Enrique Vila-Matas - Dietario voluble

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Dietario voluble es, ante todo, un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Este libro abarca los tres últimos años (2005-2008) del cuaderno de notas personal de Enrique Vila-Matas. Al tratarse de un diario literario que se origina en la lectura, es una obra escrita desde el centro mismo de la escritura. Combina los comentarios sobre libros leídos con la experiencia y la memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para la autobiografía amplia, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así novelizar la vida.
Compuesto en parte por notas que pasaron directamente del cuaderno personal del escritor a la edición dominical de El País de Cataluña, pero también por importantes fragmentos que no se movieron del cuaderno y que ahora dejan de ser inéditos, y también por notas que han sido escritas para completar esta edición.

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Lo compré para regalarlo y, al descubrir lo que contenía (y sobre todo lo que escondía tras su sencilla apariencia de libro de haikus con grabados de miradas), he terminado por quedármelo y no dárselo a nadie. Es un libro peculiar que contiene y esconde textos que son como fugaces relámpagos, como fotografías, como instantáneas que salvan todo aquello que es tan efímero y que podría engullir en una décima de segundo la corriente de la caducidad, «lo extrañamente gris / que era la luz / cuando estuvimos / en marzo en la / Isla de los Pavos Reales».

Encontramos en el libro la tenaz inquietud de Sebald por rescatar del olvido la fugacidad del pasado, incluido -por mucho que pueda rozar el ridículo- un huidizo escalope a la milanesa: «En el vagón restaurante / del Arlberg Express / va un hombre sentado / con luto en la solapa / & consume / pensativo un / escalope a la milanesa.» Creo que en esa miniatura o haiku está concentrado todo Sebald, hasta el punto de que si quitamos la palabra luto queda desfigurado el libro entero. Como recuerda Andrea Kohler en el epílogo, el pensar ceremonialmente, el escribir con luto en la solapa era característico de un escritor a quien le inquietaba el pensamiento de que «el mundo, por decirlo de algún modo, se vacíe a sí mismo porque las historias que se quedan pegadas a las cosas no serán nunca ni oídas, ni dibujadas ni contadas a otros por nadie», tal como se dice en Austerlitz. O en este mismo libro, en el haiku final: «Sin contar / queda la historia / de las caras / vueltas hacia otro lado.»

Al final, como dice Sebald, únicamente quedarán los que quepan sentados alrededor de un tambor. Imagen sensata de la nada. «Nadie nunca jamás», que diría Beckett, uno de los fotografiados. Hay una correspondencia artística de Sebald con este autor y, por supuesto, también con Robert Walser y Franz Kafka, tan próximos a lo marginal, a la pequeñez y a la desaparición. Acerca de ciertas desapariciones, leemos en el epílogo de Kohler: «Después de todo, W. G. Sebald, a medida que pasa el tiempo desde que se fue, se va convirtiendo progresivamente en ese caminante solitario que en una de sus últimas fotografías nos vuelve la espalda mientras que, con su bastón y su sombrero, va tomando una curva del camino tras la que un instante después desaparece. El mismo caminante que se pasea por todos sus libros, un caminante como Robert Walser, en el que Sebald, en un ensayo, reconoce a su amado abuelo.»

No es lunes, pero me acuerdo -je me souviens- del poeta mexicano Fabio Morabito, que escribió un libro de poemas intensísimo, De lunes todo el año: un título bellísimo, por mucho que siempre me invite a pensar en la palabra luto, pues aún no logro olvidarme de que durante mucho tiempo pensé que el libro se titulaba De luto todo el año.

Voy a Blanes en el incierto tren de cercanías y me fijo en un hombre que va de luto, y por un momento creo que no he visto bien. Voy con el libro de Sebald, voy leyéndolo hasta que levanto la vista y confirmo que, en efecto, he visto mal. Ni siquiera está el hombre. Puede hablarse de una desaparición fulminante del pasajero, del viajero imaginado. Minutos después, en otro haiku de Sebald (estilo Perec en Je me souviens) doy con más desapariciones: «El 8 de mayo de 1927 / los capitanes / Nungesser & Coli / despegaron de Le Bourget / & después nunca más / se les volvió / a ver.»

