– ¿Su propio hijo?
El doctor Fernández se golpeó alegre las rodillas con los puños.
– Mi propio hijo. La democracia es una maravilla, ¿no cree?
– ¿A pesar de ser «una exageración de las estadísticas»?
– A pesar de eso. Es una cosa tan tierna. Imagínese: aquí estamos usted y yo, felices de la vida, juntos viendo el futuro de la patria. Yo al lado de mi nieto regalón y usted acompañando al joven Santos. Entre paréntesis, no puedo creer que nos haya ganado con un vals tan huevón.
– ¿Un vals tan huevón, ministro?
– ¡Un vals requeterrecontra huevón, Bettini! ¡Para qué vamos a decir una cosa por otra!
– ¿Usted conoce la revista Actuel de Francia, doctor Fernández?
– ¿Cómo se le ocurre? Je ne parle pas français.
– Acaban de hacer una edición con las canciones que cambiaron el curso de la historia en los últimos cincuenta años.
– ¡No me diga que pusieron su huevonísimo Vals del No!
– Efectivamente, es la canción de 1988, ministro.
– Y en otros años, ¿quiénes fueron los ganadores?
– Jim Morrison, The Beatles, The Rolling Stones.
– ¿Y qué está componiendo ahora?
– Se acabaron las canciones, ministro. El próximo paso es ganar las elecciones con Olwyn y luego meter preso a Pinochet.
Fernández soltó una risa tan estentórea que llamó la atención de la gente alrededor y hasta el rector le destinó una mirada cargada de reproche.
– Hum. La cagué, parece. ¿Meter preso a Pinochet? -dijo en voz baja-. Eso no lo van a lograr, Bettini.
– Lo vamos a lograr, doctor Fernández.
– No, no, no. «Es tan rico decir que no…»
– Sí, sí, sí. Lo vamos a lograr.
– No, no, no. A mi general no me lo tocan ni con el pétalo de una dama.
Vino el turno de Nico Santos para recibir el diploma de graduación. Patricia Bettini se levantó a aplaudir y el público alrededor tuvo ocasión de admirar su vestido Armani. Adrián Bettini se puso de pie y gritó «Bravo», y el profesor Santos se rascó la cabeza con un cigarro sin encender entre los labios.
El ex ministro Fernández se levantó también y aplaudió a Nico junto a Bettini.
– Vamos a volver al poder, Bettini -le susurró al oído-. Esta vez paso a paso, pasito a pasito, votito a votito.
– Son las veleidades de la democracia. Lo que a nosotros nos costó sangre, sudor y lágrimas conseguir ustedes lo van a poder disfrutar sin que se les mueva un pelo de la cabeza. Algún día la exageración de las estadísticas hablará a favor de ustedes. Es la regla del juego. Aplausos, ministro. Lo que importa es que no anden matando gente.
– No se quede en el pasado, hombre. La emergencia ya fue largamente superada. ¿Se acuerda cuando el pueblo le pidió al ejército que interviniera para imponer el orden? ¿Cuándo pidieron a gritos un Pinochet?
– ¿Usted estudió en el Instituto, doctor Fernández?
– A mucha honra. Pertenezco a la directiva del centro de alumnos.
– ¿Quién fue su profesor de castellano?
– Don Clemente Canales Toro.
– Entonces tiene que haber estudiado con él al Arcipreste de Hita.
– Algo recuerdo.
– Un autor medieval. ¿Se acuerda? Don Clemente Canales versificó él mismo El libro de buen amor en español moderno.
– Claro que sí. Muy entretenido. El «Elogio a la mujer chiquita», ¿cierto?
– Bravo. ¿Y no se acuerda por casualidad de la fábula de las ranas que estaban insatisfechas y querían que el dios Júpiter les mandara otro rey?
– No me acuerdo.
– Y Júpiter les manda de rey a una cigüeña que se come las ranas de a dos con un solo picotazo.
– Hum. ¿Adónde va con este cuento?
– A lo siguiente. Las ranas que sobreviven vuelven donde Júpiter y se quejan: «El rey que vos nos diste por nuestras voces vanas danos malas noches y muy malas mañanas.» ¿Quiere que le explique la fábula?
El doctor Fernández se limpió con la palma de la mano derecha unas pelusas adheridas a la solapa de su chaqueta.
– No hace falta, Bettini. Como usted dice, la democracia es una exageración de las estadísticas.
– Es usted quien dice eso.
– Cierto. Es que la vida es como el juego de la viroca: al que le toca le toca. Ahora es el turno de ustedes. Lo importante es que si ustedes ganan el gobierno hagan algo para superar esto tan antipático de que la gente quede estigmatizada entre los que votaron «Sí» y los que votaron «No». Hay que ser moderno y sentarse en las diferencias.
– Usted siéntese en lo que quiera y donde quiera. Yo, no. La pugna entre el «Sí» y el «No» va a permanecer mucho tiempo, porque es un asunto de vida o muerte. Se deja vivir a los que piensan distinto o se los mata. Yo no me voy a olvidar nunca de lo que pasó.
– Qué curioso; en cambio, yo ya me olvidé.
– Es usted muy moderno, ex ministro.
El hombre comenzó a aplaudir con energía. Unas bellas azafatas convocaban ahora a su nieto a recibir el diploma de manos del rector.
Bettini se limpió las palmas de las manos en los muslos, luego las subió y se unió al ex ministro en sus aplausos.
– Así que la fábula de las ranas, Bettini.
– La fábula de las ranas -repitió Adrián Bettini aplaudiendo cariñosamente.
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