Enrique Vila-Matas - Dietario voluble

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Dietario voluble es, ante todo, un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Este libro abarca los tres últimos años (2005-2008) del cuaderno de notas personal de Enrique Vila-Matas. Al tratarse de un diario literario que se origina en la lectura, es una obra escrita desde el centro mismo de la escritura. Combina los comentarios sobre libros leídos con la experiencia y la memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para la autobiografía amplia, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así novelizar la vida.
Compuesto en parte por notas que pasaron directamente del cuaderno personal del escritor a la edición dominical de El País de Cataluña, pero también por importantes fragmentos que no se movieron del cuaderno y que ahora dejan de ser inéditos, y también por notas que han sido escritas para completar esta edición.

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– Ola Pepín!

«Un muchacho delgado, de bigotillo rubio, absurdo y divertido, que se llamaba Pepín Bello, con el que simpaticé vertiginosamente» (Rafael Alberti).

A José «Pepín» Bello (Huesca, 1904) siempre le gustó estar en la sombra. De hecho, dice que figurar es lo que menos le gusta del mundo. Fui ayer a verlo y, tal como me habían dicho, es un hombre tan conmovedor como agudo y simpático, y está en plena forma; no vive en el pasado sino en un presente mentalmente muy activo, que transmite de inmediato con un sentido de la libertad creativa muy estimulante.

Pepín Bello no desmiente que Luis Buñuel fuera boxeador en su juventud, pero dice que el cineasta jamás ganó algún combate: «Luis luchó contra Hernández Coronado. Hizo un match nulo. No se dieron ni un golpe, los dos tenían mucho miedo. Hubo mucho baile de puntas de pie y mucha parafernalia, pero de boxeo nada de nada. Terminó el tiempo después de cuatro rounds. Los jueces del combate dijeron que no tenían elementos de juicio para decidir quién era el ganador. Fue algo ya surrealista.»

Aquel combate fue, en efecto, puro surrealismo antes de que Bretón lo inventara en Francia. De hecho, dicen que Pepín Bello inspiró vanguardismo a toda la generación del 27. Y ahora quizás lo más surrealista de todo sea que haga ya noventa y dos años que Pepín ingresara en la Residencia (entonces la Institución Libre de Enseñanza) para estudiar el bachillerato. Me recuerda a Bartleby, aquel personaje de Melville que no sólo trabajaba, sino que vivía en la oficina, pues llevaba años sin moverse de ella. Pepín parece que no se haya movido nunca de la Residencia, y a veces -como nos sucede leyendo Conversaciones con José «Pepín» Bello, el libro de David Castillo y Marc Sardá que acaba de publicar Anagrama- uno hasta diría que Pepín se ha entretenido estudiando -ya tiene su mérito- el bachillerato más largo de la historia.

Es un libro de conversaciones lleno de anécdotas y de retratos muy divertidos de personajes famosos, un libro que nos conecta con la euforia de unos días geniales que la guerra civil truncó dando paso a un cambio de clima moral y a la envidia que hoy todavía algunos sentimos por aquellos tiempos del 27. Cuando eso pasa, cuando la nostalgia y la envidia se cruzan trágicamente, todo nos conduce a pensar en aquella frase de Flaubert en Salambó: «Qué tristes debemos de estar en nuestro tiempo para resucitar Cartago.» De hecho, ese tremendo cambio de clima moral queda perfectamente sintetizado por el propio Pepín cuando en Conversaciones cuenta cómo, en plena posguerra y a la pregunta de un periodista sobre Lorca, el novelista Cela, con gracia siniestra, dijo del poeta granadino que simplemente era un maricón. Lo que había sido en el 27 un derroche de ligereza y libertad mental se había convertido, de la noche a la mañana, en un sórdido callejón del Gato de la mala leche carpetovetónica: tiempo de silencio, tiempo sólo para ahogarse.

«Y ahogarse, claro, ahogarse es extraño, quiero decir extraño para aquellos en la orilla. Todo sucede tan discretamente» (John Banville, Eclipse).

Parece que le esté viendo ahora mismo al discreto Pepín Bello, decano de los artistas sin obras, ágrafo recalcitrante, consumado bartleby que prefirió no escribir.

