Valérie Tasso - Diario de una ninfómana

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Diario de una ninfómana es el conmovedor relato de una mujer francesa, de buena familia, licenciada en dirección de empresas, que narra su evolución vital a través de las relaciones sexuales que va teniendo: con los sepultureros de un cementerio, con un árabe «muy aficionado» a la Coca-Cola, con un policía sin escrúpulos, con desconocidos en lugares imprevistos… Multitud de vivencias que asume con la máxima libertad que tiene cualquier persona: la que uno se concede a sí mismo y no la que se ve obligado a tener.
Esta peculiar manera de relacionarse la lleva a vivir una verdadera odisea al lado de un hombre maquiavélico empeñado en maltratarla psicológicamente. Para sobrevivir al dolor y debido a sus ilimitadas ansias de conocimiento, ejercerá la prostitución en una agencia de contactos de lujo. Allí se enfrentará a la vulnerabilidad de los hombres: hombres de reconocido prestigio, hombres de negocios, políticos… Hombres que no le harán perder sus ganas de comunicarse con el lenguaje que mejor conoce: el del cuerpo y el de las palabras escritas.
Un libro que no deja indiferente a nadie. Un libro sincero, desgarrado, escrito a contracorriente de la actitud políticamente correcta respecto del sexo. Un libro que revela, en definitiva, que hasta en el propio infierno se puede encontrar el amor.

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– Ahora sí. Estoy mejor. ¿Es verdad que no querías estar con Mae?

– ¡Claro que no! Te había prometido que iba a pasar una noche entera contigo y aquí me tienes.

– ¿Ni siquiera has deseado estar con ella?

Se le ve desolado por el desafortunado acontecimiento y, a modo de respuesta, me coge en sus brazos. Los demás se han ido ya, y nos encontramos por fin los dos solos.

– ¿Ni siquiera por un segundo?

Hacemos el amor toda la noche y descubro, para mi gran sorpresa, que puedo ser multiorgásmica. No le importa quién soy yo, no le importa si ha pagado, no le importa el tiempo ni mi verdadera identidad, sólo que esté disfrutando. No le importa nada más.

Al día siguiente, después de un copioso desayuno en la habitación, que Giovanni ha pedido especialmente para mí, le dejo mi teléfono, rogándole que no le diga nada a nadie sobre lo ocurrido.

Este hecho será como firmar mi propia sentencia de muerte en la casa. Mis días de trabajo están contados y todavía no lo sospecho.

Mi ángel de la guarda

En mi descenso hacia el infierno,

he encontrado un trozo de paraíso

Cuando Giovanni y yo nos conocimos, supe que jamás iba a pertenecer a nadie más. Fue como si calmara en un instante el retortijón que me había ido consumiendo en el bajo vientre todos estos años, y respondiera de una vez por todas a mis preguntas sobre el amor, el sexo, la fidelidad y las aventuras de una noche.

Porque, en mi descenso hacia el infierno, me encontré un pequeño paraíso. Mi Dios particular tenía el aspecto de un hombre maduro, alto, el pelo moreno y un poco canoso, la cara en forma de pera bien madura, los ojos verdes intensos, las manos fuertes, con las uñas un poco cortadas desigualmente. No se las comía, sólo las pielecitas que las rodean. Dos o tres pelos sobresalían de su nariz potente. Dios tenía un poco de barriga, que me encantaba. Le daba un aire tierno, sobre todo cuando ponía mi cabeza encima y le acariciaba suavemente. De vez en cuando introducía mi dedo en su ombliguito. Siempre me ha despertado curiosidad, pero sé que no le gustaba. Dios olía a brisa y a almendras troceadas, a gotitas de rosa del jardín por la mañana, y a leña recién cortada, y a paja de granja, y a hierba bien verde después de un diluvio. Por la tarde, a las páginas de un libro recién publicado; a yogur natural de leche entera; a león ardiente cuando cae la noche. Y a melocotón blanco, tierno, sin esa sensación desagradable en los dientes cuando lo muerdes con fuerza. Dios tenía un pelito rebelde encima de la ceja derecha, que yo siempre saludaba cuando nos encontrábamos. Un día desapareció, así que nos pusimos a buscarlo con desesperación entre las sábanas. El pelito rebelde se había ido sin más. Al mes, apareció otro. Es cuando me convencí de que la inmortalidad existe. ¡Dios siempre me sorprendía!

Dios tenía los dientes curiosos. Blancos sí, pero cabalgaban unos encima de los otros. Y cuando se reía, le daban un aire de niño pequeño, con sus dientes de leche, que nunca se caen. Dios nunca se peleaba conmigo. Cuando me enfadaba, me observaba con sus grandes ojos y me daba besitos en la frente para tranquilizarme. Dios tenía el instinto de las madres cuando lloran los bebés. Cuando tenía miedo, me cogía en sus brazos y mecía mi cuna invisible.

