuidas en la lontananza, que van a morir hacia el tajo del Rift Valley y la frontera con Israel. Es, ciertamente, el paisaje más inhóspito que he visto en mi vida. Dios sabe lo que lo odio. También es verdad que se trata del lugar mejor protegido y más aislado del mundo, y que es el paraje idóneo para montar un campamento terrorista. Además, está lo suficientemente cerca de Israel como para organizar rápidos golpes de mano y retirarse a toda velocidad, antes de que las patrullas judías puedan reaccionar.
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