Auður Ólafsdóttir - Rosa candida

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El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.

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Naturalmente, lo más fácil sería encontrarnos abajo, en la panadería.

– Ven -me dice, me coge de la mano y me hace atravesar el patio empedrado-. Vamos a mi casa -cuando haya terminado de acariciarme el pelo igual que a su novio un rato antes, yo no estaría seguro de si tenía algo que decirle. Reflexiono para intentar saber si mi experiencia con seis mujeres es mucha o poca para un hombre de mi edad, ¿considerablemente por encima de la media, mucha en términos normales, o anormalmente escasa?

Abro la ventana y el olor a comida me aumenta el hambre. Se me ocurre mirar si hay algo que comer en la cocina, y busco en dos armarios. Una inspección somera muestra que hay pan sueco de centeno y un sobre de sopa de espárragos. Saco la confitura de ruibarbo de mi mochila y me como tres rebanadas de pan de centeno con confitura mientras se hace la sopa. Me llama la atención la enorme cantidad de utensilios de cocina que tiene mi amiga, parece tener cuatro de cada cosa. Luego abro el armario de la loza y busco vasos y tazas. Las tazas son de flores con el borde dorado, me da miedo que se me caiga una de las manos y desparejar el juego, voy metiendo la mano con mucho cuidado por el fondo del armario hasta que encuentro un vaso de plástico que me servirá para beber agua.

¿Cómo sería mi hogar? «Un hogar es cuestión de dos personas», diría mamá, lo único que me parece imprescindible serían las plantas, aunque me veo más en el exterior, en un jardín, que cuidando plantas de interior.

Yo no soy como papá, que es esposo de nacimiento, no va nunca sin corbata al garaje, y el destornillador de estrella y la llave inglesa nunca están lejos. Yo no soy un manitas como los hombres de familia, que entre todos saben hacer de todo: poner aceras, conectar un cable eléctrico, fabricar puertas para los armarios de la cocina, hacer escalones de cemento, reforzar un dique para que no se raje y cambiar ventanas, trabajar con una maza sobre un cristal doble, todo lo que debe saber hacer un hombre. Yo también podría hacer alguna de esas cosas, probablemente, e incluso todas, pero nunca me divertirían. Yo podría colgar estanterías, pero no convertiría en hobby colgar estanterías, no perdería las tardes y los festivos en ese tipo de cosas. No me veo atornillando una librería mientras el electricista que tengo por padre hace una extensión de la corriente, posiblemente mi suegro sería un maestro en poner suelos de linóleo y entonces se dedicarían a ello los dos consuegros juntos, cada uno con su tazón de café encima de mi librería. O lo que sería aún peor, papá y yo estaríamos solos y él me hablaría de esas tareas como si yo fuese su aprendiz. Cuanto más pienso en la posibilidad de fundar un hogar, tanto más claro veo que eso no es para mí. Otra cosa sería el jardín, podría pasarme tardes y noches enteras yo solo en el jardín.

Cuando me estoy terminando la sopa de espárragos, llama papá. Quiere saber si ya he comido, y puedo confirmarle que, efectivamente, he comido. Luego quiere saber qué he comido, y le digo que después de una operación de apendicitis es recomendable hacer una dieta ligera, así que me tomé una sopa de espárragos. Él me dice que estuvo en casa de Bogga, que le invitó a sopa de carne. Luego me pregunta por Pórgunnur y le digo que ha salido un momento. Quiere saber si me estoy recuperando bien y le digo que me encuentro bastante mejor. Luego pregunta si aquí oscurece siempre a la misma hora.

– Sí, hacia las seis.

– ¿Cómo está el tiempo? -pregunta.

– Igual que esta mañana, nublado y tibio, en realidad un tiempo primaveral.

– ¿Cómo es la electricidad ahí?

– ¿A qué te refieres? Yo diría que sirve para encender la luz.

