Cuando la semana pasada se me ocurrió ir a ver la admirada mansión desde fuera (había oído que era burocráticamente complejo obtener un permiso para visitar el interior), no recordaba en qué numero de la calle se encontraba esa casa de vidrio y no hubo forma de dar con ella, fue como si la hubieran borrado deliberadamente previendo que me acercaría por allí. Recorrí con Paula de Parma dos veces, de arriba abajo, la breve rué Saint-Guillaume, y nada: la fachada de adoquines de vidrio que me sabía de memoria (hasta la había visto en un spot de David Lynch para Yves Saint Laurent) no aparecía por ninguna parte, y deduje que la Maison de Verre la habían borrado o bien se hallaba en una discreta segunda línea -como un cerebro secreto- ocultándose de la vista de la gente que pasaba por la calle. Cuando, unos minutos después, abandoné la busca de aquel exterior de mi interior ideal lo hice muy molesto al ver que ni siquiera ese espacio de apariencias me era accesible, y además frustrado porque debía abandonar aquella misma tarde París y no sabía cuándo podría reanudar la busca.
Horas después, como si fuera la consecuencia lógica de la búsqueda de mi interiorismo ideal, al regresar a Barcelona me encontré con un libro que no esperaba para nada y que resultó perfecto para lo que buscaba: Casa. Un título sobrio para la primera novela que el peruano Enrique Prochazka (Lima, 1960) publicaba en España. El libro, estructurado como si el cerebro del autor fuera tan audaz y laberíntico como la casa de su novela, lo abría una imponente cita de César Vallejo: «Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba.»
Siempre me ha parecido interesante Prochazka, escritor que se considera borrado y que al mismo tiempo es Alguien (por decirlo en los términos de su novela Casa), pues es filósofo, montañista, estudiante de Letras y de Arquitectura, gestor de políticas educativas y autor de ensayos de interpretación sobre Hegel. Hace unos meses, escribí un artículo acerca de sus derivas sin haber leído más que sus palabras de hombre borrado. Y ahora, tras leer Casa, sé que no andaba equivocado al intuir su raro talento y también sé que no deja de ser un milagro que su novela haya llegado hasta nosotros, pues Prochazka no está siquiera entre los escritores mediáticos del Perú de ahora. Pero pienso que, ya que aterrizó por aquí Casa, no estaría mal que probáramos a adentrarnos en los audaces interiores de esa trama que adopta apariencias de ciencia ficción: Hal, famoso arquitecto, despierta sin recordar sus últimos quince años. Repentinamente desdoblado y espectador de su propia condición, debe asumir que ha olvidado su más inmediato pasado y que ha de acostumbrarse a vivir en la casa diseñada por él mismo bajo los principios de una audaz teoría arquitectónica, única y extraña. Llama entonces a un psiquiatra. «Saber quién soy implica descubrir por qué diseñé esta casa.» Se trata de entender al desmemoriado ocupante de la cerebral casa a partir del arquitecto de la misma. En sus investigaciones sobre los fascinantes pero también horribles interiores del lugar, le apoya un eficaz mayordomo llamado Clarke, lo que tal vez nos da una pista: Hal remite a HAL 9000, la computadora de 2001, Una odisea del espacio, novela escrita por Arthur C. Clarke.
La sospecha súbita de que tanto los secretos de la mansión borrada de la rué Saint-Guillaume como los laberínticos interiores del borrado Prochazka no pueden tener casa que los ampare, sólo ideas antiguas para tumbas muy frías. Y poco después, al despertar de esa pesadilla en mitad de la noche, la sospecha enloquecida de que el cerebro de Hal es la casa y ésta a su vez es Wittgenstein, que en los años veinte hizo de arquitecto de la Kundmanngasse que su hermana decidió construir en Viena: una mansión llena de raros detalles estéticos, a veces idénticos a ciertos pensamientos terribles de su arquitecto.
Viaje a Nueva York. En el momento exacto en el que Woody Allen decía en la Universidad Pompeu Fabra que cualquier excusa era buena para venir a Barcelona, me dije que la fortuna de los hombres es asombrosamente diversa y que para mí cualquier excusa era buena para huir a Nueva York. La invitación a un acto literario en esa ciudad no pudo llegarme en momento más oportuno, cuando más asfixiado me sentía por el clima general de Barcelona, Woody Allen incluido.
