«¿O es que aún estás creciendo?», me pregunta, y mira sonriente hacia su franja de cielo. Siempre estaba preocupada por que los tres hombres de su vida estuvieran adelgazando, sobre todo se empeñaba en que yo no comía suficiente. Desde aquella noche no volví a saber nada de la futura madre de mi hija hasta dos meses después; justo a primeros de año, me llamó y me preguntó que si podíamos vernos en un café.
Ciertamente no puedo decir que me encuentre en un estado físico adecuado para acostarme con nadie, vista la situación. Para ser sincero, preferiría el libro de jardinería en vez de la chica. Puedo decir «no, lo siento», pero eso la podría herir y hacer que a partir de ese momento todo resultara de lo más incómodo.
– ¿Traes plantas? -me pregunta, señalando los esquejes que están en la ventana metidos en los vasos de hospital.
– Sí, son esquejes de rosal que me traje del invernadero de casa -le respondo-. Pienso llevármelos al jardín.
– ¿Se llama algo especial esa rosa?
– Sí, rosa de ocho pétalos.
– ¿A qué se debe este interés tuyo por las plantas? -me pregunta.
– Prácticamente he crecido en un invernadero. Me siento comodísimo entre plantas.
Imagino que tiene un interés limitado por la jardinería, y como no se me ocurre nada de qué hablar, me podría ver obligado a llevar nuestra relación a otro nivel, el manual. Me hallo ante dos posibilidades, hacer o no hacer. La cuestión es ¿cuándo exactamente se agota el tiempo de las posibles elecciones: al cabo de cinco minutos, al cabo de diez minutos o quizá ya se ha agotado? Me quito el reloj y paso el brazo por encima de ella para dejarlo en la mesilla de noche. Mi co-confirmanda está despierta y me mira con grandes ojos, no hay forma de saber lo que estará pensando. Y tampoco importa mucho, también dentro de mi cabeza está todo confuso y nebuloso.
Y también está la posibilidad de que uno no recuerde todo lo que ha pasado, y al despertar y ver solamente la cabeza rubia de una persona de cabello rizado al otro lado de la cama, tenga que empezar por averiguar de quién se trata. No hay que extraer de esto la conclusion de que me he encontrado muchas veces en la situación de no recordar exactamente quién está conmigo en la cama. En lo que se refiere a mi amiga de infancia, la tarde y la noche de ayer no están nada claras en mi memoria. Sigue durmiendo, pero yo consigo saltar por encima de ella y ponerme los pantalones. Luego voy a la panadería a comprar algo para el desayuno de Pórgunnur. Pienso que también debo darle las gracias, así que compro una flor, una planta rosa en una maceta. Luego tendré que marcharme a toda prisa. Cuando vuelvo ya está levantada y asoma la cabeza por la puerta de la cocina, se ha puesto un vestido de flores que le llega a la rodilla, por encima de unos pantalones vaqueros, y lleva el abrigo, como si estuviera a punto de salir por la puerta. Ya se ha puesto las gafas, de modo que estoy seguro otra vez. Tengo que reconocer que me alarmó que hubiera pensado irse sin decir adiós. Le doy la bolsa de la panadería y la maceta. Es una dalia.
– Compré esto para el desayuno -le digo.
– Gracias -responde, y se pone a oler la flor.
En realidad carece de aroma, quizá habría tenido que comprar alguna especie aromática.
– Podrá sobrevivir ella sola unos días mientras tú andas por ahí excavando cementerios -le digo.
– ¿Cómo va tu cicatriz? -me pregunta.
– Mucho mejor; en realidad, estupendamente -respondo. Y es cierto, aunque aún he de tener mucho cuidado al subir la cremallera de los pantalones.
Mi compañera de colegio dice que tiene que darse prisa. Eso no quita para que eche un vistazo en la bolsa de la panadería y coja una especie de rosquilla glaseada, aunque dice que en realidad no tiene tiempo de desayunar.
– Tengo que llegar a tiempo -dice, aún con la maceta en la mano-. Te deseo buen viaje y que te vaya bien en tu paraíso prometido con tus flores de ocho pétalos.
