No han faltado los tarugos hispánicos que se han burlado del voluminoso libro-diario de Bioy porque en él hay más de mil entradas donde puede leerse «Come Borges en casa.» A mí no me llama la atención esa frase insistente, sino el hecho lateral de que Silvina Ocampo, la mujer de Bioy, insistiera en inventar cada día ante su marido una excusa nueva para evitar que Borges fuera a comer a su casa. Esa actitud de Silvina me lleva a pensar en todos cuantos hoy en día darían cualquier cosa por tener a Borges invitado a cenar. Es curioso observar cómo ese lujo de sentar a un genio a tu mesa era diariamente despreciado por la mujer de Bioy, lo que demuestra lo aleatorio de los criterios y ansias humanas, pues muchas veces lo que uno desea tanto y no consigue, a otro no le interesa nada y sin embargo lo logra, del mismo modo que alguien de pronto es asaltado por el dolor mientras nosotros abrimos una puerta o caminamos por el campo tranquilamente, tal como expresara el poeta Auden en ese poema, «Musée des Beaux Arts», que tanto le gusta también a Jordi Puntí: «Sobre el dolor nunca se equivocaron / los Viejos Maestros: qué bien entendieron / su posición humana; cómo surge mientras algún otro come o abre una ventana o sencillamente pasea aburrido.»
¿Será que lo doméstico -ese veneno que acaba con las pasiones y que también llamamos cotidianidad- lo arruina todo? ¿Será que ver de cerca a los genios les hace perder interés y los desmitifica? ¿No deslumbraba lo mismo, por ejemplo, una conversación de sobremesa con Borges que la lectura de uno de sus relatos? ¿Era Borges un ser algo pelmazo para Silvina? ¿Es el genio, como insisten algunos, una persona insoportablemente normal en la vida cotidiana? ¿Se puede ser genial todo el rato?
Como es bien sabido, tendemos a no valorar lo que tenemos en casa. Henriqueta Madalena, la hermana pequeña de Fernando Pessoa, ilustra a la perfección ese modelo de persona que, por excesiva familiaridad con el genio, vive como algo completamente doméstico lo que al resto de la humanidad deja fascinado. Por lo visto, Henriqueta Madalena tenía muy visto a su hermano Fernando. Fue la que más íntimamente le trató y, al final de su vida -Henriqueta alcanzó casi los cien años-, accedió a hablar de él. «No le hacíamos mucho caso», sentenció. Le pidieron entonces -en referencia a los famosos heterónimos del poeta- que dijera al menos cómo era eso de ser hermana de una persona «múltiple». Henriqueta Madalena sonrió y dijo: «Cuando Fernando hablaba de Alvaro de Campos, de Ricardo Reis, o de los otros, para mí siempre se trataba de él. A veces, durante la comida, Fernando decía que había pasado mala noche y que había escrito algo, y añadía: Es de Alvaro de Campos. Y recitaba. En el fondo, Fernando lo consideraba una fantasía, no se lo tomaba en serio, aunque lo dijese con tono serio.»
Así que Henriqueta Madalena no se tomaba tan en serio los heterónimos como los estudiosos de la obra de su hermano. Y resulta conmovedora cuando al final de la entrevista recapacita: «Sólo puedo decir esto: ahora, hoy, cuando ya ha pasado todo y no se puede volver atrás, ahora que soy mucho mayor y tengo todo el tiempo para pensar y para sentir, me invade la amargura de no haber convivido más con él. Fernando vivió muy solo. Ahora que conozco su obra, que la leo e intento comprenderle lo mejor posible, siento mucha pena.»
Lo que más me llama la atención de esas palabras es la forma de decirlas, esa forma tan asombrosamente hermana de Álvaro de Campos.
Silvina Ocampo, Henriqueta Madalena… ¿Será que las mujeres tienen una relación más sólida y más realista con el mundo? Al hilo de estas notas, me pregunto por mi actual relación conflictiva con Barcelona, ciudad que me parece insufrible y apelmazada desde que las hordas de turistas la inundan insultantemente. Sin embargo, la ciudad goza de una excelente salud y fama en el extranjero. ¿No será que mi relación con Barcelona dura demasiado y la tengo excesivamente vista y mi cansancio de los políticos de aquí y de todo el desastre general que creo percibir en mi ciudad procede de tanta fraternidad doméstica que tengo con ella? No sé, siento la necesidad de otras voces y otros ámbitos. Veo en el exilio la única posibilidad de volver un día a apreciar Barcelona, o como mínimo de dejar de sentirme de malhumor permanente por lo que aquí sucede. Me gustaría convertirme en ese Turguéniev que aparece en Los demonios de Dostoievski y que tanto divertía precisamente a Borges: un Turguéniev que, desesperado por el horror de Rusia, se va a vivir a Alemania y, cuando regresa y quieren hablarle de política rusa, responde que tiene que pensar en asuntos más importantes: en el sistema sanitario de Baden-Baden, por ejemplo.