Ayer miércoles en la Residencia, a las doce de la mañana, cuando le vi por primera vez, no podía dejar de preguntarme qué habría pasado si en los años veinte Pepín les hubiera dicho a los jóvenes Lorca, Buñuel y Dalí que él celebraría su 103 aniversario allí mismo, en la Residencia. ¿Qué habría sucedido? Seguramente habrían pensado que era una de las tantas ideas geniales de Pepín, que siempre fue el más surrealista de todos.

Ayer en la Residencia modifiqué para Pepín el título (pero no el texto) del cuento más breve del mundo, que pasó por unos instantes a llamarse así: El sabor de una medialuna a las doce de la mañana en un viejo café de barrio, junto a la Residencia de la calle Pinar, donde a los 103 años Rodolfo Mondolfo, es decir, Pepín Bello, todavía se reúne con sus amigos los miércoles al mediodía.

Que bueno.

En mi familia, las relaciones con China son muy antiguas. Mi hermana Tere se enamoró, a finales de los sesenta, de la pintura china en el taller de Sainz de la Maza del Paseo de Gracia de Barcelona. Allí ella se instruyó en la técnica de los pinceles sobre el papel de arroz y al mismo tiempo estudió taoísmo y otras corrientes filosóficas y aprendió a interpretar la escritura china. Cuando todos mis amigos eran maoístas, mi hermana les sacaba una ventaja increíble a todos. Pintaba como una paisajista china de la época de Velázquez. Su pintura clásica dejaba estremecidos a los amigos que blandían el posmoderno Libro Rojo de Mao. Su caso era tan asombroso que hasta le hicieron un reportaje en el No-Do, donde hablaron de la primera pintora china de Cataluña.

Mi hermana ahora da clases de técnica de pintura china y no ha parado de evolucionar artísticamente desde aquellos comienzos académicos. Sus cuadros son actualmente una original fusión de dos culturas, son cuadros chinos filtrados por una visión occidental. Desde finales de los sesenta no ha parado de investigar en la tradición pictórica china y de viajar a París, donde visitaba a Ung-No Lee, su guía y maestro. A la muerte de éste, decidió que había llegado la hora de conocer el lejano país que tan misteriosamente la inspiraba y, un buen día, se fue a la China. Todos fuimos a despedirla al aeropuerto. Volvió y dijo que China era tal como la había soñado. Es curioso. Sergio Pitol regresó la semana pasada de un viaje a China y lo único que me comentó fue que allí no había parado de soñar.

Es mediodía y acabo de entrar en La Galerie d'Orient cuando suena el teléfono móvil. Me encuentro en el 42 de la Avenida de la Porte d'Ivry, en Chinatown, París, donde, según todas mis informaciones, Madame Chang tiene hierba de trigo, un producto que se consume como si fuera té y que tiene asombrosas propiedades medicinales, muy especialmente contra la hipertensión arterial.

Quien me llama al móvil es una amiga que se encuentra en Cracovia, donde pasea con el poeta Adam Zagajewski (del que precisamente acabo de leer su espléndido Dos ciudades) y el editor Jaume Vallcorba. Le cuento que la escena que estoy viviendo tiene parecidos razonables con el comienzo de una novela de Paul Auster y que se lo puedo retransmitir todo en directo, pues acabo de entrar en la tienda de Madame Chang y voy a preguntarle por su misteriosa y milagrosa hierba de trigo. En La noche del oráculo, Sydney Orr compra en El Palacio de Papel, la librería del misterioso señor Chang, un cuaderno de color azul que pondrá en marcha la laberíntica historia de la novela de Auster.

La señora Chang me muestra con orgullo el diploma chino que certifica que su hierba de trigo es la única verdadera del barrio. Ahora bien, el milagroso producto se ha agotado y no volverán a tenerlo hasta dentro de unas semanas. A lo largo de casi un minuto, las conversaciones con Cracovia y las que tengo con la señora Chang son simultáneas. Polonia, París, Pekín, Palacio de Papel… Es como si la letra P estuviera tomando posiciones en mi cabeza. Una historia ha comenzado, pero no sé cuál. Le digo a mi amiga de Cracovia que felicite a Vallcorba por haber publicado a Zagajewski, pero también por haber editado Vida de Samuel Johnson, de James Boswell. Y cuelgo, porque la letra P parece estar pidiéndome paso, no sé hacia dónde.

«Ser escritor es convertirse en otro. Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo» (Justo Navarro, Homenaje a Paul Auster).

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