No tengo ni idea de nada referente a la electricidad. Papá intentó enseñarme a cambiar el enchufe de un cable la mañana de mi noveno cumpleaños, y recuerdo lo extrañado que se quedó por mi falta de interés. Era como si le estuviera diciendo que no quería llegar a ser un hombre. Cuando me pregunta algo sobre electricidad, tengo la sensación de que está tomando el pulso de mi virilidad.

– Nunca me ha gustado la oscuridad, Lobbi -dice el electricista antes de desearme buenas noches.

Una vez me he despedido de papá y le he dado recuerdos para Jósef, me pongo el pijama que me regalaron los dos y vuelvo a meterme bajo las sábanas de chica. Las mangas y las perneras me quedan un tanto cortas. Desde que me operaron pienso en el cuerpo bastante más que antes, tanto en el mío como en el de otros. Con eso de «el cuerpo de los otros» me refiero sobre todo al cuerpo de las mujeres, pero también me fijo algo en el cuerpo de los hombres. Intento hacerme una idea clara de si el mareo de cuatro días podría tener como consecuencia un incremento de mi conciencia corporal. Sigue doliéndome el vientre, pero sobre todo me siento increíblemente solo debajo de las sábanas. Lo único que me queda por hacer es tocarme, tantear el cuerpo para comprobar si sigo vivo. Empiezo localizando algunas partes sueltas, como para convencerme de que son partes de mí mismo. Aunque es evidente que estoy condenado a la soledad mientras me recupere de la operación de apendicitis, noto palpablemente que soy un hombre. No puedo dormir y me pongo a pensar. Le doy muchas vueltas a que habría debido preguntar el número de teléfono de la enfermera de ojos castaños que se ocupó de los esquejes y me ayudó a desnudarme la primera noche, la que llevaba un prendedor con forma de mariposa. O la otra, la que me ayudó a meterme en la ducha y luego me cambió la venda.

Capítulo 12

A la mañana siguiente hay en el cielo una extraña nube, tiene forma de gorro de niño con cenefa de encaje. Tras haber experimentado la muerte y la resurrección, estoy mejorando visiblemente, y cuando aprieto la cicatriz un poco, el dolor casi ha desaparecido. Es normal que uno vea las cosas de un modo distinto con el nuevo día.

«Todo lo que hace falta es dormir y tiempo», habría dicho mamá.

No puedo decir que sienta deseos de volver a casa, que haya algo que me llame. Es posible que no sea muy normal que un hombre de veintidós años de edad sienta tanta alegría por estar vivo, pero creo que tengo buenos motivos para ello, tras las desventuras de los últimos días. No existen días normales y corrientes mientras estás vivo, mientras tus días no están contados aún. Las plantas también parecen estar estupendamente en el alféizar, están desarrollando unas raicillas finísimas, blancas, casi invisibles. Decido vestirme y salir a comprarme algo de comer.

Al regresar con el pan y el salchichón, suena el teléfono. Es papá. Pregunta qué tal ando y si ya he desayunado. Luego vuelve a preguntar por Pórgunnur y por el tiempo. Le hablo de una extrañísima formación nubosa y él me dice que allí siguen con tormenta del norte, viento recio y copiosas nevadas. Luego añade:

– ¿Te podrás creer que tu foto de graduación se me cayó de la mesa de noche y se le rompió el cristal?

– A mí no me hicieron ninguna foto de graduación.

Ni siquiera me puse la gorra de estudiante cuando acabé el bachillerato.

Pero mamá me hizo una foto en el jardín el día de mi graduación, mamá era un bicho malo. Luego nos hizo una foto a Jósef y a mí juntos, él me tenía cogida la mano, como suele hacer, yo le sacaba la cabeza. Al final Jósef nos tomó otra foto a mamá y a mí al lado del macizo de azucenas rojas, en la que los dos nos estamos riendo. No sé si papá está perdiendo oído, o es que prefiere no escuchar algunas de las cosas que le digo.

– La estaba cambiando de sitio cuando se cayó al suelo. Pröstur, el del taller de marcos, le va a poner uno nuevo, un poco más grande que el que tenía. Estuvo de acuerdo conmigo en poner un paspartú más fuerte, el borde blanco sustituirá la gorra.

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