Sé que hay muchas personas que, cuando están duchándose en sus casas, sienten un repentino terror al acordarse de aquella escena del asesinato de Janet Leigh en Psicosis de Hitchcock. Y también sé que hay quienes -yo mismo, por ejemplo- se despiertan en sus casas con un repentino pánico porque asocian el momento a la primera escena de El proceso, aquella novela de Kafka en la que Josef K., al despertarse, se encuentra con unos guardianes que le notifican que está detenido. Creo saber desde ayer por qué esa escena no se aparta nunca de mí cuando despierto. No es el miedo a despertarme y ver que unos desconocidos han entrado en mi habitación, aunque es un miedo que también tengo en cuenta, porque cada noche cierro con dos cerraduras la puerta de entrada a mi casa. Yo creo que es un miedo que está íntimamente relacionado con el acto mismo de despertarse. Creo que, si se piensa bien, produce pánico habernos dormido y habernos separado de nosotros mismos, y al despertar descubrir que todo a nuestro alrededor sigue tan absurdo e inescrutable como siempre, aun cuando sospechamos que tal vez ya nada está en su lugar.
Despertar nos lleva cada día a recordar que somos algo esencialmente misterioso. Comentando una frase de San Pablo («Muero cada día»), dice Borges que la verdad es que morimos cada día y que nacemos cada día. Estamos continuamente naciendo y muriendo. Por eso el problema del tiempo nos toca más que los otros problemas metafísicos. Porque los otros problemas son abstractos. El del tiempo es nuestro problema. ¿Quién soy yo? ¿Quién es cada uno de nosotros?
La persona que uno era y que se separó de uno mismo al dormirse, se une a nosotros al despertar, pero no puede ser que sea exactamente la misma que la del día anterior. Tal vez por eso, cuando algún alma indiscreta me pregunta si, dada la fiebre de separaciones conyugales que nos invade, no me he planteado separarme algún día de mi pareja, suelo responder: ¿Cómo me voy a separar si cada día me separo un poco más de mí mismo?
En cuanto a los que entienden por separación únicamente el hecho de separarse de su pareja y lo viven dramáticamente, siempre he pensado que tienen una frase de Woody Allen que les ayudaría a desdramatizarlo todo: «Mi mujer se ha ido con otro. Entonces, yo la he dejado.» La frase nos pone en la pista del verdadero dramatismo de toda separación y que no es otro que éste: de nosotros mismos no podemos separarnos del todo nunca, sólo podemos separarnos de los demás. Angustia del despertar. Creo que estoy todavía bajo los efectos del libro que leí y concluí ayer poco antes de separarme un poco de mí mismo y dormirme. El libro lo ha escrito Roberto Calasso y se titula K. El autor, en un eficaz ejercicio de pensamiento narrado, recorre las novelas de Kafka desde su interior y dialoga con ellas. En uno de sus mejores capítulos, analiza el arranque de El proceso, donde Kafka escribió unas palabras que después eliminó: «Hace falta presteza para cogerlo todo, al abrir los ojos, por así decir, en el mismo punto en que uno lo ha dejado la noche anterior.» Y algo más adelante, cuando Josef K. habla con los guardianes, se dice a sí mismo algo que ya había pensado en otras ocasiones: que el despertar es «el momento más peligroso». Y añade: «Si uno consigue superarlo sin ser arrastrado de su posición, puede estar tranquilo para el resto de la jornada.» Roberto Calasso ve en El proceso la historia de un despertar forzado. Josef K. es aquel para quien nada volverá a estar en su lugar. Hay gente que al despertar revive cada día con angustia su aparición en la vida, ese despertar forzado. Como decía Erik Satie, venimos al mundo muy jóvenes en un tiempo muy viejo. Y es al tiempo -nos desvela Calassoal que Kafka hace alusión en la breve y misteriosa frase suelta que abre sus Diarios: «Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren.» El tren es el tiempo que no nos permite comprender su forma. Es inevitable entonces ponerse rígido, mientras lo observamos: signo de una última resistencia.
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