Por la noche, ya de nuevo en casa, me dedico a averiguar quiénes fueron esos capitanes y me adentro en la historia del extraño destino de los pilotos franceses Nungesser y Coli, quienes fracasaron trágicamente en su tentativa de atravesar el océano Atlántico sólo dos semanas antes de que Lindbergh realizase con éxito la hazaña en treinta y tres horas. La gloria que ellos buscaban la consiguió el norteamericano. Y sobre Nungesser y François Coli cayó el olvido, aunque en su momento se habló mucho de ellos y de su extraña desaparición. Se sabe que despegaron de Le Bourget ese 8 de mayo y que su avión, L'oiseau blanc, un biplano Levavasseur P. L. 8 del que jamás se encontraron los restos, pudo haberse estrellado un día más tarde en los bosques de Machias, Maine. ¿Qué fue de Nungesser y Coli? ¿Qué fue de aquellos capitanes? En su momento, todo el mundo habló de esa volatilización enigmática que daba para tantas cábalas, o tal vez para ninguna. Hoy, en cambio, son pocos los que la recuerdan. Al rescatarla del olvido, Sebald no sólo me ha puesto en contacto con esta historia, sino con otra que ha surgido casualmente de mi investigación cuando, en plenas pesquisas en antiguos diccionarios y en Google, me he desviado de mi camino al topar y distraerme con la figura de un pintor mexicano, Ángel Zárraga, que vivió gran parte de su vida en París y que realizó un cuadro alucinante en homenaje a Nungesser y Coli. He podido ver esa pintura y es una composición influida por el cubismo en la que aparecen no sólo los rostros de los aviadores mártires, aureolados como santos por grandes nubes voluminosas, sino también, y sin que haya ninguna otra razón que la dictada por la misma composición del lienzo, algunas figuras femeninas: mujeres en actitudes de espera cada vez más intensas hasta llegar en la parte inferior del cuadro al dolor y al luto -de nuevo el luto, como si fuera una traza que proviene de Sebald-, constituyendo cuadros autónomos dentro del cuadro. He mirado esa pintura y después me he olvidado de todo, salvo del olvido.

Imaginaba una Liubliana cubierta por un mar de niebla que dejaba extasiado al viajero. La capital de Eslovenia siempre me remitió a esa idea de bruma, misterio y lejanía. La visité la semana pasada esperando encontrarme con un lugar parecido a Brigadoon, aquella aldea de película en la que sus habitantes vivían y vestían como en el siglo XVIII, pues sobre el lugar pesaba un hechizo que hacía que sólo apareciera la aldea en medio de la niebla un día de cada cien años… Y, efectivamente, en Liubliana me encontré con una pequeña ciudad hechizada. Pero sin bruma ni excesivo misterio centroeuropeo, ni mucho espacio para un viajero romántico. Cinco grados más que en Barcelona y la gente vestida de verano. Restaurantes, tiendas de diseño, bares a la última moda. Liubliana, que tiene algo de Estocolmo o de ciudad suiza de los Balcanes, no llega a los trescientos mil habitantes. Civilizada, culta, elegante y silenciosa. Ha estado olvidada durante mucho tiempo, pero últimamente se recupera de las trazas sórdidas de la represión. Hay tres puentes, un río, un dragón, tres fuentes, un castillo, una leyenda que dice que la ciudad la fundó Jasón. En los agradables cafés del Tromostovje se escucha el paso lento del río Liublianica y, si se aguza bien el oído, también el paso mismo del tiempo.

En su arquitectura, la ciudad recuerda esencialmente a Graz y Salzburgo, pero también a Praga y Amsterdam. El Tromostovje o Puente Triple, que es el más utilizado y admirado de los tres que atraviesan el río, fue creado en los años treinta por el arquitecto Jože Plečnik, aventajado discípulo de Otto Wagner que añadió al puente de piedra que ya existía dos suplementarios destinados a los peatones. La huella del virtuoso Plečnik (1872-1957), al que sectores conservadores quieren ahora santificar como si de un Gaudí esloveno se tratara, se observa en muchas partes de la ciudad: la Biblioteca Nacional y Universitaria, las iglesias de San Francisco y San Miguel, el metafísico cementerio de Zale.

Era de noche y había neblina. Y James Joyce iba en ferrocarril hacia Trieste. Creyendo que había llegado a su destino, descendió por error en Liubliana. El poeta Alex Steger me cuenta esto en un café del Tromostovje, y sonríe. James Joyce viajaba con toda su familia hacia su nuevo trabajo en Trieste y, como no disponía de dinero para pasar la noche en un hotel de Liubliana, se quedó allí en la Estación Central aguardando a que pasara el tren del día siguiente. A primera vista, la historia del error por la niebla podría parecer una metáfora de la odisea general joyceana y también de la recepción de su obra en Liubliana, pero lo cierto es que la obra de Joyce ha estado siempre presente en fracciones vanguardistas de la ciudad, incluso en tiempos de oscuridad y comunismo: fracciones hoy guiadas por el originalísimo Slavoj Žižek, del que acabo de leer su inquietante En defensa de la intolerancia.

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