La boca de Dios era finita, de un rosa pastel, como si llevara carmín, y me trastornaba cuando decía que pensaba en mí en cada fracción de segundo. Dios me enseñó a entregar el más bonito de los regalos: los besos. Él devoraba mi boca. Y yo, la verdad, es que no lo hacía muy bien. Pero eso, pocas veces me lo ha dicho.

También lloraba Dios noches enteras, escondido debajo de la almohada, al oír la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, cuando me sabía en brazos de otro. Y fue cuando descubrí por primera vez que las lágrimas de un hombre son el mejor regalo para una mujer enamorada.

Dios tenía un pequeño defecto: no sabía pronunciar la c. Intenté enseñarle, pero podíamos pasar noches enteras escupiendo sin éxito. ¡Qué divertido era Dios! Pero lo que más me gustaba de él, era recibir su bendición. Dios era generoso, y bendecía cada vez que se lo pedía.

Odisea en Odesa

8 de diciembre de 1999

Desde el día en que le dejé mi teléfono a Giovanni, hemos empezado a comunicarnos. Al principio, él comenzó a llamarme una vez a la semana, pero luego no hemos podido pasar un solo día sin escuchar la voz del otro. Yo sigo en la casa, trabajando, y cuando Giovanni me llama y estoy desconectada, entiende enseguida lo que estoy haciendo. Hasta ahora no me ha dicho nada ni me ha hecho reproches. Pero sé que no le gusta. Una vez, le oí reprimir unas lágrimas.

No le he contado mi vida, tampoco me ha preguntado nada al respecto. Por respeto, tampoco le he hecho preguntas sobre su situación.

Hoy, Giovanni me ha llamado para saber si, a mitad de mes, puedo tomarme unos días para irme de viaje con él. Tiene que cerrar un contrato, y quiere que le acompañe. Encontrar una excusa para ausentarme varios días seguidos de la casa no va a ser fácil. Sobre todo, porque Mae ya ha dejado caer a Cristina que entre el italiano y yo ha notado mucha química. Y sospecha que le he dado mi teléfono. Está claramente celosa, y creo que se ha puesto a contar más historias sobre mí que no son ciertas. El ambiente está cada día más tenso y Manolo ha comenzado a controlarme de una forma exagerada. Incluso, cuando mis clientes habituales llaman, intenta colocar a otra chica explicando que yo no estoy. Con eso pretende que las chicas vayan sonsacándoles información. Yo, la verdad, no siento que haya hecho algo malo.

Así que tengo que inventarme una excusa para poder irme tranquilamente de viaje con Giovanni. Voy a fingir una gripe intestinal de caballo para conseguir salir de la casa.

12 de diciembre de 1999

Odesa es una ciudad de Ucrania que se encuentra al borde del mar Negro. Giovanni y yo hemos llegado aquí acompañados por un traductor oficial, amigo íntimo de Giovanni, quien nos ha encontrado alojamiento en una de las dachas dentro de un antiguo centro de vacaciones soviético.

La tarde está siendo muy fría. Una gaviota se acerca a la ventana. Nunca jamás he visto a una gaviota de cerca. Se pone sobre el balcón y nos mira, prepotente, mientras hacemos el amor contra la cómoda de la habitación. Yo también la estoy observando. De vez en cuando, se come con los ojos el pan tostado que nos ha preparado Boris, con un poco de caviar al lado. Pero sigue inmóvil, respetuosa ante lo que está viendo. En estos momentos, intento imaginarme cómo hacen el amor las gaviotas y si el pico les sirve para algún ritual previo.

Luego, Giovanni me pregunta por qué me estoy quedando tan quieta y si sigue allí la gaviota.

– Nos está observando.

Giovanni se pone a chillar.

– Porra putaña ! Fuori!

La gaviota permanece impasible, gorda como un peluche redondo. Sigue ahí… Me la imagino inmortalizada por un taxidermista, en mi mesita de noche. ¡No! No va a caber. Ésta es gigantesca. Giovanni continúa penetrándome, gimiendo como le es propio. Sentirlo así, mientras me observa ese pájaro, me hace entrar en otra dimensión. Sólo es placer y naturaleza. Giovanni para de repente la cadencia. No se puede concentrar hoy.

Después del amor, Giovanni se ha ido a duchar. Yo aprovecho este pequeño momento de soledad para coger su camisa y observar las iniciales que están cosidas sobre ella. Todas sus camisas las tienen. Me gusta pasar el dedo por encima, sentir el relieve del hilo. Lo voy pasando una y otra vez, cerrando los ojos, imaginándome que soy ciega y que leo en braille. Es un momento único para mí, y no quiero que Giovanni me sorprenda así. En cuanto le oigo que está a punto de salir del baño, vuelvo a poner la camisa en su sitio.

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