Conversando hace unos días en Barcelona con Martínez-Lage, que ha traducido magistralmente Vida de Samuel Johnson, acabamos hablando de lo que él llama «las páginas con naranjas» de esa biografía: las páginas 227, 792, 1008, 1044, 1047, 1097, 1060, con su desenlace en la 1595. Esas páginas componen por sí solas una mínima intriga que cruza discretamente el libro de Boswell, aunque hay que saber distinguir entre aquellas en las que se habla de las mondas que Johnson guardaba misteriosamente en el bolsillo y aquellas en las que se habla de la mermelada de naranjas. El caso es que mondas y mermelada van alternándose y que la intriga por averiguar por qué Johnson tenía la manía de guardar las mondas en sus bolsillos tarda mucho en resolverse, y tarda esencialmente porque Johnson se niega a explicárselo a Boswell cuando éste averigua que las mondas las deja luego a secar.
«Habrá que decir que (las naranjas) las mondaba y las dejaba a secar -le dice Boswell a Johnson con falsa solemnidad-, pero que no dio su brazo a torcer y jamás refirió qué hacía con ellas a continuación.» «No, señor -le contesta Johnson-: tendrá que decirlo cargando más las tintas. No dio su brazo a torcer siquiera ante el más querido de sus amigos, y jamás contó qué hacía después con las naranjas de Sevilla que había exprimido, pelado y puesto a secar.»
Hasta la página 1595, Boswell no se apiada del posible lector al que pudiera -en el siglo XXI por ejemplo- darle por leer el libro como una novela sobre el misterio de las mondas. Sólo entonces, en una sucinta nota a pie de página, refiere Boswell que la razón por la cual guardaba el doctor las pieles de las naranjas exprimidas puede hallarse en su carta número 558 de la colección de la señora Piozzi, donde parece que recomienda «piel de naranja seca, convertida en polvo fino como medicina».
Paso la tarde en mi cuarto del hotel de la Porte d'Ivry terminando Finalmusik, la novela de Justo Navarro en la que hay un traductor en Roma y una trama policíaca no tan suave como la trama de las naranjas de Johnson. Cuando cae la noche, bajo a recepción para consultar mi correo electrónico y me encuentro con un e-mail del propio Justo Navarro, donde me habla de Zagajewski y de un verso de éste que se encuentra en Deseo y que le parece estupendo:
«Llegan las vacaciones: una naranja pelada.»
Una o dos grandes casualidades. Trago saliva. De regreso en mi cuarto, voy acabando la novela de Justo Navarro, un trabajo a contratiempo de las dóciles modas narrativas de hoy. Cuando llego al desenlace, me pierdo en la fiesta romana del excepcional final de Finalmusik, donde me encuentro con la policía secreta polaca y con el príncipe eclesiástico de Cracovia, monseñor Ziemnicki. Me llaman en ese momento al móvil. No es mi amiga desde Polonia. Mejor así, porque habría vuelto a tragar saliva y habría quedado todo demasiado redondo si el círculo o «maldito embrollo» romano, encima, se hubiera cerrado como una dichosa naranja redonda.
Ya es de noche cuando salgo a la avenida y veo cerrada la tienda de la señora Chang y me quedo pensando en la hierba de trigo que no he conseguido mientras me pregunto, con emoción, qué puede ser esa medicina de naranja que aparece como una sombra en la vida de Johnson, y luego dejo que regrese el sentimiento de admiración por el humor y la belleza urbana de ese arriesgado thriller tan atípico que es Finalmusik, una belleza urbana que inevitablemente me remite a unos versos de un amigo de Nueva York de Paul Auster, que escribió: «Esta brumosa mañana de invierno / no desprecies la joya verde entre las ramas / sólo porque es la luz del semáforo.»