Es una intensa experiencia -tal como me dijera Perico Pastor- sentir la ciudad desde el puente de Brooklyn a lo largo de la media hora que dura la travesía a pie. Es más, entrar en Brooklyn andando tiene algo de iniciación a la comprensión total de Nueva York y hasta permite entender a qué se refería Paul Morand cuando nos dejó dicho que, si te llevan al centro de Brooklyn Bridge a la hora crepuscular -a mí me llevó Eduardo Lago-, en quince segundos habrás comprendido Nueva York.
En el jardín de una casa de Brooklyn encontré a la enigmática Céline Curiol, corresponsal de Libération en Nueva York y autora de una primera novela rara, Voces en el laberinto, que tan abducido a ratos me dejara el verano pasado. Hasta aquel momento, Céline Curiol me había resultado un personaje enigmático porque en la solapa de su libro tan sólo se decía escuetamente que había nacido en Francia y que aquélla era su primera novela. Pero de hecho lo realmente enigmático era el libro mismo, la ambigua narración del deambular de una mujer joven -llamada siempre Ella en la novela- que trabaja como informadora de megafonía en la Gare du Nord de París, donde anuncia, invisible, la llegada y la partida de los trenes, los horarios y el número de las vías: una mujer que con su voz trasiega a diario con las almas de los pobres viajeros.
Ahora tenía a Céline frente a mí, inesperadamente, en aquel jardín de Brooklyn. La imaginaba en Francia. Asustaba saber que era la inventora de un complejísimo personaje femenino llamado Ella, y pasé revista fulminante a su novela y a la historia de aquella joven que, todos los días, cuando regresa sola a casa, espera la llamada del hombre al que ama sin que el sentimiento por parte de él sea recíproco, aunque eso poco le importe a Ella, que a la espera del hipotético momento en el que se reunirá con él se entrega paradójicamente al mundo entero, se entrega a la noche parisina más canalla y peligrosa, la noche de los barrios difíciles y de los bares turbios, donde se comporta de forma muy curiosa al demostrar una absoluta compasión por los desconocidos noctámbulos que en diferentes momentos hacen que su individualidad trastabille: la historia extraña de una joven, Ella, que oscila entre lo más íntimo y lo más universal; la historia de una mujer que va llegando al hombre que ama a través de un trayecto insólito, a través de su denodado interés y amorosa afición por los otros, siempre guiada por su fijación exhaustiva por cualquier detalle.
Porque Ella tiene esa rara habilidad de fijarse en los detalles y de paso ver cómo se transforman los otros a cada instante. Y porque la autora, por su parte, es hábil para verla a Ella. Y así por ejemplo, si la encontramos en un jardín, descubrimos que no hay ningún otro sitio en el que pueda estar: «No lo ha elegido, pero ahora mismo está allí, y es ella quien debe apropiarse del instante», escribe Céline Curiol de Ella.
A Ella no esperaba verla nunca. A Céline tampoco, pero entraba más dentro de lo posible, y la encontré el sábado en el jardín de un brownstone de tres plantas, cerca de la Séptima Avenida de Brooklyn. Al verla, comprendí al instante que no había ningún otro sitio en el que ella pudiera estar. Y como, aparte de eso, no sabía nada más de su vida, todo lo de ella pasó a sorprenderme, incluso que hubiera nacido en Lyon. Sonó el timbre de la puerta de la casa y los anfitriones nos dejaron solos unos momentos y no se me ocurrió nada mejor que desahogarme y contarle que a principios de mes había ido a su Lyon natal a unos encuentros literarios y durante más de setenta horas nadie de la organización se había puesto en contacto conmigo y había acabado atrincherándome en mi cuarto de hotel temiendo que me iría de aquella ciudad sin haber visto a nadie de los que me habían invitado. «A punto estuvo de ser un viaje fantasmal», dije. Y nada tan cierto. De hecho, en Lyon me convertí en un espectro a la espera de que alguien se acordara de mí. Me transformé en un fantasma que para matar el tiempo -que se deslizaba absurdo- comenzó a escribir un relato titulado La espera. Llegué a encontrarle tan notable encanto a mi condición de olvidado que sufrí una decepción cuando por fin fui descubierto en el hotel por alguien de la organización y vi arruinada mi feliz situación de invitado ignorado.
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