– Muchas gracias por tu hospitalidad -respondo. Cojo la planta y la pongo sobre la mesa de la cocina. Luego la abrazo y le paso la mano una o dos veces por la espalda. Finalmente le recoloco la bufanda, le envuelvo mejor el cuello-. Gracias, otra vez -repito.
– No quiero retrasarte -dice mientras recoge sus cosas a toda prisa, mete los libros en la cartera y va al baño a buscar algo. Luego me da un beso rápido y se dirige lentamente, junto a la pared, hacia la puerta. Se detiene allí un momento y se mira en el espejo para colocarse bien el prendedor que se ha puesto en su espeso cabello rizado. Eso significa que se está marchando pero que aún tiene algo que decir. Espera un momento al lado de la puerta, en una mano lleva la rosquilla glaseada que piensa comerse camino de la biblioteca-. ¿Quizá no te van demasiado las mujeres?
La pregunta cae sobre mí como un puñetazo. ¿Qué puedo responder? ¿Debo decir que sí, pero que no todas las mujeres del mundo, lo que sin duda heriría a mi amiga? ¿O debo decir, y es cierto, que la experiencia acumulada hasta esta mañana no me ha proporcionado material suficiente para hallar la respuesta definitiva? ¿O debo justificarme físicamente enseñándole otra vez los pelos negros que me salen del vientre? Podría decir:
– Claro que sí, pero no con los puntos.
– No te lo tomes a mal -dice mi co-confìrmanda con un pie en el umbral. La arqueóloga lleva botas de cuero altas, con tacones.
Tengo el despertador bien a la vista sobre la mesilla de noche, así puedo saber la hora mientras recojo mis cosas y pongo orden en la habitación, lo que me lleva aproximadamente cuatro minutos.
No tardé mucho en encontrar el coche adecuado. Un Opel Lasta 37 amarillo limón con nueve años de antigüedad me está esperando en la calle. Tiene radio y parece estar en perfecto estado, limpio por fuera, y acaban de pasarle la aspiradora por dentro y de vaciar el cenicero. Desde luego que circuló una cantidad increíble de kilómetros, ciento cincuenta y cinco mil, pero el precio era de lo mejor, regalado más que vendido, que diría papá. Pago el coche al contado, cuento los billetes sobre la mesa, el vendedor me mira de reojo, luego sella la factura y garrapatea sus iniciales encima del sello. Como ya me han quitado los puntos en el hospital, puedo ponerme en camino. Pero primero voy a un vivero de las afueras a comprar tierra para los esquejes. No consigo resistir la tentación y compro además dos rosales más grandes, en maceta, luego apelmazo un poco la tierra con los dedos alrededor de las finísimas raíces blancas y coloco las plantas en el maletero con mucho cuidado. Al principio me dirijo hacia el sol, no puede ser más simple. Quizá aún me esté buscando a mí mismo, pero al menos sé adonde voy.
En la primera estación de servicio compro botellas de agua para regar las plantas, un mapa de carreteras para no perderme, un sandwich para el almuerzo y un cuaderno para anotar datos numéricos: kilometraje y gastos. Cuando voy a pagar y la mujer de la caja ya lo ha sumado todo, cojo un paquete de preservativos que está expuesto al lado justo de la caja y lo pongo encima del mapa, no quiero arriesgarme a que algo inesperado me pille desprevenido; si a todos les llega el momento por azar, también puede llegarme a mí. El paquete es de diez, me podría durar varios días o varios años.
Llamo a papá desde una cabina al salir de la estación de servicio, justo lo necesario para decirle que me han quitado los puntos y que ya estoy en camino.
– No se te ocurra ir por autovía, Lobbi.
– No, iré por carreteras secundarias, como quedamos.
– Naturalmente, los extranjeros no conducen a menos de ciento veinte. Claro que nosotros tampoco nos quedamos cortos. No hay más que abrir los periódicos. El fin de semana pasado pillaron a uno de tu edad a ciento cuarenta kilómetros por hora en una carretera de tierra, en medio de una urbanización de casas de verano. Iba en un coche de empresa con publicidad de un herbicida, que todos pudieron ver cuando pasaba a toda marcha, le detuvieron en la tienda más próxima, donde había parado a comprar patatas fritas; no llevaba carné.
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