Después, me quedo con la mente en blanco, pero sin miedo cruzo la Avenida de la Porte d'Ivry, como si fuera un novelista indomable del estilo de Justo Navarro. Un poderoso claxon se va perdiendo en la noche china. La letra P dice que quiere estilizarse, pero apenas le hago caso. No ignoro que en cualquier momento pueden llegar las vacaciones. Y con ellas la gloriosa naranja pelada.
No pego ojo porque ciertas palabras insisten desesperadamente en mostrarse como el comienzo de una futura novela: «Cuánta ruina en cada cosa y qué exceso de retórica en la última hormiga.» Estoy completamente seguro de que no es un buen inicio de libro. Pero las palabras vuelven a mí e insisten y me impiden dormir. Maldita última hormiga. Enciendo la luz y ahí sigue, al lado de la lámpara, L'angoisse de la première phrase del joven escritor francés Bernard Quiriny. Ese libro, o, mejor dicho, ese título, es probablemente el culpable de mi agobiante insomnio.
Me levanto, me visto, salgo del cuarto de hotel y enfilo, casi a oscuras, un largo corredor que me lleva hasta la escalera secundaria por la que desciendo lentamente hacia el bar, sorprendentemente abierto todavía: una vacilante claridad primero, y luego una explosión de luz que llega acompañada de la música indie rock de CocoRosie. Si antes estaba muy desvelado, ahora mucho más. La historia musical de Bianca y Sierra Casady, las dos voces de CocoRosie, me atrae misteriosamente desde hace unas semanas, pero lo último que esperaba era encontrarme con su música a estas horas y en el bar de este perdido hotel de la plaza de Célestins, en la ciudad de Lyon. De golpe, la noche se perfila infinita. Y regresa, obsesiva, la retórica de la última hormiga. Me siento extraño aunque perfecto escuchando las voces rasgadas y la música hipnótica de CocoRosie, atrapado por su mezcla de folk y sus guiños a lo Billie Holiday y su pulcro empleo de medios de grabación de baja fidelidad, el llamado espíritu lo-fi.
Vine a Lyon porque me dijeron que aquí me esperaba un trabajo, y yo ya hice ese trabajo, y no sé qué pasa, pero me estoy quedando. Me inquieta todo esto, pero no me asusto y, en fin, me concentro en la música de las hermanas Casady y dejo que me atrape mentalmente, de forma obsesiva, la primera (según el tablero alternativo) frase de Rajuela, de Julio Cortázar, hasta el punto de parecerme que suena como música indie y encaja bien con la hipnótica estética de CocoRosie y, además, podría ser el mejor comienzo de novela que ha existido nunca: «Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rué de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos.»
Hasta ahora el comienzo que más me había impresionado era el de El extranjero. Lo leí en los días de mi extrema juventud y sin que nadie me advirtiera de lo que iba allí a encontrarme: «Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé.» No se me escapa que ese inicio está considerado uno de los mejores de la novela contemporánea. Me viene a la memoria otro, de lectura más reciente: «He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así» (Roberto Bolaño, Los detectives salvajes). Es un comienzo magnífico, precisamente porque carece de ceremonia de iniciación alguna.
En el bar se escuchan ahora las combinaciones musicales diabólicas que crean las hermanas Casady cuando mezclan, por ejemplo, la explosión de una bolsa de palomitas de maíz con el constante martilleo de una máquina de escribir: mezclas que acaban convirtiendo mi mente en una inesperada y obsesiva cafetera de vapor. Todo está a punto de estallar, cuando me salvo al imaginarme al comienzo de una novela de Cabrera Infante: «Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret MAS fabuloso del mundo…» Después, sustituyo el showtime por el recuerdo de la más célebre ceremonia de iniciación que encontramos en el comienzo de una novela, la que se describe en las primeras líneas de Ulises de Joyce, donde, solemne, el gordo Buck Mulligan nos introduce en el altar de la literatura misma cuando eleva en el aire un cuenco y entona: « Introibo ad altare Dei.»
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